domingo, 12 de junio de 2011

Apóstoles de la pintura 4

04. Cuarto Apóstol
TIZIANO
(Pieve di Cadore, 1477 –Venezia, 1576 )



El artista y la obra. Heidegger: ¿el artista hace la obra o la obra hace al artista? Un problema de doble entrada. La obra como mercancía. El concepto de mercancía en Marx. Mercancía, trabajo y dinero. Valor de uso y valor de compra. El valor de la compra como sumatoria de trabajos. El concepto de valor en Marx aplicado a la obra de arte. El valor en el arte incluye toda la historia del arte. La primera comprensión del fenómeno.

Venezia, la razón geográfica por excelencia. Identidad de una ciudad distinta. Imperio comercial: Londres siglo XIX y Venezia siglo XVI. El puerto y la apertura. Las pestes y la opulencia. El Renacimiento como un fruto maduro. Sin escala del gótico veneciano al clasicismo palladiano.

La escuela veneciana y sus características: luz y color. La “bottega” de los Bellini: el padre Jacopo, los hijos Gentile y Giovanni, y el yerno Mantegna. Influencias y diferencias. El caso de Carpaccio: su estilo particular y anticuado. San Jorge y San Agustín.

Amigos y discípulos de Bellini: Giorgione y Carpaccio. Dificultades de atribución. La Tempesta: fortuna de la obra. El fondo es por primera vez más que la figura. Los beneficios del misterio que potencia la interpretación. Muerte temprana de Giorgione. Tiziano, primer pintor de Venezia. El plan de Tiziano: la construcción de una “marca”. Los tres ámbitos de su pintura: retrato, pintura religiosa y pintura mitológica.

Primeros retratos a personajes desconocidos. La búsqueda de una identidad psicológica más que de un parecido. Retrato de Ariosto como símbolo de movilidad social. El tratamiento de los atuendos, sedas, rasos y pieles. La luz como énfasis. La nobleza provincial como etapa de un camino. La importancia de parecer. La solidez de la marca Tiziano. En la ruta del éxito. Doges, reyes, cardenales y Papas. La culminación de una carrera: Carlos V y Felipe II.

Los tres pisos de la Asunción. Motivo y estructura clásica, luz y color nuevos. La sorprendente novedad de la Palla di Pesaro. La Virgen “pierde” el centro del cuadro. En busca de un equilibrio más complejo. Las implicancias del escorzo y el nacimiento de un nuevo espacio pictórico. Las sutilezas de Emaús, libertades y anacronismos. Los experimentos de la Visitación y del Ecce Homo. Final con luces barrocas, las tres telas de la Salute.

Qué es un desnudo. Desnudos de ahora y de antes. Amor sacro y profano, un cambio de roles. La mitología como pantalla a los bajos instintos. El bacanal, las consecuencias del vino en un movimiento ascendente. La Venus dormida del Giorgione y la Venus “muy despierta” de Urbino. Símbolos ocultos y evidentes. La producción en masa de desnudos. El desarrollo de los últimos mitos y la pincelada veloz en la senda del Barroco.

La continuación de la escuela veneciana después de Tiziano. Los intérpretes barrocos. Tintoretto y Veronese. La vía experimental y la vía clásica. Tiépolo, el contrapicado y el Rococó . El final de Tiziano, la boda de su hija y el ingreso a la nobleza. Tarea cumplida.

domingo, 5 de junio de 2011

Flauta mágica

La costumbre tiende a considerar toda maquinaria como perfecta. Parte de la fascinación de la mecánica radica en suponer a las máquinas como prodigios de una exactitud aceitada. Una suposición que también se extiende hacia las más sutiles máquinas de sentido. Sin embargo ocurre que cierta imperfección en este singular tipo de artefactos, paradójicamente, no deteriora su potencia, sino que aumenta su capacidad de producir significado. Muchas veces lo perfecto clausura y lo incompleto abre.

Así sucede con La flauta mágica, cuya incorrección podríamos definir como endémica. Es una máquina ensamblada de apuro, con pedazos de proveniencia heterogénea y con objetivo, si bien no contrapuestos, al menos disímiles. El primero de estos objetivos, el inmediato, fue la búsqueda ansiosa del éxito comercial, sus autores estaban ambos en apuros económicos. El segundo, de más largo alcance, es un mensaje esotérico, de diluidos tintes masónicos, no desprovisto de denuncia al orden establecido. El resultado es una improbable construcción intermedia entre el cuento de niños y la fábula moral. Solo un combustible genial podría hacer andar esa máquina y este le fue provisto por la música de Mozart. Una partitura capaz de mantener a flote aun el navío menos apto.


La obra se compone de distintos números musicales, con una estructura más propia del actual teatro de revistas que de la ópera. La música brota incesante y siempre en medio de extensos parlamentos, que intentan dar cohesión al errático sucederse de los improbables acontecimientos. Estos están pensados no en función de una trama, sino en consonancia con el más fiel espíritu barroco, con la intención de causar la maravilla a través de los juegos de escena. Los “efectos especiales” eran en aquel entonces, como ahora, golpes seguros en la taquilla. Y Schikaneder, el autor de la trama, si bien no era un poeta, era un hábil empresario teatral que conocía a su público y sabía impresionarlo con emociones fuertes.


Como es común en la pintura barroca, la acción se desarrolla en dos planos bien definidos, uno superior y solar donde reina Sarastro y su corte de obsecuentes sacerdotes, que recuerdan a los miembros de algunas formaciones políticas. A este mundo se opone la oscura figura lunar de la Reina de la Noche, acompañada de sus Damas, versión barroca de los Ángeles de Charlie. Entre la luz y la oscuridad aparece el negro Monostatos, un personaje terrenal y desgreñado, sometido a un maltrato que merecería una sanción del INADI.


En medio de este escenario cosmológico, con reminiscencias de un Egipto atemporal, transitan los pasajeros de un viaje iniciático, que de la oscuridad deberán llegar a la ansiada luz de la razón masónica. Estos son un desabrido príncipe, Tamino; su amada Pamina, que para enredar las cosas es hija de la malvada Reina de la noche, y el simpático escudero de ambos, Papageno. No es de sorprender que, como hiciera con Fígaro en Nozze, y con Leporello en Don Giovanni, Mozart convirtiera a este último en el personaje principal de la historia. Una vez más la nobleza resulta desabrida y algo grotesca, ante los vívidos perfiles que asisten a los personajes populares. Mozart nunca es políticamente inocente.


Los jóvenes amantes superarán todas las pruebas y el final llegará con una arrolladora energía mozartiana. El camino no parece llevar a todos a la misma Roma. Los nobles Tamino y Pamina son iniciados en los nuevos ritos, mientras que a Papageno se le otorga, como premio terrenal, una simpática Papagena. Un final que ubica a los autores más cerca del despotismo ilustrado que de la naciente Revolución Francesa. Es imposible imaginar a Mozart como jacobino.

Cuando abandono el Colón, después de asistir el viernes pasado a una nueva representación de La flauta mágica, me sorprendo nuevamente con su vigencia intacta. Su propia incorrección dramática y por supuesto la genialidad de la partitura son los pilares en donde asienta su irresistible influjo sobre quien la escucha, hoy como ayer. Será que al enfrentarnos a ella debemos abandonar la lógica adulta para ingresar en un reino en el que, como en el de los Cielos, solo los niños parecen tener derecho a entrar.

Lo cierto es que, mientras camino de regreso, siento que he perdido en el trayecto algunos años. La flauta y las campanillas, las sutiles armas que Mozart provee a sus héroes, han obrado nuevamente el milagro. Ellas parecen ser, otra vez, más eficaces que cualquier espada. Notung incluida.

domingo, 29 de mayo de 2011

Apóstoles de la pintura 3

03. Tercer Apóstol
RAFFAELLO
(Sanzio, 1483 – Roma,1520)



La superación del estado de enamoramiento. La dialéctica de Hegel. El motor de la negación. El lago de Hegel y la cascada de Schopenhauer. Conciencia, autoconciencia y ciencia. El desierto después de Giotto. 100 años de espera y la explosión del Renacimiento. Sobrevolando el siglo XV.

La aparición de Massaccio. La pólvora y los cañones. La perspectiva como ciencia del espacio. El control y la posibilidad de reproducir el espacio con exactitud. Los límites que impone la ciencia. Un inmenso arco de posibilidades expresivas. Dos extremos: la sinceridad de Piero de la Francesca y el refinamiento de Boticcelli.

Recorrido por los Cenáculos. La introducción del punto de vista. Andrea del Castagno y la tensión dramática. El observador bajo, dificultades técnicas. La soledad de Judas y los problemas compositivos. Ghirlandaio y la apariencia de tranquilidad. El clima exterior, la naturaleza sigue su curso indiferente. La maestría de Leonardo y su distribución en grupos. La pintura al fresco y su incompatibilidad con el carácter de Leonardo. Andrea del Sarto: distribución de colores y teatralidad. Botticelli: punto de vista aéreo, observador omnisciente. La conservación del centro.

Los inicios de Rafael. Perugino: la producción en serie de Madonnas. Las Madonas de Rafael, evolución de un tema. Las bases de la pintura del Renacimiento, el análisis formal de Wölfflin: lo lineal, la superficie, la forma cerrada, la unidad, la claridad. Miguel Ángel y el manierismo. La aparición del fondo que no concuerda con la figura: el Tondo Doni. Rafael, entre Leonardo y Miguel Ángel. Las distintas versiones del Renacimiento. Rafael y Perugino: Esponsales de la Virgen y Entrega de las llaves, similitudes y diferencias.

La llegada a Roma. El programa de Giulio II Della Rovere. La pintura, de ciencia a instrumento. La propaganda y el poder. Disposición de las “stanze”. Orden espacial y cronológico. El fresco y el gran formato. Autoría y ayudantes. La empresa “Rafael”.

Le segnature (firmas). La necesidad de mostrar quiénes asistían a la Iglesia en sus decisiones. Verdad, Virtud, Belleza. La Filosofía y la Teología como fuentes de la verdad. Un verdadero listado de héroes, filósofos, teólogos, poetas y legisladores al servicio de la Iglesia. La alegoría de las virtudes cardinales y teologales.

Eliodoro: tácticas defensivas. La defensa del territorio con armas sobrenaturales (León Magno y Atila), la defensa del oro del templo (historia de Eliodoro), la defensa de la libertad (San Pedro liberado por el ángel), y el milagro de Bolzena. La presencia del Papa orante y el uso libre de la historia.

Incendio, el programa de Leone X, Medici. La exaltación del nombre, los otros Leones. Un programa político, alianza con Francia (coronación de Carlomagno). Cruzada contra los Turcos (batalla de Ostia) y exaltación de Roma (el incendio y referencias troyanas). La poca participación de Rafael y el trabajo de los cartones para los tapices de la Sistina.

Constantino, el mito y las pruebas a favor de la Iglesia como estado. La batalla del Ponte Milvio, visión (“Con este signo vencerás”) y batalla propiamente dicha, la donación (falsa) de la ciudad de Roma y el bautismo. La construcción del poder terrenal. El trabajo de Giulio Romano y los otros discípulos. Diferencia de estilo y dominio del manierismo.

Última obra: La Transfiguración. El espacio dramáticamente partido en dos niveles. Diferencias de climas y tratamiento diferenciados de la luz. El inicio del Barroco. La lectura de Hegel. Muerte, reconocimiento inmediato y futuro.

domingo, 22 de mayo de 2011

Crónicas de NY VII

Día 07 (jueves): UPPER EAST (Whitney Museum)

Empiezo en la 3th Ave. y la 53rd St. con el “Lipstick” building, que ya antes había visto pero de noche. Phillip Johnson, asociado con John Burgee , parece aquí haber suavizado sus extremos experimentos posmodernos, realizados solo dos años antes en el AT&T.


El edificio de 1986, recibe su nombre gracias a la forma de elipses encastradas y a su material preponderante, un granito de color rojo intenso.



Resabios de la estética posmoderna aparecen en las columnas de la planta baja provistas de capiteles. El cielorraso del hall es de venecita también de color rojo, un recurso ya utilizado en el Seagram.


Formalmente es interesante el motivo de las elipses que se retiran de la línea municipal, y los reflejos que se generan en la fachada curva. Están resueltos con gran eficacia los encuentros de las distintas tangentes de los óvalos superpuestos.


Continúo tomando la Lexington Ave., al llegar a la 58 St. aparece la imponente Bloomberg Tower de Cesar Pelli, de 54 pisos de altura inaugurada en 2005. Su desarrollo es sobrio: está dominada por la tonalidad azulada de su superficie vidriada, interrumpida horizontalmente por bandas levemente modeladas de color blanco. El fuste del edificio tiene algunos retiros apenas esbozados en su altura y remata con una pareja superficie blanca, que de noche se ilumina por completo. Un Pelli en versión moderna que de todos modos deja entrever algunos leves toques de sutil formalismo. El estrecho hall de entrada sobre Lexington, con el enorme 731, evita estridencias y se resuelve con el mismo tono sobrio del resto del edificio. Sobre la 53 St. una plaza oval y vidriada completa el complejo. Pelli del mejor.

Continúo por Lexington hasta la altura del Whitney. La avenida me parece que tiene una escala más barrial, con negocios de servicios que nada tienen que ver con las elegantes tiendas de la Madison Ave. ni con el alto estilo residencial de la 5th Ave. Pasando la 65th St. entro a rezar en la iglesia de San Vicente Ferrer, de los dominicos, de un honesto estilo gótico de 1918, con un importante rosetón en la fachada. Después de tantas “vacías” iglesias protestantes, me alegro de ser católico. Unos pocos metros más adelante están los puentes del Hunter College que atraviesan orondos de un lado a otro la avenida. Otro enorme edificio educativo, y uno de los más prestigiosos de la ciudad, que forma parte del College University of New York (CUNY). La expansión del edificio, realizada en 1968, en estilo brutalista, puentes incluidos, es obra de Ulrich Franzen.

Al llegar a la altura pretendida tomé a la izquierda en dirección del Central Park. El barrio tiene un gran carácter residencial, sobresalen los edificios de departamentos hechos de piedra o de ladrillo, que transmiten una imagen de solidez constructiva y económica notable. Esta tipología se combina con las típicas casas con patio inglés.


El conjunto es variado y cada tanto sobresalen verdaderas “piezas” de calidad. El ambiente en general transmite serenidad, como suelen hacerlo las fortunas sólidas, los toldos que señalan el acceso a los departamentos con sus números religiosamente escritos en letras y los porteros con gorra y dicción hispana.


Nos encontramos con María, que había aprovechado la mañana para cumplir con algunos encargos, al ingreso del Whitney Museum, museo dedicado al arte americano, en la esquina de la 75th St. y Madison. Hay que hacer una pequeña fila que me permite mientras tanto observar el curioso edificio que lo alberga. Se trata de un adusto bloque con una importante serie de voladizos escalonados invertidos, todo revestido en una fantástica piedra gris con terminación rústica. El ingreso se hace a través de un puente de hormigón armado que cruza sobre un profundo patio inglés. El puente conforma un solo elemento con la marquesina del acceso, el todo tiene el aspecto de un detalle pequeño pasado a escala gigante y otorga un aire escultórico al ingreso.


El autor del proyecto es el húngaro, de origen judío, Marcel Breuer que escapó de la persecución nazi y se exilió en los Estados Unidos a partir de 1937. Este edificio, realizado a mediados de los 60, representa su etapa brutalista. Las pocas ventanas no se recortan en el plano, sino que se generan a partir de un movimiento del mismo, con la intención de que el volumen no se debilite y de conseguir una iluminación indirecta. El efecto general de la obra consigue ser contundente.

En el acceso encontramos al único famoso de todo el viaje, Pierce Brosnan. Pasa por delante nuestro sin hacer la cola, lo cual es justo si pensamos que se trata nada menos que de James Bond. Subimos en un ascensor de dimensiones generosas hasta el último piso donde se encuentra la colección permanente. Ella reúne algunas obras excepcionales y permite tener una visión completa de los artistas más significativos de la pintura americana.


En primer lugar encuentro por primera vez un Hopper, lamentablemente es el único en exhibición, pero es el excelente Early sunday morning. Una obra que contiene los tópicos de este autor, una tranquila sensación de soledad, un realismo decidido y una paleta de colores intensos y conmovedores.

Después es el momento, esperado por mí, de los artistas del expresionismo abstracto. En primer lugar un Pollock apaisado donde predominan los trazos de un rosa y un amarillo intenso, sobre una masa gris y negra. Por fin consigo ver un Pollock con tranquilidad, quedarme un tiempo mirando y descubriendo los movimientos del autor alrededor de la tela, estaqueada en el piso. El trazo conserva toda su vitalidad y transmite un vigor inusual.

Más adelante un Rothko conmovedor, Four darks in red, en donde las sombras parecen flotar en el fondo de un rojo tembloroso. Pareciera que los rectángulos no estuvieran sobre un fondo, sino más bien que liberaran una energía propia. Es como si no encontraran todavía su posición en el cuadro y me recuerdan por oposición los fijos y decididos cuadrados de Mondriaan. A diferencia de este último, el color es complejo

Después un Kline de trazo recto y decidido sobre un blanco vibrante lleno de matices que solo se pueden apreciar en vivo. Kline me recuerda no sé por qué a un espadachín furioso, que hubiera cambiado la espada por su gruesa brocha. Su trazo parece instantáneo, pero viéndolo más de cerca se puede percibir un ritmo lento en su pincelada. La presencia de un estudio previo sobre el mismo cuadro enseña qué poco de casualidad y cuánto de reflexión había en su pintura.

Descubro también mis primeras banderas de Jaspers Johns, que resuena como un eco. Me resultan en algún sentido sonoras. Están realizadas en un empasto de materia densa de papel de diario y pintura gruesa y emulsión gomosa. Es una metáfora poderosa la de ese color que se impone con violencia sobre la realidad. Un ánimo que intenta unificar esas palabras que quedan tapadas por las bandas de pintura. El sentido de la serie de las banderas de Johns guarda una potencialidad intacta para ser interpretadas.

La visita se completa con otros grandes pintores de esta escuela. Una impresionante mujer de la serie de De Kooning y otro abstracto Door to the river,
el industrial Brooklyn bridge de Joseph Stella, las sugestivas líneas de Barnet Newman y un descubrimiento: una de las poderosas maquetas monocromáticas de Louise Nevilson. Por último, los grandes nombres del Pop: Warhol, Roy Lichtenstein, Robert Rauschenberg, James Rosenquist y Edward Ruscha.

Luego de todo esto, el museo nos reservaba una sorpresa todavía, una completa muestra en el primer piso de Georgia O´Keefe, hasta entonces totalmente desconocida para nosotros. Lo cual no habla de su valor, sino de nuestra ignorancia. Su obra es de un color trabajado y suave, que contrasta fuertemente con la vehemencia vista en la colección permanente. Los motivos son flores gigantes, pequeñas olas de color y sobre todo cielos que parecen flotar sin referencia alguna a la tierra. Es una pintura que no impacta pero que deja un huella débil pero al mismo tiempo persistente, sobre todo porque de algún modo crea un mundo propio. Solo un tiempo después me doy cuenta de que muchas cosas en la naturaleza imitan los cuadros de Georgia O’Keefe.

Salimos del museo y caminamos por la 76th St. en dirección al East River, llamados por la mancha verde en el plano, que indicaba la presencia del John Jay Park, ubicado sobre el río. Hasta llegar a él pudimos disfrutar de la calidad de un barrio residencial que va perdiendo densidad y poder adquisitivo a medida que se acerca al rio, aunque nunca pierde calidad. Los grandes edificios de departamentos van dejando su lugar a viviendas y edificios menores en lotes más chicos.


El parque resulta en algún sentido una desilusión, ya que está dominado por servicios deportivos con pocas áreas verdes. Cuenta con una importante pileta olímpica al aire libre y múltiples instalaciones deportivas.


Una zona importante está dedicada a los juegos de niños, pero curiosamente se impide el acceso a los adultos que no estén acompañados por un menor. Almorzamos nuestra vianda, mientras miramos como el parque es usado por múltiples contingentes de escolares de los colegios de la zona. Poca belleza, pero un saludable aire genuino de barrio.


Repuestas nuestras fuerzas, retomamos hasta encontrar la East End Ave., un verdadero oasis residencial de altísimo nivel. Nuevamente aparecen los grandes bloques de departamentos de piedra caliza o ladrillo, todos de un estilo impecable.


Sobre el lado izquierdo de la avenida aparece el Carl Shurz Park, un modelo de parque gestionado por los vecinos desde principios de los 70.


El parque está extremadamente cuidado y tiene una amplia rambla que se extiende sobre la avenida costanera, de intenso tráfico, y que permite gozar de excelentes vistas sobre los lejanos puentes y la cercana Roosvelt Island.


Dentro de la superficie del mismo está la Gracie Mansion, antigua casa en estilo georgiano y residencia oficial del gobernador de la ciudad.


Retomamos camino en dirección al Central Park por la 89th St. hasta encontrarnos nuevamente con el Guggenheim, al que le dedicamos un tiempo para la reflexión. Es un edificio que siempre invita a pensar, tal es la fuerza de su propuesta.


Doblamos por la 5th Ave. y vamos hacia otros de los grandes objetivos del día, la Neue Gallerie.


Lamentablemente esta visita se iba a convertir en la primera, y por suerte, única decepción del viaje. El museo, por arreglos en su colección, no está en condiciones de ser visitado, solo se permite el acceso a la sala del primer piso. La empleada del museo, al ver nuestras caras de desilusión, se deshace en disculpas y nos asegura que esta interrupción durará una semana. Claro está, ella no sabe que para esa época estaremos demasiado lejos. En compensación la visita será gratis: magro consuelo.


Gracias a Dios la única sala que se puede visitar es la dedicada a unos de mis pintores favoritos de todos los tiempos: Gustav Klimt. Nos quedamos sin poder ver la totalidad de la mansión, realizada por Carrére & Hastings en 1914 para el magnate industrial William Starr Miller, y también nos quedamos sin los eminentes pintores austríacos y alemanes de principio del siglo XX que componen la colección. El museo está en su totalidad dedicado a los movimientos de vanguardia, los famosos grupos vieneses “The Brücke” y “The Blaue Raiter” y cuenta con obras de los máximos exponentes del expresionismo, como Kirchner y Kokoschka, y de los miembros de la Bauhaus.

Inútil es lamentarse por lo perdido, por lo tanto nos concentramos en lo que podíamos ver, que no era para nada despreciable. Fue una experiencia inolvidable para mí encontrarme por primera vez frente a frente con la verdadera Adele Bloch Bauer, cuya copia reducida cuelga desde hace años en el living de casa. El tamaño es lo primero que llama mi atención, y también su formato cuadrado.

Sin duda la materia de ese dorado, por su espesor, me trae reminiscencias reposteras. Predomina el oro aplicado en gran parte del cuadro, como con una esponja y que adquiere fisonomía geométrica a medida que se acerca a la figura. El predominio dorado viene mitigado sabiamente con pequeños recortes de color: azules que emergen de un turquesa intenso, naranjas purísimos y el rectángulo inferior de un verde inolvidable.

De esa lava de fina pedrería de símbolos, dispuesta a crujir al mínimo atisbo de movimiento, emerge estática la figura pálida de la mujer. Solo se dejan ver la cara de expresión lánguida y las finísimas manos de largos y quebradizos dedos que parecen de mimbre, como diría Spinetta. Las manos se encuentran entrelazadas en una posición extraña, de una rígida complacencia. A pesar de la pesada vestimenta, ella parece llevarla con la naturalidad de una ligera robe de chambre.

Recién en una segunda mirada aparece delineado el sillón, que asoma entre los finos arabescos de oro. Sobre el esponjoso fondo parejo, navegan solitarios unos cuadrados de fría plata. Klimt logra un extraño punto de encuentro entre la pintura figurativa y la abstracta. Una convivencia armoniosa que vive del tránsito por un equilibrio frágil. Es ese punto exacto entre ambas posibilidades lo que hace que sus obras permanezcan en un instante único de gracia.

En la sala, después de haber superado el embrujo de Adele, nos dedicamos a una serie de paisajes del mismo pintor. En ellos también se produce la misma tensión entre lo real y lo abstracto. En este caso no hay dorados, pero sí un lento deshacerse de la realidad que va desde la parte inferior de la tela, a medida que la misma sube. Los paisajes se deshacen como si estuvieran poseídos por una natural efervescencia. El uso del color, bastante homogéneo, y la pincelada corta y precisa dan al cuadro una cierta consistencia que lo hace aparecer más tejido que pintado.

Aprovechamos también para disfrutar de la sala, sin duda uno de los ambientes principales de la mansión, que cruje a nuestros pasos con el sonido de una madera exquisita. Antes de irnos nos asomamos al café de inmaculado estilo vienés, pero lejos del alcance de nuestra billetera.

Retomo la 5th Ave., mientras María se adelanta en bus, para hacer algunas compras. Camino recostado del lado del parque y me detengo en algunos bancos para ver pasar la gente y observo los imponentes edificios de piedra, que ya empiezan a mostrar las primeras luces. La ciudad continúa desperdigando una energía prodigiosa.


Al llegar al final del parque tuerzo a la derecha para tomar la 6th Ave., que aún no había recorrido. En el encuentro de esta con el parque, hago un pequeño homenaje íntimo a la estatua del Libertador General San Martín, que ocupa este lugar ciertamente distinguido.

Al llegar a la altura de la 50th St. sobre el lado oeste se encuentra el llamado New Rockefeller Center, construido entre los años 60 y 70 en un estilo internacional de gran sobriedad, del otro lado de la 6th Ave. Remate y basamento prácticamente no se distinguen, ya que emplean el mismo recurso formal en todo el desarrollo del edificio. El resultado puede parecer monótono y algo mecánico, pero de todas maneras a mí me resulta más que interesante.

En diagonal con el Bryant Park y todavía en obra, aunque a punto de concluirse, aparece la inconmensurable torre del Bank of América, proyecto de Cook + Fox. El edificio se presenta en la forma de un diamante facetado en forma irregular, una especie de iceberg estacionado en la esquina. No es el primero de los edificios que hemos visto que adoptan esta estética, a mi juicio no del todo feliz, pero sin duda es el mayor. Su búsqueda pasa por la exaltación de lo que parece ser el material del momento, el vidrio, y explora al máximo sus posibilidades. Sin embargo, en general no me atraen los edificios que dependen demasiado de un material.

Me logro introducir en el hall de planta baja, en donde sobresale el riquísimo trabajo de la pared del fondo, realizado con lo que parece ser un travertino noche, pero sin veta, colocado en forma irregular, en piezas horizontales de espesor variable. El efecto es logradísimo, pero se pierde un poco en el resto del hall que me parece no consigue una buena síntesis.

sábado, 14 de mayo de 2011

Apóstoles de la pintura 2

02. Segundo Apóstol
GIOTTO
(Colle de Vespignano, 1267 – Firenze, 1337)



La imposibilidad de la escuela de Siena de superar el ícono. La acusación de Dante a los seneses: “gente vana” (Purg. XIII). Historia de la iconografía y la condena del judaísmo, Salmo 113 y el Sinaí. Fito Paéz. Iconoclastas del siglo VIII y IX. La polémica del Abad Suger y San Bernardo. La Reforma protestante y los problemas actuales. El riesgo de la idolatría. La lejanía del ícono.

El impulso del humanismo y la superación del ícono. Los nuevos riesgos que comporta humanizar lo sagrado. Descartes, Yo pienso. Kant, el sujeto como garantía de lo real. Hegel, lo real es racional. Nietzsche, Superhombre y muerte de Dios. El ejemplo de la tradición oriental. El espacio como problema puramente occidental.

Firenze como la nueva escuela capaza de superar los límites. Dante y la Commedia como irrupción de lo humano en la realidad divina. Paralelismo entre la pintura y la literatura. El naturalismo de Dante y las comparaciones de la Commedia. Cimabue y el primer naturalismo. El descubrimiento de Giotto y la “pecorella”. Dante y su profecía:

Credette Cimabue nella pittura
tener lo campo, e ora ha Giotto il grido,
sì che la fama di colui oscura
"
(Purg. XI)

La figura de Giotto y la proximidad a la escuela de Siena en sus inicios. Evolución vertiginosa, Firenze, Asis, Nápoles. El encargo de la Cappella Scrovegni en Padova. La familia Scrovegni y la condena de Dante a los usureros / financistas. La idea de la capilla votiva. La cercanía de Venecia y la posibilidad del azul.

Giotto cineasta. La disposición de los frescos. El mecanismo cinematográfico. Plano y montaje. Primeros actores y actores de reparto. Vestuario. Montaje y plano, las herramientas del cine. Continuidad del relato. Locaciones. La profundidad psicológica de los personajes. La fotografía y el color. Profundidades teológicas.

Las tres historias continuadas, san Joaquín, María y Jesús. Recursos. El papel de los extras como testigos. El problema del movimiento y su resolución en una sola escena. La utilización del fuera de campo. Los cambios de clima, ternura y violencia. Multiplicidad de géneros. Policial, romántico, comedia y drama. El poder de la mirada como materia expresiva. La mirada a cámara como interpelación al público.

Reflexión última. Giotto como representante de un momento mágico en la historia de la pintura. Comparación con Brunelleschi. El enamoramiento. El recuerdo sin nostalgia. San Agustín: “el amor es el peso del alma”. El peso que no es un “pesar”.