sábado, 3 de mayo de 2008

Microfísica del portero

Quiero vivir en una isla repleta de minas.
Daiquiri en mano pensar que todo es una maravilla.
Nunca volver a ese mundo de porteros
” (Sueter).

Esta es una canción que hace más de 20 años que no escucho, pero esta estrofa ha quedado incrustada en mi memoria para siempre. Y esto seguramente no se debe a la antítesis que expresa, sino a la poderosa forma en que está expresada. La oposición entre un mundo libre de preocupaciones frente a otro rígido y con obligaciones es clásica, como suele ser también la elección por el primero. Sin embargo, en la descripción de este segundo modelo radica la fuerza arrolladora de esta síntesis magistral. El mundo de porteros.

El portero es expresión de urbanidad, pues su figura es inseparable de una cierta densidad poblacional. Desde ya que no existen en las casas, pero tampoco los hay en los grandes complejos habitacionales. Su presencia define una escala necesaria de aplicación de sus múltiples y a veces esquivos quehaceres. Hay, además, un terreno posible, que constituye un mundo intermedio entre lo público y lo privado. Esta especie de purgatorio es el reino del portero. Bien afirmado en esta, su realidad, se inician sus pequeñas campañas dirigidas a controlar lo que es por naturaleza ajeno: la interioridad de los departamentos y la exterioridad de la vereda. Para ambas conquistas utiliza medios opuestos.


En el primer caso, implementa la sutil intriga de gusto maquiavélico, que se despliega entre los propietarios con el comentario incompleto, el chisme susurrado o bien, la abierta denuncia. Ganar la confianza de unos requiere minar la de todos. Romper el bloque sólido del consorcio es una tarea que debe tener la lentitud paciente de lo que corroe. Para lograr el éxito favorece largamente contar con alguna habilidad. Un rudimentario conocimiento de electricidad o plomería derribará los muros de las unidades mejor defendidas. El premio se concreta en la llave del departamento. El poder de un portero, en su dominación del espacio interior, se mide por el diámetro de la argolla de su llavero.

La vereda es otra historia: se la somete a golpes de manguera, desde bien temprano a la mañana. El profuso fluir del agua funciona como demarcación del territorio y también como amenaza rastrera a los talones de desprevenidos peatones. Es la hora de las altas botas de goma y la ropa de fajina, que recuerdan aprestos militares, al son de una radio portátil. La tarde, en cambio, es el momento de tejer las alianzas que toda aventura extranjera necesita. En el traje de gala, se despliegan las conversaciones con los otros reyezuelos de la acera, se tejen alianzas, se canjean favores, se miden las fuerzas. El llenado de un balde se puede compensar con una ojeada a la revista “Pronto”; el préstamo de la escalera abre posibilidades inauditas.

Todos los hombres poderosos de la tierra tienen sus obsesiones. Estas parecen ser la condición ineludible para llegar a la pequeña cima del dominio. La del portero es el bronce, pero no el de las estatuas, sino el amarillo espejado de su homónimo eléctrico. A él dedica horas de franela e hisopos, embadurnando en su superficie los ungüentos más poderosos, producto de alquimias misteriosas, en aras de lograr un brillo perfecto. Este es el símbolo de su eficacia, como lo es de su soberanía, el inatacable horario de la siesta.

Dicen que cuando Pacho O’Donell, publicó su opera prima, llamada “La hija del portero”, Borges comentó que era un joven muy valiente. A la pregunta de si lo decía por el contenido de la novela, respondió que en realidad le bastaba con el título, y sentenció:

Se necesita de un gran coraje, para llamar portero al Encargado”.

3 comentarios:

Estrella dijo...

Un post tan bien logrado, hablando del portero y sus hisopados, es uno de las grandes revelaciones del mundo de los blogs. Ya, a mi propia mirada sobre los porteros o encargados, se sumará ésta, que leo un sábado de otoño, a la tardecita.

María dijo...

Aaahh, los porteros... personajes más fantásticos que los de las historietas, desde "El mono relojero" a "Super-Dany", pasando por Salvador, "elquenuncamovióun dedo", que de tan rudimentario enternecía... hasta nuestra experiencia romana, con Gianna, la de "¿pero cómo, en Argentina no son todos negros?", y también Aníbal, y el otro, el de "Yecibíte, Popi!!!!".

La herida de Paris dijo...

No hay duda que nuestro mundo está mas próximo al de los porteros, que al de una isla, con daiquiris.
De todos modos soy de la idea que "todo" es una maravilla, la vida lo es, aún con porteros.