martes, 20 de agosto de 2013

Entonces es como dar amor

(Madre en años luz, Luis Alberto Spinetta)



Nena te traigo esta canción
que descubrí en el deslinde
y esta pena ya pasó.

La lluvia desnuda marabunta
sin lugar para quedarse
qué otra cosa queda ahora
más que aquella larga espera.

Entonces es como dar amor
y la distancia no me llegará.

Ahora cansado de esperarte
en un andén en Acassuso
son las once ya no hay sol
por favor.

Entonces es como dar amor
y la distancia no me llegará.



Hace unos días descubrí en el deslinde de la mañana, Marabunta, una de las películas preferidas de aquellas tardes de “Superacción” de mi infancia, gastadas tirado en el sofá.

Ahora, en colores, conserva su fuerza intacta, y me hizo tomar conciencia de que esas tardes pretéritas están mucho más allá de los cuarenta años cronológicos que me separan de ellas. Más cercana me resulta, en cambio, la única otra cosa con la que asocio “marabunta”. Esta magnífica imagen que alude a la lluvia, que corre veloz hacia alguna alcantarilla porteña. Me asiste la alegre convicción de que, aferrados al amor, tanto las devastadoras marabuntas de Hollywood como las pequeñas y pluviales de Acasusso, no nos llegarán.


La antigüedad de esta película, de 1956, cuya visión catapultó mi infancia siglos atrás, no se establece en cuestiones técnicas, sino en su historia. Esta es la de un hombre que se enfrenta tenazmente a la Naturaleza, con el fin de someterla a sus humanos designios. Y en forma parecida procede con los sumisos aldeanos, a quienes por todos los medios convoca a abandonar sus prácticas ancestrales, en favor de la Civilización, que él mismo encarna.  Pero lo que más maravilla no es el planteo, sino el modo en que este héroe, encarnado por el mítico Charlton Heston, otrora Moisés y Ben Hur, avanza sobre su entorno con una convicción que jamás pone en duda la validez de sus acciones.

Poco más de medio siglo después de su estreno, el presupuesto de esta aventura, es decir que la Civilización no solo puede sino que sobre todo debe domesticar a la Barbarie, la vuelve sorprendentemente anacrónica. El orgullo con que Heston muestra a su novel esposa la extensión de sus tierras arrancadas al furor de la selva, sin ninguna sombra de remordimiento ecológico, resulta conmovedor. Como así también la conciencia de su misión civilizadora, a la cual el personaje se entrega con el celo ejemplar propio de los héroes de todos los tiempos.

El relato, de tintes épicos, no aclara demasiado ni lugar ni tiempo. Hay aspectos que harían pensar en el Amazonas, pero que se contradicen con referencias a los mayas. No importa, confundir la geografía sirve a imprimirle una saludable cuota de universalidad. Tampoco hay demasiados datos con respecto al tiempo, para este hacendado todo tiene que ser nuevo, casa, muebles, mujer, en una clara manifestación de una acción civilizatoria volcada unívocamente al porvenir. Es así que la confesión de viudez de su mujer, obviamente pone en temprana crisis la pareja. Por otra parte, nada sabemos de la proveniencia del héroe, cuyo origen es ocultado con un empeño similar al de Lohengrin.

En este sentido, sobresale su también conmovedora, por lo velada, confesión de virginidad que le hace a su esposa, llegada allí por correspondencia, solo con el  noble fin de asegurar una descendencia que continúe con la obra emprendida. La misión tiene todos los trazos del fervor religioso, aunque no haya atisbo de trascendencia en toda la película. La religión de nuestro héroe es la de la Civilización, y su destino será cumplido sin distracciones, ni siquiera aquellas que detuvieron a Eneas en las playas de Cartago. Con ese valor enfrentará a su cruel enemigo, gigantesco y minúsculo al mismo tiempo. Y en esa batalla final podremos, después de una larga espera, saborear algo que también parece que hemos olvidado: la Naturaleza puede ser mala.

No es mi intención volver a los prístinos principios de la filosofía de esta era dorada del celuloide, sino en primer lugar percatarme cuán lejos quedó toda aquella manera de enfrentar el mundo. Y quizás también advertir que nuestra cultura, que crea remordimientos atroces en quien tira un poco de insecticida, ha caído en una simplificación que no es menor que la de nuestro héroe. La del héroe es una tarea compleja y sus acciones son siempre discutibles, porque en definitiva es humano. Otra cosa que parece haber olvidado el cine de nuestros días, donde abundan los super-héroes, que en su simpleza engañosa son, al decir de Deleuze, meros simulacros del héroe.

Frente a la marabunta que avanza a lo lejos, la pareja ya probada y consolidada, espera el desenlace final. Pienso que, tomados de la mano, ellos esperan, como todos los enamorados, que el amor los salve de la marabunta que acecha la vida. Entregarse al amor con la ilusión de que, protegidos por la distancia y por el tiempo, su fiel aliado, esta no nos llegará.