domingo, 19 de junio de 2011

Crónicas de NYC VIII

Día 08 (viernes): MIDDLE WEST (MoMA)

Arrancamos en un parque baricéntrico de la ciudad, el Madison Square Park en la intersección de la 5th Ave. y la 23th St.


Hacemos una prolija recorrida del mismo, que está poblado de esculturas de bronce que recuerdan héroes de la historia americana.


El trazado del parque es simple y se dibuja entre medio de importantes árboles.


Después del parque nos dedicamos a los edificios que lo rodean, empezando por el clásico edificio del Met Life Tower realizado en los inicios del siglo XX.


Ubicado en la esquina de Madison Ave. y la ancha 23th. St. fue durante algún tiempo uno de los más altos de la ciudad. Su aspecto de estilo clásico recrea explícitamente el campanile de la Piazza San Marco de Venecia.


En sus dos fachadas se destaca un inmenso reloj que, ubicado a gran altura, habrá servido, durante el tiempo en que el edificio gobernaba incontrastado en la altura de la ciudad, para marcar las horas a los transeúntes aún lejanos.


A su lado, cruzando la 24th. St. se encuentra la ampliación realizada en los años 30 y conocida como North Building, con un impecable estilo art decó, aunque de una volumetría poco agraciada.


En ambos edificios entramos a las imponentes plantas bajas con innumerables detalles de estilo, que tienen una escala que corresponde más a una calle que al hall de un edificio.


En la cuadra siguiente, siempre sobre la Madison Av., observamos con gusto una pequeña joya de arquitectura de gusto palladiano. Se trata de la Suprema Corte de Apelaciones del Estado de New York. El edificio tiene su fachada lateral realizada en cuatro impecable columnas jónicas sobre la avenida y frente a la plaza. Su fachada principal se despliega, en cambio, sobre la 25th St. con un nuevo cuadripórtico esta vez coronado de frontispicio.


Hay una gran cantidad de estatuas que lo decoran y que representan distintos personajes que han tenido que ver con la justicia. Nos divertimos un rato reconociendo a alguno de ellos: Solón, Licurgo, Moisés, Zoroastro, Justiniano y otros. Una especie de “dream team” de la Justicia, concepción muy de gusto americano. Al acercarnos al ingreso, un guardia de seguridad nos invita a entrar y al enterarse que veníamos de tan lejos tiene la amabilidad de abrirnos el espléndido salón de audiencias.


Siguiendo en la misma dirección y siempre sobre la Madison Av., vemos en la esquina opuesta al parque otro importante edificio de una compañía aseguradora, en este caso la New York Life Insurance. Se trata de una obra del reconocido Cass Gilbert, realizada en 1926, con un estilo neogótico ciertamente apagado por un incipiente modernismo. Fue el último de los grandes rascacielos del arquitecto y se destaca por la formidable pirámide dorada de ocho caras, que remata el vasto cuerpo de cuarenta pisos de altura.


En el ángulo opuesto del parque, cruzándolo nuevamente en sentido diagonal, aparece el muy famoso Flatiron Builiding, en la esquina que forman la 5th. Ave., la 23th St. y la omnipresente diagonal Broadway. Ocupa la totalidad de esta pequeñísima manzana de forma triangular, que presenta en el punto de encuentro de las calles antes nombradas un estrecho ángulo agudo. Esta particularidad produce la vertiginosa perspectiva que con el tiempo se ha transformado en una de las más recurrentes vistas de la ciudad.


El edificio, de 1902, explota su situación apoyándose en la continuidad del plano solución que brilla sobre todo en el vértice agudo que se resuelve en una apretada circunferencia. El estilo tiene reminiscencias de un palazzo italiano que se traduce en el intenso buñado, en la decoración de motivos de tono manierista y, principalmente, en el saliente cornisón que lo corona.

Recorrimos algunas cuadras por Broadway, a esta altura una calle con poca personalidad y negocios de calidad inferior.

Volvimos a la 5th Ave. para encontrar otra renombrada estrella de esta ciudad: el Empire State Building.


Sin duda su fama proviene más que todo de su altura, que no tuvo rival durante cuarenta años. Fue diseñado por William F. Lamb, de Shreve, Lamb & Harmon, y su arquitectura, de un correcto estilo art decó, no ofrece a mi juicio demasiados puntos salientes. También se suma a su leyenda la proeza que su construcción significó, realizada en un margen de tiempo sorprendentemente breve y cuyo final coincidió con el inicio de la Gran Depresión.

El edificio arranca de un basamento de piedra gris a partir del cual la torre va despegando a medida que toma altura, con sucesivos repliegues. Las carpinterías están prácticamente a filo, lo que permite una lectura de superficie. Una línea metálica divide a mitad los paños de carpintería creando un fuerte impulso ascensional. El final de dichos paños, con una leve insinuación de frontispicio, es la única concesión que se permite a la forma. El motivo de la fachada no cambia en ningún punto de todo su desarrollo, dejando todo el peso de la significación al volumen. Una resolución austera, pero algo mecánica. El aporte de la luz en el remate hace la diferencia de noche, pero es difícil considerar este espectáculo como propio del proyecto original.


Entramos al hall, que presenta un lenguaje de un estilo art decó más fuerte que el de la fachada. Al igual que sucedía en su archirrival, el Chrysler, la iconografía es una auto celebración, con excelentes detalles en acero inoxidable y gran profusión de mármoles coloridos.


En el fondo hay una brillante y dorada representación del edificio, en donde se lo presenta a la manera de un objeto de adoración, con reminiscencias de un ícono bizantino. Las vitrinas del costado, en cambio, están dedicadas a la historia del Guggenheim que cumple 50 años. Dos gigantes se saludan y se apoyan entre sí. No subimos a la terraza, la fila de gente que espera nos acobarda, el día está feo y temo encontrármelo a King Kong.


Dejamos atrás el famoso gigante para ir al Bryant Park.


Ubicado sobre la 6th Ave., tiene una extensión de un par de hectáreas, lateralmente limita con la 40th y la 42th. y termina sobre el lado opuesto contra el fondo de The New York Public Library, que tiene su fachada sobre la 5th Ave.


Está rodeado de una doble hilera de árboles que lo aíslan del tráfico y liberan al medio una extensa superficie rectangular de pasto: The Lawn, grande como una cancha de fútbol profesional. La atmósfera en el medio del parque es singularmente tranquila.


La entrada sobre la sexta ofrece una buena variedad de situaciones, con una importante fuente (lamentablemente apagada).


Un piano suena, tocado por una pianista al parecer conocida. Nos enteramos de que el espectáculo forma parte de un ciclo de conciertos, lujos de esta ciudad.


Almorzamos utilizando las sillas públicas y a medida que el día mejora vemos como lentamente el parque se empieza a poblar de oficinistas que vienen para aprovechar el verde durante su hora de almuerzo. Una vez más nos admiramos del excelente uso que se le da al espacio público.


En la esquina de la 6th Ave. y la 42th St. aparece nuevamente la inmensa mole vidriada de la nueva torre del Bank of América, con que cerré el día de ayer.


Sobre la 42th St., un extraño caso de edificios gemelos, el W. R. Grace Building tiene la misma extraña forma de curva ascendente del ya visitado de Solow Building, en la 57th St. No se trata de una casualidad, ya que el arquitecto de ambos, Gordon Bunshaft, utilizó para el Grace el diseño de fachada que en un primer momento fue rechazado para el Solow. Ambos son contemporáneos, terminados en 1974, y tiene algunas pequeñas diferencias que me hacen inclinar por este el de Bryant Park, sin que en realidad me guste ninguno. La presencia de las bandas horizontales de la fachada y la ausencia de los grandes elementos de hierro de la vista lateral hacen de este un proyecto más amable. En resumen, la menor espectacularidad me parece en este caso una virtud.


El lado de la 40th. St. en cambio está dominado por la fuerte presencia negra y dorada de un clásico que tiene un estilo que navega incierto entre un neo-gótico tardío y un prematuro art decó. El American Radiator Building fue concluido para 1924 y diseñado por Raymond Hood, arquitecto referente del período. El diseño de alguna manera recuerda a un radiador, que era el producto que fabricaba la empresa, y es un buen ejemplo de una referencia alusiva directa en la arquitectura.


Su fama también se debe a la pintura que hizo de él Georgia O’Keefe en 1927 y actualmente el edificio es el Bryant Park Hotel, función para el que fue rediseñado por el arquitecto inglés David Chipperfield.


Abandonamos el parque y nos fuimos en dirección al oeste para ver uno de los edificios que mayor interés me provocaba antes de la partida: la nueva torre del New York Times Building de Renzo Piano. Se terminó en el 2007 y su construcción fue documentada por la famosa Annie Leivobitz en una serie de fotografías conocida como “Building de Times”.


Ubicado en 8th Ave., va revelando su presencia a medida que nos acercamos caminando por la 41th St. Desde lejos tiene un aspecto débil algo esfumado, a lo que confluye el día brumoso. La arquitectura de Piano es demasiado sutil y a la distancia se desdibuja.


El efecto también se acentúa por el material elegido para materializar el parasol que recorre toda la altura del edificio, unas especies de tubos de cerámica que se parecen a tubos fluorescentes apagados. Estos permiten una transparencia y al mismo tiempo son una protección del sol y componen tanto de noche como de día una interesante posibilidad de reflejos, que lo transforman más que en un parasol, en una especie de máscara receptiva de la luz circundante.


Ya más de cerca se empieza a apreciar la mano del genial arquitecto genovés: el edificio se muestra como un mecanismo armado con precisión extrema, los detalles son finísimos y el diseño de todas sus partes revela un cuidado profundo que lejos de ser ostentoso muestra que es a través de los detalles que la arquitectura construye su forma y su significado. Los elementos nunca se “agregan” al edificio, sino que forman parte de él, como por ejemplo la iluminación.


No en vano Piano declara su admiración por el Renacimiento y por Brunelleschi en particular. La arquitectura es para él la puesta en funcionamiento de una maquinaria constructiva, que deviene naturalmente maquinaria formal. Es una suma de elementos, donde la belleza queda supeditada al modo en que estos se ensamblan para conformar un todo que es sumatoria necesaria de partes. El edifico se explica con toda claridad y es esta claridad conceptual la que da a toda la obra de Piano esa unidad que supera todos los temas abordados.


El edificio, recientemente terminado, parece ir a contracorriente de sus contemporáneos que parecen buscar denodadamente una forma totalizadora, que en cierto sentido es más barroca. Estos edificios parecen tender al gesto único que no responde a una lógica que sea individualizable. En este sentido, Piano aparece moderno en el sentido estricto de la palabra. Exteriormente el edificio es una suma de capas que, como velos, se superponen unas a otras: parasol, estructura, vidrio, interior.


El hall de entrada, al que ingresamos lateralmente desde la 41th St., es brillante, empezando por el sugestivo jardín interior que crece entre lomas que contrastan eficazmente su naturalidad con la tecnología que lo rodea.


En el medio unos árboles de tronco blanco entregan un aire más metafísico que natural.


Girando a la derecha hacia la entrada principal nos encontramos con el hall propiamente dicho, que presenta un aspecto muy diferente al lujo de mármoles que vimos en los nuevos edificios. Las paredes están pintadas en un intenso amarillo, “marca registrada” de Piano, en forma de estuco veneciano sobre lo que parecen ser paneles de madera. Sobre el espléndido piso de madera y bajo un cielorraso blanco, no hay más decoración que los muebles de recepción de una intensísimo rojo laqueado que terminan en espesas tapas de madera, en lo que parece la única concesión al lujo de la decoración.


En el centro del espacio que conecta a la entrada principal con las laterales y el jardín está la curiosa “escultura” que componen los cientos de pequeños monitores.


Los mismos se encuentran por delante de la pared amarilla colgados de tensores y cambian constantemente lo que aparece escrito en su pantalla de forma en apariencia aleatoria, que de algún modo es una metáfora de la circulación de la información.


Frente a la entrada de la 8th Ave. y cruzando la misma se encuentra uno de las estructuras más potentes y agresivas de la ciudad. Se trata de la Porth Authority Bus Terminal, es decir la terminal de ómnibus de la ciudad. Ocupa toda la manzana hasta la 9th St. donde a veinte metros de altura ingresa directamente la autopista que parece ser fagocitada por la construcción. Un efecto realmente impactante que me hace acordar a los proyectos de las ciudades futuristas de Sant’ Elia.


Llama la atención que un edificio de la calidad del de Piano esté ubicado en frente a este, teniendo en cuanta el impacto que genera un edificio de estas características en el trazado urbano. Todos los edificios que rodean la terminal, algunos nuevos, son de bastante baja calidad. De todos modos se ha proyectado la construcción de un nuevo edificio que tendrá inicio en el 2010.


Con el fin de visitar el Jacobs Javits Convention Center de Pei nos lanzamos a atravesar Hells Kitchen, una experiencia riesgosa, la única que afrontamos durante todo el viaje. El barrio se encuentra muy degradado y repleto de galpones y espacios abandonados que crecen a los costados de la imponente autopista elevada. De todos modos nunca llegamos a destino ya que cuando vemos desde lejos la enorme estructura del centro demasiado lejos, decidimos que no valía la pena ni la molestia ni el riesgo.


Luego de un descanso reparador en la base salimos nuevamente hacia lo que será el plato fuerte del día: el MoMA. Caminamos con ansiedad por la 53th St. hasta dar con el edificio que no tiene una presencia sobresaliente sobre la calle, casi irreconocible si no fuera por las clásicas banderas verticales que lo anuncian. El edificio sufrió una gran remodelación y reabrió sus puertas a fines del 2004, luego de permanecer dos años parcialmente cerrado. El encargado del proyecto fue el para mí desconocido hasta ese momento, japonés y especialista en museos Yoshio Taniguchi, y el resultado de su trabajo es sencillamente fantástico.


Luego de superar el hall de ingreso y su larga fila pasamos al mítico patio de esculturas del museo, el Abby Aldrich Rockefeller Sculpture Garden, dedicado a la madre de David y diseñado por Phillip Johnson, que fue preservado en su forma original. No puedo dejar de pensar en la foto que miré durante años en el libro de Johnson, uno de los primeros que compré en la facultad. La extraña sensación de haber ingresado dentro de esa imagen persiste con insistencia en mi memoria.


El espacio al aire libre es exquisito en sí mismo y también por la calidad de las esculturas que contiene, diseminadas en forma casual. El patio no parece demasiado grande y contiene una gran cantidad de situaciones, a pesar de la extrema economía de recursos que se emplearon en su diseño.


Está dominado por un soberbio mármol gris, que desaparece en sectores para dejar lugar a las fuentes también de gran sencillez. Algunos pocos árboles se ubican entre las esculturas y todo se encuentra lleno de sillas (idénticas a las de las que había en mi libro) lo que crea un ambiente de placentera informalidad.


Entre las obras de escultura esparcidas por el jardín sobresalen la cabra de Picasso, las rudas bañistas de Matisse, el Broken Obelisk de Barnett Newman, Calder y un pequeño “stabile” negro llamado Black Widow, uno del los Cubi de la serie del último David Smith y otras piezas maravillosas.


De fondo aparece el finísimo edificio que ofrece perspectivas sorprendentes, etéreos techos de aluminio y una terraza para tomar el té que parece suspendida en el aire.


Hay columnas cilíndricas de acero de desafiante esbeltez y la gente que serpentea y aparece en inesperados paños vidriados. Todo está hecho con una enorme libertad, pero al mismo tiempo nada parece sujeto al capricho, sino más bien parece controlado y racional. No hay diagonales ni elementos que interrumpan una serena ortogonalidad que rige el espacio.


Empezamos por el expresionismo abstracto que, como ya comenté antes, es una de las metas del viaje. Hay por supuesto en gran cantidad y están realmente todos los integrantes de esta corriente. Se empieza por Pollock y un primer cuadro que me impacta es The She-wolf (La loba), de 1943 donde aún se conserva algo de arte figurativo, pero que posee una impresionante libertad y una fuerza arrasadora. El animal se hace presente a través de una especie de sombra, se intuye su forma y se muestran de algún modo sus entrañas. Una loba mítica, pintada con violencia.

Más adelante hay muchos otros cuadros del mismo pintor de la serie sin título o nombrados simplemente por números. Son brillantes, de tamaños imponentes, pero de una paleta corta, cada uno haciendo hincapié en unos pocos colores. El negro siempre aparece y parece ser como la estructura de la pintura, como si en él estuviera la base del ritmo del movimiento del artista alrededor de ella. Detrás de él van apareciendo otros colores y texturas.


En algunos el chorreado es fino y denso, en otros es más espasmódico, todos se parecen y son al mismo tiempo totalmente distintos, son azarosos y también responden a un movimiento estricto. Se puede probar a imaginar el movimiento del pintor alrededor de la tela. Pienso que debe ser difícil saber cuándo la tela está terminada, el cuadro se termina cuando de algún modo se detiene el movimiento. Esta relación de la pintura con el movimiento es sin duda la novedad que trae Pollock. “Action painting”, está todo dicho.


Más adelante aparecen todos los grandes actores de esta escuela, las telas cuadrada y oscuras de Rothko, con sus inmensos rectángulos de bordes difusos que parecen levitar como santones liberando energía; los trazos anchos, negros y seguros de Franz Kline, escritura gigante de una lengua imposible; las banderas rígidas y llenas de materia fundida en encausto de Jaspers Johns; la mítica cama transformada en cuadro de Rauschenberg; las apacibles y cerebrales barras de Newman; los vibrantes colores del profesor Hans Hoffmann, y las hispánicas tragedias de Motherwell.


Dedicamos un tiempo largo a todos ellos y a muchos otros de la misma escuela. El expresionismo abstracto americano puede aquí apreciarse como una fuerza creativa arrolladora, quizás el último gran movimiento de la historia de la pintura. Su búsqueda se podría sintetizar como un intento de darle corazón a la pintura abstracta, a través del gesto, de la materia, o de algún tipo particular de figuración. Ser abstracto sin ser frio distante y cerebral, sino vital.

También entre las esculturas admiramos el maravilloso e indefinible animal, mezcla de pájaro con insecto, pero con un movimiento que me hace pensar en un canguro, inducido también por el título de la obra: Australia de David Smith. Un dibujo lineal, pero hecho con hierro en el espacio, un verdadero pliegue entre la pintura y la escultura.


Abandonamos el expresionismo abstracto, llenos de felicidad, para pasar a las salas dedicadas al arte pop. Esta vertiente del arte americano siempre me resultó de un interés menor a la anterior, aunque reconozco su valor. Me pasa que me conecto con ella más desde el pensamiento y menos desde la obra en sí. La idea en este caso tiene un interés demasiado fuerte con respecto al objeto, pero quizás eso mismo es la clave de su importancia. Como todo lo intelectual es quizás la tendencia que ha tenido mayor influencia en otras áreas, cómo la gráfica o la publicidad. Además, ese rescate de lo popular es siempre simpático.

Empezamos con el gran ícono de toda esta corriente y sin duda el más inteligente de todos ellos, Andy Warhol. Están sus latas de sopa Campbell, sus innumerables retratos estilo polaroid, y el inquietante Orange Car Crash, de la serie de crónicas de eventos trágicos llevados al arte. Me impacta por su tamaño y su ironía el Gold Marilyn, verdadera irreverencia sobre el ícono sagrado. “Lo hice grande para venderlo más caro”, declaró el siempre polémico Andy, que sabía reírse del mercado y vender sus obras en millones al mismo tiempo. Paso un rato también tratando de descubrir la técnica, o mejor la no técnica, de este artista que todo lo ponía en tela de juicio, hasta su propio arte.


Hay también varios Lichtenstein, que de algún modo es la contracara de Warhol, en cuanto a su reflexión sobre la técnica. Él se encarga de reproducir manualmente el producto de la imagen industrializada. Quizás uno de los esfuerzos más inútiles que haya visto, pero ahí radica su valor. Y después están sus frías heroínas melodramáticas siempre a punto de romper a llorar en lágrimas de puntos. Seguimos con otros artistas del movimiento: Edward Ruscha, James Rosenquist, Rauschenberg.

Más adelante hay otras salas de arte conceptual, pero este es realmente una tendencia aun incomprensible para mí. Si en el arte pop me parecía que el concepto tenía un peso excesivo sobre la obra, en este caso ocurre que la obra casi queda anulada. Una idea no llega a ser arte. Pasamos rápidamente, aunque alguna curiosidad nos atrae con algunas series de objetos de la vida cotidiana puestos agrupados en estantes. Se podían hacer algunas asociaciones y describir una historia en el medio de esos objetos aparentemente agrupados sin una ley. No recuerdo el nombre del artista, lamentablemente.

Terminado de recorrer el 5° piso, dedicado sobre todo al arte moderno americano, bajamos al piso inferior, donde se encuentra la pintura moderna, en una cantidad y calidad que hacen prácticamente imposible describirla.

Descubro a Matisse, al que nunca le había prestado especial atención. Sus cuadros y esculturas de los primeros veinte años del siglo XX son interesantes porque retratan ese momento de despedida del arte figurativo que todavía no llega del todo a la abstracción. Esos momentos intermedios tiene una fuerza especial. Elijo el Red Studio, Goldfish and Sculpture y la increíble View of Notre Dame. Una mención especial merece la famosa La danza, que en primer lugar sorprende por sus dimensiones, de algún modo parecen extremadamente exageradas para el cuadro. Es una obra extraña en donde lo figurativo es reducido a la abstracción, mediante la representación intencionalmente plana de las figuras, que de todos modos no pierden su capacidad dinámica. También es singular el modo en que las mismas están en el espacio que sintetiza de modo enérgico la tierra y el cielo mediante el uso del color. Una vez más la obra de Matisse camina por el filo sutil que divide lo figurativo de la abstracción.

Un paso delante de Matisse, se encuentra la obra del otro gigante del siglo XX, Picasso, quien lleva aún más lejos la propuesta ambigua del primero. A la hora de las comparaciones y rivalizando en tamaño y fama con la obra anteriormente descripta, aparecen las Demoiselle d’Avignon, que acaparan una atención espectacular, quizás algo desmedida. Un cuadro que marca la definitiva destrucción del espacio prospéctico, que tanto esfuerzo llevó construir, para lanzar la pintura hacia nuevos horizontes, sin abandonar todavía la representación. Es el silbato que suena para dar inicio al cubismo y con él a una nueva fase de la modernidad.

Las mujeres aplanadas contra un fondo que se construye de modo similar a sus cuerpos, para terminar formando un todo indivisible. Confieso que siempre me molestó en esta obra, y se confirma ahora que por primera vez la veo en su inquietante dimensión, la aparición de los motivos africanos. Si bien son típicos de la época, no terminan a mi juicio de integrarse en ella. De todos modos es impresionante la inmensa reputación que tiene y la gente no deja de fotografiarse a su lado, siguiendo una costumbre que permiten las nuevas tecnologías digitales. La foto junto a la obra famosa, como si fuera una estrella del espectáculo, es una práctica que mucho dice de la relación que el público establece con el arte.


Hay una enorme cantidad de Picasso y se puede apreciar la enorme versatilidad de este artista descomunal, que atraviesa distintos períodos reinventándose a sí mismo y a la pintura. Dentro de los muchos que vemos me detengo en Boy Leading a Horse, solo un par de años anterior al inicio del cubismo, el muy simpático Student With a Pipe de 1914 y el reconocible Three Musicians, de gran tamaño y enorme alegría.

Otro pintor con buena presencia es Cezanne, maestro de tantos otros y al que se podría llamar el último gran figurativo. Por su búsqueda de objetividad y de peso en la representación de los objetos se lo considera el padre de los movimientos posteriores y viendo sus obras se puede concluir cuán justa es esta consideración. La fuerza y la honestidad que emana de la figura del pequeño bañista, en The Bather es ciertamente conmovedora, como lo son también algunos de los paisajes provenzales donde destaca el magnífico Chateau Noir y las poderosas naturalezas muertas de frutas que tienden a una perfecta geometría.

Otra obra que disputa la primacía de la fama, señalada con la fotografía de rigor, es el Satrry Night de van Gogh, aunque yo me inclino más por el menos reconocido The Olive Trees. De todos modos parece que la preferencia de la gente no tiene demasiado que ver con el valor de la pintura, basta pensar la indiferencia que el visitante le prodiga a Cezanne.


Queda tiempo para algunas menciones especiales, como la de un enorme y gris Miró, que responde la sugestivo nombre de The Birth of the World. También hay una de las múltiples versiones que existen de The Empire of Light II, del siempre inquietante Magritte, con su cielo diáfano poblado de inocentes nubes que misteriosamente convive con una noche profunda, apenas mitigada por el esforzado farol. Finalmente encontramos los Kokoschka y los Kirchner que la Neue Gallery nos negó.


El capítulo final lo dejo para uno de mis pintores preferidos, al que está dedicado una buena cantidad de una sala: Mondriaan. Paso largo rato admirando sus cuadros pintados con esmero, en donde se pued/e ver que su trabajo poco tiene de mecánico y donde se descubre la pincelada, algún temblor de la mano y sobre todo la materia de la pintura que tiene vigor y tensión. La calculada armonía que fluye de sus cuadros habla de sus esfuerzos por encontrar una expresión que si bien es absolutamente abstracta busca (y logra en mi caso) conmover.


El tiempo se acabó y nos van “arreando” educada, pero firmemente. Aprovechamos una vez más para disfrutar de las múltiples vistas que ofrece el edificio donde la gente hormiguea buscando la salida. Una extraña sensación nos acompaña, la de haber perdido la noción del espacio y también del tiempo, si no fuera por el cansancio. También el hecho de haber compartido la tarde con gente de todo el mundo, mayormente jóvenes, convocados desde los cuatro puntos cardinales por esos extraños objetos colgados de las paredes. En definitiva, celebro de algún modo que el arte sea definitivamente un fenómeno de masas.

2 comentarios:

Mary Poppins dijo...

Podria escribirte horas, pero me detengo en Pollock, un interes comun. Aunque parezca una imprudencia , para mi Pollock es el lado oscuro y terrible de Kandinsky.
Pollock es la furia, la angustia, mientras que el ruso es lo liguero, lo musical, lo placentero.
Pero los dos son irremediablemente un signo de libertad

(to be continued)

La herida de Paris dijo...

Es una muy acertada "imprudencia" la tuya, Kandinsky y Pollock como un Jano bifronte.

Saludos.