sábado, 22 de noviembre de 2008

Chupate esta mandarina

Hay quienes viven opacados por una semejanza. Su destino queda truncado por el parecido a una realidad que convierte su existencia en un crepúsculo sin amanecer. Parecerse a alguien superior puede ser una fortuna, pero también una esclavitud. Sobre todo si la dimensión de la realidad referida es tal, que resulta aplastante. La comparación renueva insistente su proverbial antipatía.


¿Qué hubiera sido de la mandarina si no hubiera existido la naranja? Difícil saberlo. Méritos que determinen la superioridad de esta última no resultan evidentes. Al menos ninguno aparece para justificar que su fama sea tan apabullante. Fundamentalmente si pensamos que la derrotada no carece de virtudes, algunas de ellas excelentes. Pero de nada valen los argumentos en este mundo regido por la frialdad de las encuestas. De todos modos la historia frutal, como otras, está tejida con el amargo hilo de las excusas. Elaborarlas es el camino que al menos impide caer en el que Nietzsche definiera como el peor de los defectos: el resentimiento.


Para comenzar, hay una clara ventaja técnica que se manifiesta a la hora de la maniobra inicial. Basta el hiriente hincado de la uña pulgar para que la cáscara se desprenda sin dificultades de una pulpa a la que concedemos el defecto de su deshilachada apariencia. Sin embargo, esta no oculta lo que constituye su característica más singular, la sutil partición en insinuados gajos. Esta es una rareza práctica y didáctica al mismo tiempo. Como si Dios a la hora de crearla hubiera querido liberarnos de la siempre comprometida tarea de dividir y, al mismo tiempo, impulsarnos a compartir. Una fruta apostólica que parece señalarnos el único camino seguro hacia el Cielo.


Imagino a aquel desprevenido Marco Polo lusitano que, llegado a las orillas de la China, tomó por primera vez confiado entre sus manos esta naranja aboyada. Más allá de su forma, que habrá tomado por alguna deformación de la especie, fue sorprendido por un sabor de suavidad inesperada y leve. Pasado el jugo quedaron en su boca los cadáveres de múltiples semillas, dispuestas a ser escupidas describiendo parabólicas trayectorias hacia el suelo. Tendría algo de poeta aquel curioso comerciante ya que decidió nombrarla con un nombre que recordara su origen para siempre. Con buen humor asoció su color a los trajes de los dignísimos nobles de aquellas lejanías orientales.


Con todo, tanto esplendor tendría su revés, que descubrió cuando pasadas varias horas no podía quitar de sus manos el persistente perfume rancio de aquel fruto, que lo seguía como un perro faldero. Quizá haya sido esa insistencia la que la condenó para siempre a un papel secundario. Se sabe que el olfato es el más discriminador de los sentidos.


Sin embargo, intuyo que la razón más poderosa que explica su opaca realidad anida insospechada en un indómito carácter. Ella, estoy seguro, ocupó su lugar a la sombra de la famosa naranja y lo soporta con la tranquilidad que sólo acompaña a los que eligen su destino. Es reflejo de todos los que se resisten a ser avasallados y sufren las tropelías con orgullo.


El orgullo de jamás ser exprimida.

7 comentarios:

janfiloso dijo...

La banana era para mi una cosa hasta que comí por primera vez en casa de mi novia y vi con estupor que mi (futuro) suegro comía la banana ¡con cuchillo y tenedor! haciendo alarde de una habilidad innata para manejar esos utensillos que yo nunca tuve (la habilidad, los utensillos sí).
Con la mandarina pasa algo similar ¿qué te hacés con las semillas en una mesa fina? Marco Polo podía escupirlos, pero ahora no queda tan fino. Depositarlos como si nada en la mano que hace un hueco es ... tirando a asqueroso, pero convengamos que no queda otra (que yo sepa al menos).
Están muy buenas estas odas a la fruta.
(¿el melón y la sandía los vas a tratar como frutas?)

La herida de Paris dijo...

Es verdad, la mandarina, entre otras cosas, nos expone al ridículo.
Una arista que no se me ocurrió.
Gracias por el aporte.
En cuanto al futuras frutas y sus cualidades psicológicas, veremos que se nos ocurre durante la semana. Melón y sandía parecen a priori "paradas difíciles".
Saludos

Estrella dijo...

Pobre mandarina, entonces, siempre a la sombra de la sabrosa naranja. Pero amí me gusta más la mandarina, no cualquiera, claro, la rica, rica. Y qué decepción cuando no es lo sabrosa y jugosa que uno tanto esperaba...

Estrella dijo...

"A mí me gustan las unvas, las bananas también, salvo que la banana no me parece una fruta. Otra fruta que no me parece una fruta es la manzana; no entiendo por que tiene tanto prestigio bíblico la manzana...".

Lo leí en El diccionario de Borges, de Carlos R. Stortini.

La herida de Paris dijo...

La manzana la tengo en elaboración, pero lleva tiempo por que es una fruta de cuidado, con prestigió bíblico, como señala Borges, y también mitológico. Estoy intimidado, creo que me tomaré otra semana y volveré para esta a mis lecturas de filósofos.
Gracias Estrella por el jugoso (nunca mejor aplicado)aporte.
Saludos

El Cochinillo exquisito. dijo...

Mandarina, indefectiblemente, infancia, siestas furtivas y a hurtadillas, tapiales, sombra y sol en los barrios de mi patria chica, mandarina, para mi es la infancia.

Exquisitos saludos.

Pd: Y nada mejor para sorprender a una resaca.

La herida de Paris dijo...

Si, coincido, la mandarina junto con la banana son frutas infantiles para mi también.
Gracias Cochinillo por la fidelidad a este espacio. Abrazo