lunes, 8 de noviembre de 2010

Actor’s power

Es conocida la sentencia de Platón referida a los poetas, que se extendía por añadidura al teatro y a sus actores. No había lugar para ellos en su República. En su esquema de verdad, el actor era quien encarnaba el engaño del poeta, provocando una desviación inadmisible en el camino de las ideas. No hay duda de que Platón era un fascista y el título de su libro La República, donde propone estas severas purgas, parece una ironía.

Los griegos inventaron muchas cosas, pero el teatro es sin duda su invento más genuino. Una genialidad exclusiva y en cierto modo inexplicable, más allá de las geniales intuiciones que Nietzcshe despliega en El nacimiento de la tragedia. A través del teatro se proponían los poetas educar al pueblo, relatando sus mitos y las proezas de sus héroes. Pero la complejidad de esos relatos podía llevar a conclusiones aventuradas. De ahí el enojo platónico que pretendía disciplinar a sus ciudadanos sin dejar lugar a interpretaciones.

Los actores, encargados de llevar adelante los dramas, eran seres enigmáticos. Su identidad permanecía oculta detrás de una máscara. Llevaban una vida oculta que les permitía luego asumir distintos roles, incluso durante el transcurso de la misma obra. Su existencia escondida era opuesta a la ostentosa visibilidad de los atletas. Basta recordar las odas que les dedicaba Píndaro a las proezas olímpicas de estos últimos. Por supuesto que Platón les daba una calurosa bienvenida a su exclusiva República. El atleta equivalía a la verdad y el actor a la mentira.

Hoy no existen estas diferencias y tanto actores como deportistas conviven en la genérica categoría de “famosos”. De ellos sabemos todo, lo que ellos nos hacen saber (ahora vía Twiter) y lo que otros inventan sobre ellos. De algún modo reflejan algo que supuestamente los otros quisieran ser. Sin embargo, esa extrema visibilidad genera también dudas. ¿Cuándo un actor deja de actuar? es una pregunta legítima.


Una pregunta que se vuelve profunda a partir de un fenómeno a mi juicio insólito que se ha presentado en estos días entre nosotros. Se trata del actor puesto como figura capacitada para la interpretación de la realidad política. Veo con sorpresa que, de una nutrida tribuna convocada para reflexionar sobre la orfandad que nos aqueja, la mitad son actores. No queda del todo claro si son ciudadanos de profesión actores o bien actores que actúan de ciudadanos. Ellos lloran profusamente, declaman con voz enérgica y finalmente pronuncian anatemas. Quién los ha imbuido de este poder es una incógnita.

Una respuesta podría ser que justamente los actores reemplazan a otros que deberían estar ahí. Esa en definitiva es su función ancestral. Sin llegar a los extremos platónicos, su sentencia no deja de ser en algún sentido lógica. El actor es supremo cuando el engaño lo es.

Más adelante, en su última libro Las leyes, Platón atenúa su rigor: “Ahora bien, hijos descendientes de las débiles Musas, mostrad primero a los magistrados vuestras canciones que nosotros las compararemos con las nuestras y, en caso de que sea evidente que dicen lo mismo o mejor lo que nosotros decimos, os permitiremos hacer una representación, pero si no, amigos, nunca podríamos dejaros”.

Parece que, para el filósofo, solo se puede ser actor a condición de ser oficialista.

2 comentarios:

Mary Poppins dijo...

es que los ve en canales oficialistas que no es lo mismo que publicos :)

La herida de Paris dijo...

Lamentablemente acá la diferencia es solamente nominal.
Saludos