Día 00 (viernes) – MAGNIFICENT MILE
Aterrizamos en Chicago a una hora incierta de la tarde, después de un viaje largo.
Al llegar nos dimos cuenta de que las horas de vuelo habían correspondido exactamente a las pasadas en tierra haciendo colas de todo tipo. Checkines, declaraciones juradas de efectos personales, migraciones, retiro de valijas se repitieron con celo creciente en Ezeiza, Miami y Chicago. El viaje preparado con esmero durante tres años, cuyas impresiones me dispongo a relatar, comenzaba.
Lo primero que nos recibe es el O’Hare Airport, edificio de autor, en este caso Helmutt Jahn,
con uno de sus detalles clásicos, las vigas metálicas perforadas con círculos.
Un aeropuerto es un edificio muy difícil de ser apreciado en su totalidad, pero
la parte que se ve se parece más a un shopping que a un aeropuerto. La gente, a
pesar de ser bastante tarde, almuerza con avidez a los costados de un mall decorado de banderas, en donde como
buenos argentos reconocemos la nuestra con una mirada cómplice. Misma actitud provoca
la de Corea, por razones que sería largo explicar.
Los movimientos en el aeropuerto se hacen bastante fáciles gracias a una buena señalización y también a algo que será una constante en toda la estadía, la proverbial amabilidad de los habitantes de Chicago, cuyo gentilicio desconozco. Esta misma mezcla de señalética eficaz y amabilidad nos conduce
hasta el subte y también nos permite superar las herméticas máquinas que venden los pases semanales del CTA (Chicago Transit Authority), nuestros inseparables aliados, junto a nuestros pies, para desplazarnos durante toda la estadía.
El viaje
ferroviario comienza al aire libre por el medio de una autopista de anchura
panamericana. Atravesamos suburbios que aumentan su densidad para luego
sepultarnos bajo tierra. Después de alguna combinación superada con éxito, de
la Blue a la Red Line, salimos a la superficie en la que será nuestra estación
de cabecera, Chicago St.
Luego de algunos titubeos caminamos hacia Michigan Ave.
que nos espera con las primeras imágenes reconocibles, la antigua Chicago Water Station y, cruzando la avenida,
la Pumping Station. Esta última funciona, además, como centro de
información al turista, lo cual sería de gran utilidad durante la estadía Ambos
edificios, de 1866, son sobrevivientes del Gran Incendio de 1871, y tienen un
poder simbólico importante, aunque parecen miniaturas en comparación con las
altísimas torres que los rodean. Entre ellas destaca el imponente perfil de la
que sería una especie de faro de referencia durante toda la semana, los casi
100 pisos del John Hancock Center.
Superada
Michigan Ave. en dirección del lago homónimo, el carácter del barrio cambia
drásticamente de atmósfera, abandonando el perfil comercial para convertirse en
un tranquilo barrio residencial, donde está emplazado nuestro departamento.
Subidos al mismo nos encontramos con una grata sorpresa, la habitación tiene
una franca vista al lago y lo que es mejor, queda encuadrada por las míticas 860 / 880 North Lake Shore Drive
de Mies Van der
Rohe. Luego de mi exhaustivo estudio del mapa de la ciudad que se
prolongó por casi tres años, estaba al tanto de la vecindad, pero nunca imaginé
que la proximidad fuera tanta. También frente al hotel se encuentran otras dos
torres muy similares a las anteriores, proyectadas posteriormente por Mies y
sus discípulos, en el 900 / 910 North Lake Shore Drive.
El edificio, proyectado a inicios de la década del 50, es de una simpleza extrema. Dos torres gemelas rectangulares que se ubican giradas en forma perpendicular y que obtienen variedad desde la posición diagonal de la avenida. Mies consigue, una vez más, ser simple sin nunca caer en la monotonía.
Lo primero que hacemos entonces es bajar para
recorrerlas desde cerca. Las torres nacen directamente del piso sin ninguna
mediación, apoyadas en un basamento de travertino que se presenta sin espesor, al mismo filo
del prolijo y verdísimo césped.
Todo en ellas es austero, los halles vidriados, los sillones diseño del mismo Mies y de nuevo el sobrio travertino que reviste los núcleos.
Ambas torres se conectan bajo la losa del primer piso, con una simplísima placa horizontal negra. Desde debajo de las mismas aparecen cortados los perfiles IPN que ritman las fachada, y que en algún momento pusieron en dificultad la teoría del arquitecto, ya que estos no tienen otra justificación que la pura estética. El fundamentalismo hasta con Mies encuentra sus límites.
Todo en ellas es austero, los halles vidriados, los sillones diseño del mismo Mies y de nuevo el sobrio travertino que reviste los núcleos.
Ambas torres se conectan bajo la losa del primer piso, con una simplísima placa horizontal negra. Desde debajo de las mismas aparecen cortados los perfiles IPN que ritman las fachada, y que en algún momento pusieron en dificultad la teoría del arquitecto, ya que estos no tienen otra justificación que la pura estética. El fundamentalismo hasta con Mies encuentra sus límites.
Arrancamos del ya mencionado John Hancock Center, una de las más altas y significativas de la
ciudad, que domina la parte norte de la misma.
Proyecto de SOM, uno de los estudios omnipresentes en la ciudad, su forma es reconocible a partir de la estructura en forma de “X” que recorre su frente, interrumpiendo con total impasibilidad la cuadrícula de vidrio.
La torre atenúa su impacto en la calle ya que sus aristas tienen un andar oblicuo que se retira progresivamente a medida que asciende. El apoyo de la violenta estructura se hace a través de un basamento de macizo granito que respeta la inclinación del alzado. Sobre la avenida un patio profundo la recibe para dar lugar a espacios comerciales.
Proyecto de SOM, uno de los estudios omnipresentes en la ciudad, su forma es reconocible a partir de la estructura en forma de “X” que recorre su frente, interrumpiendo con total impasibilidad la cuadrícula de vidrio.
La torre atenúa su impacto en la calle ya que sus aristas tienen un andar oblicuo que se retira progresivamente a medida que asciende. El apoyo de la violenta estructura se hace a través de un basamento de macizo granito que respeta la inclinación del alzado. Sobre la avenida un patio profundo la recibe para dar lugar a espacios comerciales.
Frente a la John Hancock, intentando un diálogo de
opuestos, se alza una mole de anónimo
granito blanco. Sin ningún tipo de sutilezas y sobria en la insistencia de sus
rectángulos se eleva sobre un altísimo basamento ciego que se extiende en un
bloque de cocheras. La Water Tower Place
es un proyecto de mediados del ‘70 del estudio Loebl, Schlossman, Dart & Hackl
y su forma, algo desprovista de gracia, tiene una innegable contundencia: se
impone en el perfil de sus casi 80 pisos. El edificio fue fuertemente remodelado en el
2000 para hacer lugar al shopping, entre fuentes y escalera mecánicas que
recorren el vértigo de los 8 pisos del basamento.
La arquitectura comercial despliega sus seducciones
desde las vidrieras y también desde la arquitectura de los locales. Siempre está
a la vanguardia y suele ser cuna de experimentos en cuanto al uso de materiales
y de detalles constructivos. Sobresale a poco andar una de las vedettes del
momento en todas las capitales del planeta, el Apple Store.
Como la totalidad de ellos, este también fue diseñado
por los multifacéticos Bohlin, Cywinsky Jackson y constituye una especie
de negativo del más famoso de la Quinta Avenida. El cubo vidriado de New York es en este caso reemplazado por un monolítico revestimiento de piedra caliza gris sin pulir, interrumpido solamente por la gigantesca manzana de vidrio, contrariamente al edificio neoyorquino donde el logo constituye el único elemento opaco de toda la propuesta.
El interior obedece a los presupuestos minimalistas
que son propios de la filosofía Jobs, actuando como una extensión literal de
los productos que la tienda ofrece. En un anfiteatro en el primer piso,
totalmente abierto al público, alguien da una charla técnica supongo sobre las
bondades de usar Apple. En el lado opuesto del mismo piso un puente atraviesa
el lado interior de la fachada del local, pasando justo a la altura de la gran
manzana vidriada. La gente hace fila para inmortalizarse con ese fondo.
Arquitectura de impecable factura y marketing aparecen en este caso como
aliados naturales y sin duda muy poderosos. Se podrá argumentar alguna falta de
sutileza, pero a nadie parece importarle eso a la hora de las ventas.
Caminamos hasta llegar a uno de los nudos más
escenográficos que ofrece la ciudad, el encuentro de la Michigan Ave. con el río
Chicago.
Se trata de un espacio de singular valor que parece resistir una
enorme tensión, donde se conjugan varios niveles de tránsito con arquitectura
de magnífica presencia.
Nos quedamos sin atravesar el puente en el abra que lo
antecede que está rodeada por edificios de estilo.
A la izquierda sobresale la
gótica Tribune Tower, sede histórica
del diario ciudadano, que cuenta como curiosidad en su fachada con los
fragmentos de edificios famosos de todo el mundo. Una curiosa manera de
festejar la globalidad de los medios de comunicación.
Este edificio pasó a la historia más que por sí mismo,
por el concurso que fue realizado para su construcción en 1922. Fue ganado por
quienes en definitiva lo realizaron: John Mead Howells y Raymond Hood, pero resultaron más famosos algunos de
los más de 200 presentados. Entre ellos el del finlandés Saarinen (padre) que
fue sorprendentemente segundo y propuso una estética moderna en ese momento
impensada en Estados Unidos. También es
conocido el de Gropius con sus balcones asimétricos y la irónica columna dórica de Loos.
El proyecto ganador es un típico exponente de la arquitectura ecléctica y su adaptación a la tipología de rascacielos, cosa que logra con singular naturalidad.
El proyecto ganador es un típico exponente de la arquitectura ecléctica y su adaptación a la tipología de rascacielos, cosa que logra con singular naturalidad.
De este mismo lado y antes de llegar a los pilares que
anuncian el Michigan Bridge, se encuentra en el número 401 de North Michigan Ave.
una sobria torre, otra vez de SOM. Realizada en
1965, la torre se encuentra muy retirada de la línea de la avenida, con el
propósito de liberar las visuales del Chicago Tribune, propietario del terreno
que fue vendido con ese cargo. El edificio, en el estilo de Mies, libera una
amplia plaza urbana, la Pioneer Court,
que prepara el acceso al puente y libera
las escaleras para descender hasta el nivel del río. El espacio cubierto por un
solado con dibujos de grandes cuadrados suele ser sede de exposiciones
temporarias, y unos meses atrás cobijó la gigantesca “Forever Marilyn” del
escultor realista Seward Johnson.

Frente a este edificio, en una versión ecléctica que
combina el clasicismo francés con la torre
de la Giralda de Sevilla, cierra el espacio el Wrigley Building, obra de otro de los grandes estudios de la
ciudad, los sucesores de Daniel Burnham, Graham, Anderson, Probst & White.
El edificio, de 1920, fue el primero de oficinas que se ubicó del lado norte del rio, y está dividido en dos cuerpos de unos 20 pisos, unidos por el basamento y también por un frágil puente en la parte superior. En 2011 fue comprado por una firma que inició su restauración y se encuentra lamentablemente cerrado.
Detrás de este último edificio surge otro de los
grandes hitos de la ciudad, la Trump
Tower. Se trata una vez más de
una obra de SOM,
terminada recientemente, en el 2009. En este caso, el diseño del edificio
apunta a destacar la volumetría, que alcanza casi los 100 pisos con sucesivos
retiros. La particularidad de la torre está dada por la sutileza con la cual el
edificio realiza el pasaje entre los distintos planos, utilizando curvas que
suavizan su andar. A este deslumbrante despliegue ayuda el color azulado de los
vidrios que combina con detalles de acero plateado que van marcando los cambios
de altura. La forma resultante es compleja pero al miso tiempo es
sorprendentemente simple. El complejo se resuelve en planta baja cayendo
abruptamente sobre el río, que cambia de dirección justamente en ese punto,
involucrando al edificio que se muestra como una rótula donde la ciudad gira.
Nos asomamos un poco sobre el río que corre bastante abajo del nivel de la plaza y del puente y miramos ya con las primeras luces encendidas el imponente marco de los edificios que acompañan su andar hacia el oeste.
Refrenamos el impulso de cruzar el puente y volvemos empujados por una multitud de gente que apura el paso y las últimas compras del viernes a la noche. Tomamos por alguna paralela de Michigan Ave. en busca de alguna iglesia católica, pero no tuvimos suerte. Todas a las que entramos eran protestantes y ninguna particularmente interesante, con preponderancia del estilo gótico que se interrumpía abruptamente en elaborados techos de madera.
Sobre el final y ya casi de noche, superamos la línea
de la John Hancock hacia el norte para doblar hacia a la altura de Oak St.
rodeando el Drake Hotel en un
impecable estilo italiano de 1920. A continuación de este y sobre la misma mano,
se suceden, frente al pequeño parque que los separa del lago, los lujosos
edificios de departamentos que constituyen el East Lake Shore Drive Historic District. Se trata de unos siete
edificios consecutivos, todos de elaborado estilo, aunque no del mismo, que completan
un conjunto impactante que aumenta su prestancia con las últimas luces del día.
1 comentario:
Primero felicitarlos por el viaje y por el entusiasmo con el que tanto vos como Maria miran la ciudad
Que ciudad!!! Me quedo muy atras en arquitectura y no conozco a muchos de los que nombras pero me gusta el Trump Tower aunque no entiendo lo q decis que cae abrupatamente al rio. Voy a ver mas fotos en la red.
Conocia lo del Chicago Tribune y la presencia de elementos de otros edificios en sus muros. Se que hay de World Trade Center de NYC y del muro de Berlin. Parece una ocurrencia interesante en este espiritu globalizador.
Me voy al segundo dia
Pd: como agotan los aeropuertos y todas esas desconfianzas, no?
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