domingo, 22 de mayo de 2011

Crónicas de NY VII

Día 07 (jueves): UPPER EAST (Whitney Museum)

Empiezo en la 3th Ave. y la 53rd St. con el “Lipstick” building, que ya antes había visto pero de noche. Phillip Johnson, asociado con John Burgee , parece aquí haber suavizado sus extremos experimentos posmodernos, realizados solo dos años antes en el AT&T.


El edificio de 1986, recibe su nombre gracias a la forma de elipses encastradas y a su material preponderante, un granito de color rojo intenso.



Resabios de la estética posmoderna aparecen en las columnas de la planta baja provistas de capiteles. El cielorraso del hall es de venecita también de color rojo, un recurso ya utilizado en el Seagram.


Formalmente es interesante el motivo de las elipses que se retiran de la línea municipal, y los reflejos que se generan en la fachada curva. Están resueltos con gran eficacia los encuentros de las distintas tangentes de los óvalos superpuestos.


Continúo tomando la Lexington Ave., al llegar a la 58 St. aparece la imponente Bloomberg Tower de Cesar Pelli, de 54 pisos de altura inaugurada en 2005. Su desarrollo es sobrio: está dominada por la tonalidad azulada de su superficie vidriada, interrumpida horizontalmente por bandas levemente modeladas de color blanco. El fuste del edificio tiene algunos retiros apenas esbozados en su altura y remata con una pareja superficie blanca, que de noche se ilumina por completo. Un Pelli en versión moderna que de todos modos deja entrever algunos leves toques de sutil formalismo. El estrecho hall de entrada sobre Lexington, con el enorme 731, evita estridencias y se resuelve con el mismo tono sobrio del resto del edificio. Sobre la 53 St. una plaza oval y vidriada completa el complejo. Pelli del mejor.

Continúo por Lexington hasta la altura del Whitney. La avenida me parece que tiene una escala más barrial, con negocios de servicios que nada tienen que ver con las elegantes tiendas de la Madison Ave. ni con el alto estilo residencial de la 5th Ave. Pasando la 65th St. entro a rezar en la iglesia de San Vicente Ferrer, de los dominicos, de un honesto estilo gótico de 1918, con un importante rosetón en la fachada. Después de tantas “vacías” iglesias protestantes, me alegro de ser católico. Unos pocos metros más adelante están los puentes del Hunter College que atraviesan orondos de un lado a otro la avenida. Otro enorme edificio educativo, y uno de los más prestigiosos de la ciudad, que forma parte del College University of New York (CUNY). La expansión del edificio, realizada en 1968, en estilo brutalista, puentes incluidos, es obra de Ulrich Franzen.

Al llegar a la altura pretendida tomé a la izquierda en dirección del Central Park. El barrio tiene un gran carácter residencial, sobresalen los edificios de departamentos hechos de piedra o de ladrillo, que transmiten una imagen de solidez constructiva y económica notable. Esta tipología se combina con las típicas casas con patio inglés.


El conjunto es variado y cada tanto sobresalen verdaderas “piezas” de calidad. El ambiente en general transmite serenidad, como suelen hacerlo las fortunas sólidas, los toldos que señalan el acceso a los departamentos con sus números religiosamente escritos en letras y los porteros con gorra y dicción hispana.


Nos encontramos con María, que había aprovechado la mañana para cumplir con algunos encargos, al ingreso del Whitney Museum, museo dedicado al arte americano, en la esquina de la 75th St. y Madison. Hay que hacer una pequeña fila que me permite mientras tanto observar el curioso edificio que lo alberga. Se trata de un adusto bloque con una importante serie de voladizos escalonados invertidos, todo revestido en una fantástica piedra gris con terminación rústica. El ingreso se hace a través de un puente de hormigón armado que cruza sobre un profundo patio inglés. El puente conforma un solo elemento con la marquesina del acceso, el todo tiene el aspecto de un detalle pequeño pasado a escala gigante y otorga un aire escultórico al ingreso.


El autor del proyecto es el húngaro, de origen judío, Marcel Breuer que escapó de la persecución nazi y se exilió en los Estados Unidos a partir de 1937. Este edificio, realizado a mediados de los 60, representa su etapa brutalista. Las pocas ventanas no se recortan en el plano, sino que se generan a partir de un movimiento del mismo, con la intención de que el volumen no se debilite y de conseguir una iluminación indirecta. El efecto general de la obra consigue ser contundente.

En el acceso encontramos al único famoso de todo el viaje, Pierce Brosnan. Pasa por delante nuestro sin hacer la cola, lo cual es justo si pensamos que se trata nada menos que de James Bond. Subimos en un ascensor de dimensiones generosas hasta el último piso donde se encuentra la colección permanente. Ella reúne algunas obras excepcionales y permite tener una visión completa de los artistas más significativos de la pintura americana.


En primer lugar encuentro por primera vez un Hopper, lamentablemente es el único en exhibición, pero es el excelente Early sunday morning. Una obra que contiene los tópicos de este autor, una tranquila sensación de soledad, un realismo decidido y una paleta de colores intensos y conmovedores.

Después es el momento, esperado por mí, de los artistas del expresionismo abstracto. En primer lugar un Pollock apaisado donde predominan los trazos de un rosa y un amarillo intenso, sobre una masa gris y negra. Por fin consigo ver un Pollock con tranquilidad, quedarme un tiempo mirando y descubriendo los movimientos del autor alrededor de la tela, estaqueada en el piso. El trazo conserva toda su vitalidad y transmite un vigor inusual.

Más adelante un Rothko conmovedor, Four darks in red, en donde las sombras parecen flotar en el fondo de un rojo tembloroso. Pareciera que los rectángulos no estuvieran sobre un fondo, sino más bien que liberaran una energía propia. Es como si no encontraran todavía su posición en el cuadro y me recuerdan por oposición los fijos y decididos cuadrados de Mondriaan. A diferencia de este último, el color es complejo

Después un Kline de trazo recto y decidido sobre un blanco vibrante lleno de matices que solo se pueden apreciar en vivo. Kline me recuerda no sé por qué a un espadachín furioso, que hubiera cambiado la espada por su gruesa brocha. Su trazo parece instantáneo, pero viéndolo más de cerca se puede percibir un ritmo lento en su pincelada. La presencia de un estudio previo sobre el mismo cuadro enseña qué poco de casualidad y cuánto de reflexión había en su pintura.

Descubro también mis primeras banderas de Jaspers Johns, que resuena como un eco. Me resultan en algún sentido sonoras. Están realizadas en un empasto de materia densa de papel de diario y pintura gruesa y emulsión gomosa. Es una metáfora poderosa la de ese color que se impone con violencia sobre la realidad. Un ánimo que intenta unificar esas palabras que quedan tapadas por las bandas de pintura. El sentido de la serie de las banderas de Johns guarda una potencialidad intacta para ser interpretadas.

La visita se completa con otros grandes pintores de esta escuela. Una impresionante mujer de la serie de De Kooning y otro abstracto Door to the river,
el industrial Brooklyn bridge de Joseph Stella, las sugestivas líneas de Barnet Newman y un descubrimiento: una de las poderosas maquetas monocromáticas de Louise Nevilson. Por último, los grandes nombres del Pop: Warhol, Roy Lichtenstein, Robert Rauschenberg, James Rosenquist y Edward Ruscha.

Luego de todo esto, el museo nos reservaba una sorpresa todavía, una completa muestra en el primer piso de Georgia O´Keefe, hasta entonces totalmente desconocida para nosotros. Lo cual no habla de su valor, sino de nuestra ignorancia. Su obra es de un color trabajado y suave, que contrasta fuertemente con la vehemencia vista en la colección permanente. Los motivos son flores gigantes, pequeñas olas de color y sobre todo cielos que parecen flotar sin referencia alguna a la tierra. Es una pintura que no impacta pero que deja un huella débil pero al mismo tiempo persistente, sobre todo porque de algún modo crea un mundo propio. Solo un tiempo después me doy cuenta de que muchas cosas en la naturaleza imitan los cuadros de Georgia O’Keefe.

Salimos del museo y caminamos por la 76th St. en dirección al East River, llamados por la mancha verde en el plano, que indicaba la presencia del John Jay Park, ubicado sobre el río. Hasta llegar a él pudimos disfrutar de la calidad de un barrio residencial que va perdiendo densidad y poder adquisitivo a medida que se acerca al rio, aunque nunca pierde calidad. Los grandes edificios de departamentos van dejando su lugar a viviendas y edificios menores en lotes más chicos.


El parque resulta en algún sentido una desilusión, ya que está dominado por servicios deportivos con pocas áreas verdes. Cuenta con una importante pileta olímpica al aire libre y múltiples instalaciones deportivas.


Una zona importante está dedicada a los juegos de niños, pero curiosamente se impide el acceso a los adultos que no estén acompañados por un menor. Almorzamos nuestra vianda, mientras miramos como el parque es usado por múltiples contingentes de escolares de los colegios de la zona. Poca belleza, pero un saludable aire genuino de barrio.


Repuestas nuestras fuerzas, retomamos hasta encontrar la East End Ave., un verdadero oasis residencial de altísimo nivel. Nuevamente aparecen los grandes bloques de departamentos de piedra caliza o ladrillo, todos de un estilo impecable.


Sobre el lado izquierdo de la avenida aparece el Carl Shurz Park, un modelo de parque gestionado por los vecinos desde principios de los 70.


El parque está extremadamente cuidado y tiene una amplia rambla que se extiende sobre la avenida costanera, de intenso tráfico, y que permite gozar de excelentes vistas sobre los lejanos puentes y la cercana Roosvelt Island.


Dentro de la superficie del mismo está la Gracie Mansion, antigua casa en estilo georgiano y residencia oficial del gobernador de la ciudad.


Retomamos camino en dirección al Central Park por la 89th St. hasta encontrarnos nuevamente con el Guggenheim, al que le dedicamos un tiempo para la reflexión. Es un edificio que siempre invita a pensar, tal es la fuerza de su propuesta.


Doblamos por la 5th Ave. y vamos hacia otros de los grandes objetivos del día, la Neue Gallerie.


Lamentablemente esta visita se iba a convertir en la primera, y por suerte, única decepción del viaje. El museo, por arreglos en su colección, no está en condiciones de ser visitado, solo se permite el acceso a la sala del primer piso. La empleada del museo, al ver nuestras caras de desilusión, se deshace en disculpas y nos asegura que esta interrupción durará una semana. Claro está, ella no sabe que para esa época estaremos demasiado lejos. En compensación la visita será gratis: magro consuelo.


Gracias a Dios la única sala que se puede visitar es la dedicada a unos de mis pintores favoritos de todos los tiempos: Gustav Klimt. Nos quedamos sin poder ver la totalidad de la mansión, realizada por Carrére & Hastings en 1914 para el magnate industrial William Starr Miller, y también nos quedamos sin los eminentes pintores austríacos y alemanes de principio del siglo XX que componen la colección. El museo está en su totalidad dedicado a los movimientos de vanguardia, los famosos grupos vieneses “The Brücke” y “The Blaue Raiter” y cuenta con obras de los máximos exponentes del expresionismo, como Kirchner y Kokoschka, y de los miembros de la Bauhaus.

Inútil es lamentarse por lo perdido, por lo tanto nos concentramos en lo que podíamos ver, que no era para nada despreciable. Fue una experiencia inolvidable para mí encontrarme por primera vez frente a frente con la verdadera Adele Bloch Bauer, cuya copia reducida cuelga desde hace años en el living de casa. El tamaño es lo primero que llama mi atención, y también su formato cuadrado.

Sin duda la materia de ese dorado, por su espesor, me trae reminiscencias reposteras. Predomina el oro aplicado en gran parte del cuadro, como con una esponja y que adquiere fisonomía geométrica a medida que se acerca a la figura. El predominio dorado viene mitigado sabiamente con pequeños recortes de color: azules que emergen de un turquesa intenso, naranjas purísimos y el rectángulo inferior de un verde inolvidable.

De esa lava de fina pedrería de símbolos, dispuesta a crujir al mínimo atisbo de movimiento, emerge estática la figura pálida de la mujer. Solo se dejan ver la cara de expresión lánguida y las finísimas manos de largos y quebradizos dedos que parecen de mimbre, como diría Spinetta. Las manos se encuentran entrelazadas en una posición extraña, de una rígida complacencia. A pesar de la pesada vestimenta, ella parece llevarla con la naturalidad de una ligera robe de chambre.

Recién en una segunda mirada aparece delineado el sillón, que asoma entre los finos arabescos de oro. Sobre el esponjoso fondo parejo, navegan solitarios unos cuadrados de fría plata. Klimt logra un extraño punto de encuentro entre la pintura figurativa y la abstracta. Una convivencia armoniosa que vive del tránsito por un equilibrio frágil. Es ese punto exacto entre ambas posibilidades lo que hace que sus obras permanezcan en un instante único de gracia.

En la sala, después de haber superado el embrujo de Adele, nos dedicamos a una serie de paisajes del mismo pintor. En ellos también se produce la misma tensión entre lo real y lo abstracto. En este caso no hay dorados, pero sí un lento deshacerse de la realidad que va desde la parte inferior de la tela, a medida que la misma sube. Los paisajes se deshacen como si estuvieran poseídos por una natural efervescencia. El uso del color, bastante homogéneo, y la pincelada corta y precisa dan al cuadro una cierta consistencia que lo hace aparecer más tejido que pintado.

Aprovechamos también para disfrutar de la sala, sin duda uno de los ambientes principales de la mansión, que cruje a nuestros pasos con el sonido de una madera exquisita. Antes de irnos nos asomamos al café de inmaculado estilo vienés, pero lejos del alcance de nuestra billetera.

Retomo la 5th Ave., mientras María se adelanta en bus, para hacer algunas compras. Camino recostado del lado del parque y me detengo en algunos bancos para ver pasar la gente y observo los imponentes edificios de piedra, que ya empiezan a mostrar las primeras luces. La ciudad continúa desperdigando una energía prodigiosa.


Al llegar al final del parque tuerzo a la derecha para tomar la 6th Ave., que aún no había recorrido. En el encuentro de esta con el parque, hago un pequeño homenaje íntimo a la estatua del Libertador General San Martín, que ocupa este lugar ciertamente distinguido.

Al llegar a la altura de la 50th St. sobre el lado oeste se encuentra el llamado New Rockefeller Center, construido entre los años 60 y 70 en un estilo internacional de gran sobriedad, del otro lado de la 6th Ave. Remate y basamento prácticamente no se distinguen, ya que emplean el mismo recurso formal en todo el desarrollo del edificio. El resultado puede parecer monótono y algo mecánico, pero de todas maneras a mí me resulta más que interesante.

En diagonal con el Bryant Park y todavía en obra, aunque a punto de concluirse, aparece la inconmensurable torre del Bank of América, proyecto de Cook + Fox. El edificio se presenta en la forma de un diamante facetado en forma irregular, una especie de iceberg estacionado en la esquina. No es el primero de los edificios que hemos visto que adoptan esta estética, a mi juicio no del todo feliz, pero sin duda es el mayor. Su búsqueda pasa por la exaltación de lo que parece ser el material del momento, el vidrio, y explora al máximo sus posibilidades. Sin embargo, en general no me atraen los edificios que dependen demasiado de un material.

Me logro introducir en el hall de planta baja, en donde sobresale el riquísimo trabajo de la pared del fondo, realizado con lo que parece ser un travertino noche, pero sin veta, colocado en forma irregular, en piezas horizontales de espesor variable. El efecto es logradísimo, pero se pierde un poco en el resto del hall que me parece no consigue una buena síntesis.

8 comentarios:

Rob K dijo...

Si Ud. vió "The Thomas Crown Affair", encontrarse justamente a Pierce Brosnan en un museo de arte debió haberle parecido una broma...

Saludos.

La herida de Paris dijo...

La verdad es que no se si entró a robar, pero sorteó la cola de acceso en la que estábamos, como un verdadero profesional. Mi mujer que no reconoce privilegios, casi increpa al mismísimo 007, pero su limitado inglés la detuvo.

Saludos.

La condesa sangrienta dijo...

Cómo me gustan estas crónicas y tu manera de contar.
Me gusta ver NY con tus ojos (pero a Brosman preferiría mirarlo con los míos, ja).
Un beso, Opi.

Mary Poppins dijo...

no termine de leer. voy por el whitney. Sabes que con lo que aprecio la pintura nunca entre mas que para almorzar una vez con Elastichica blogspot.
Te acordas el nombre del Pollock? Me llama la atencion los colores que describis (rosa, amarillo)

vuelvo a la lectura

pd: me emociono un frase: entre solo a rezar

La herida de Paris dijo...

Condesa: No te creas está medio baqueteado el bueno de Pierre, aunque conserva su fascinación el hecho de que en cualquier momento te puede pedir un "Martini seco, agitado no batido". ¿O era al revés?

Saludos.

La herida de Paris dijo...

Mary: El Pollock (lo googlie)se llama Nº27 de 1950, siempre tan poético para nombrar a sus obras.

En cuanto a rezar, se supone que para eso están las iglesias ¿no?.

Saludos.

Mary Poppins dijo...

rothko, el pintor de las sensaciones, Me gusta muchisimo

kline: parece una cosa, pero en realidad.... Siempre imagine que Kline tendria antepasados orientales

Jasper Jhons me acuerdo que escribiste un post muy rico sobre el

De Kooning, el holandes, compre un libro hace poco de el.
Estas mujeres arrebatodoras que vienen llegando con fuerza, nueva imagen de la mujer en el arte. Son feas? son agresivas? que les pasa? que nos quieren decir, o hacer?

Soy un tanto indiferente al pop, tal vez algun dia aprenda o sienta

maravillosa y tan sensual la pintura de O'keefe,

Siete dias en NY pero parecen un mes. Que bien Opi, yo ya me canso mas

Mary Poppins dijo...

rastree el Pollock, me sonaba de algun libro.
Gracias