Pero un día apareció la novedad e irrumpió con la insolencia propia de su naturaleza. Lo nuevo trae aparejado un ineludible efecto desestabilizador que se abate sobre la comodidad de lo conocido. Lo extraño no puede causar otra cosa que extrañeza. Como la aparición de los españoles de Cortés, con sus armaduras de chapa, que causaron un desconcierto fatal en los de confundidos súbditos de Moctezuma. La novedad enciende los temores más recónditos en los espíritus conservadores.
Su aspecto resultaba sospechoso, sobre todo por que aquello no parecía una fruta. Era más bien el torso de un pequeño pájaro descuartizado con esmero para que no quedaran rastros de extremidades pretéritas. Y de allí extrajo su nombre, kiwi, que es más un sobrenombre que imita el nombre de un ave exótica. Incluso hoy, que ya es un habitante familiar a la hora del postre, me parece percibir cuando lo agarro, un latido en la palma de mi mano incrédula, como un temblor que recuerda un ancestral pasado de pájaro.

Romper años de monotonía era un desafío complejo. Me imagino la desconfianza de las restantes habitantes de la frutera por este nuevo intruso peludo de color incierto. Créanlo o no, hay racismo entre las frutas. Sin embargo, las reticencias quedaron atrás el día que alguien lo liberó de su envoltorio velloso y para sorpresa de todos apareció ese verde que parece iluminado como si una fuente de luz estuviera en su interior. Quién sabe, el asombro pudo trocarse en la malsana envidia de una mandarina celosa. Una cosa está clara, tuvo que hacerse bien de abajo el kiwi.
Lo nuevo trae también aparejado dificultades técnicas, propias de todo aquello que no está domesticado con la cultura, que es hija del hábito. Todavía hoy el modo de comerlo no presenta una tendencia definida. Pelarlo es un problema, ya que su cáscara es sorprendentemente fina, más de lo que su aspereza podría sugerir, y la lubricación excesiva que produce su jugo dificulta la maniobra. Hay amplias posibilidades de resbalones entre los dedos, salpicaduras y el más temido bote a tierra. Yo aplico el sistema, que podríamos llamar “tipo palta”, de un violento corte ecuatorial, para luego proceder a la extracción de la pulpa a punta de cuchara. Es un método violento y poco elegante, pero efectivo. Lo aconsejo.
Su procedencia nos acerca a un país insulso que lleva la novedad en su nombre y que es conocido sobre todo por sus gigantescos y primitivos hombres de negro completo. Sin embargo, su origen real está, parece, a los pies del Himalaya, y esto fortalece su leyenda, ya que nunca es fácil crecer bajo la mirada de un gigante. Se lo llamó “yang-tao” que significa con extrema simpleza denotativa: uva china. Su nombre oficial, Actinidia deliciosa, le da la prestancia que siempre regala el latín. En él se encierra la promesa que trae lo nuevo, en cuanto somos capaces de vencer los temores que su llegada nos produce. La delicia que enuncia, pocas veces defrauda.