domingo, 7 de agosto de 2011

De remate

El martillo es pequeño y parece metálico, aunque prefiero imaginarlo de marfil. Apenas más grande que la mano que lo aferra, luce frágil como una falange de sus dedos. Nada que ver con esos redondeados de madera con que los jueces del cine piden silencio en la sala, este parece más bien escapado de una minúscula bandera soviética. Aquí se trata de un martillo musical, que intenta ponerle ritmo a las emociones. Un martillo que tiene más de batuta que de herramienta.

El hombre que lo empuña viste un traje gris claro y cabellera blanca dispuesta simétrica sobre una cara afable. Su tarea será repetida y su función consiste en que no parezca monótona. Su difícil arte consiste en administrar el tiempo, acelerarlo y contraerlo, en sintonía con su audiencia.

Se parte de un comienzo que es siempre el mismo, una fría y pausada referencia a las medidas de lo que se expone. Alto, ancho, largo. Esto parece en un principio inútil visto que todos podemos ver la obra y calcular su tamaño. Sin embargo comprendo que esta fría introducción tiene algo de ritual, como una especie de antífona. En el arte el tamaño es más importante de lo que comúnmente se supone. En un mundo incierto, es una referencia segura.


Cada obra es presentada por un asistente que la sostiene entre sus manos enfundadas en unos pulcros guantes, lo que agrega solemnidad. Mucho del misterio del arte reside en su ser intangible, en sentido estricto. La escueta explicación que precede cada venta es de una longitud que varía de acuerdo a la importancia de su autor. Si este no es del todo conocido, la misma se extiende. En cambio si el artista es alguien consagrado la explicación es mínima, dejando todo el peso al prestigio de su nombre, precedido del artículo indeterminado “un”. De todos modos la palabra más escuchada para referirse a un artista es “importante”. Un juicio poco comprometido, pero eficaz.

El preámbulo es breve porque debe quedar en claro que el hombre no es un profesor ante un público ignorante. Su información debe ser lo suficiente para encuadrar al artista pero sin ofender, lo que se consigue dando por sabido más de lo que se sabe. Una vez realizada la introducción se desciende a la crueldad de los números, con la enunciación de la base. A partir de aquí, como en la iniciación de un concierto de una partitura desconocida, todo puede suceder, desde una ráfaga violenta hasta un silencio de muerte. En caso de que esto último sea lo que acontezca, el hombre, con total desprecio por el empeño puesto por él mismo segundos antes para introducir la obra, pasará a la siguiente con un escueto “adelante”. El hombre no quiere que de ningún modo quede en la sala un rastro de su fracaso.

Si en cambio comienza la puja, el ambiente se vivifica y allí es entonces donde brillará su pulso. Con rápidas intervenciones tomará las ofertas expresadas con un leve alzarse de manos o, a veces, imperceptibles movimientos de cabeza. Hay ráfagas violentas que dejan lugar a pausas tensas en donde señorea la duda. El hombre amenaza con dar por cerrada la cuestión, pero dilata el último golpe fatídico de su temible adminículo. Mira la sala con mirada inquisidora, espera y sobre el cierre permite otra oleada de ofertas que recibe sin disimular su satisfacción. Finalmente comprende, antes que nadie, cuándo el final se acerca y luego del tercer golpe dice simplemente “suya” y pide al comprador que diga su nombre.

Con el correr de las horas, y de las obras, comienza imperceptiblemente entre todos los asistentes una especie de corriente de simpatía. El arte extiende sutil una sensación de comunidad, en la que se diluye la evidente rivalidad. Algunas obras se venden luego de una pequeña batalla y arrancan el espontáneo aplauso del público, lo cual asemeja todavía más la velada a una noche en la ópera. Cuando esta termina me resulta extraño que el hombre no golpee el atril con su adminículo y se incline para recibir una ovación.

4 comentarios:

La condesa sangrienta dijo...

Más allá de tu impecable homologación con la música, supongo que debe ser todo un arte esta cuestión de tensar voluntades hasta alcanzar el clímax, o disimular el fracaso con un escueto 'adelante'.
¿compraste algo o contribuiste al silencio?

un beso

La herida de Paris dijo...

María me tenía la mano atada a la silla. No, fuimos solamente por el espectáculo y nos divertimos mucho. Las compras quedarán para otra oportunidad.

Saludos.

Mary Poppins dijo...

Ay me encanto!

La herida de Paris dijo...

Que suerte Mary, a nosotros también nos encantó la experiencia y por eso quisimos compartirla.

Saludos.