martes, 5 de agosto de 2014

Encuentros sobre la periferia. Cuatro filósofos con Borges: 1. HERÁCLITO

00 / Introducción

Estos encuentros tienen un objetivo sencillo, que se expresa muy bien en el flyer que mandamos y que diseñó Cate. Se trata de hacer una especie de juego de transparencias entre Borges y cada uno de los filósofos de los cuales nos ocuparemos.  Un juego de doble entrada que permita, por un lado, ver al poeta a través de los filósofos, para poder disfrutar más de su obra y, por el otro, intentar comprender algo de estos últimos a través de la obra de Borges.


Más allá de este primer objetivo, les propongo para reflexionar un subtema, como una especie de fondo, sobre el cual se irá desplegando el argumento principal.  Es el que aparece en el título, quizás algo pomposo, que elegí para presentar este ciclo. Se trata de la periferia, entendida como un posible lugar de encuentro. Un tema que, además, está en el centro de la reflexión de este tiempo, gracias sobre todo al papa Francisco, que por eso aparece en esta imagen.


Mientras preparaba las charlas, este tema me fue apareciendo y pude ver que cada uno de los cuatro filósofos que enfrentaremos, ofrecen una perspectiva distinta sobre el tema de la periferia. Además, este es un argumento que nos toca de cerca, ya que nosotros mismos, al igual que Borges, por nuestra condición de argentinos, somos sujetos de la periferia. Es decir, es un tema que nos compete, que nos interpela de un modo concreto,  y mi intención es siempre tratar de pensar no solamente cosas del pasado, sino cosas que nos involucran en nuestro diario quehacer.

En fin, con estas intenciones comenzamos a recorrer el camino, empezando por nuestro primer filósofo: Heráclito. Todas las charlas tendrán un esquema similar, una primera parte dedicada a situar en el tiempo y en el espacio al pensador que nos ocupa, una intermedia donde trataremos de  conocer algo de su pensamiento y una última dedicada a confrontarlo con una obra de Borges. Para ver como resulta y adónde nos lleva este camino, no tenemos más remedio que ponernos en marcha.


01/ Vida

El primer pensamiento de la metafísica se puede sintetizar en esta frase: “El ente es”, que traducida a nuestro lenguaje corriente sería “Las cosas son”. A partir de esta primera y original afirmación se despliega toda la metafísica occidental. En ella se perciben dos elementos distintos, las cosas y el hecho que sean, el Ente y el Ser.  A partir de esa dualidad, el pensamiento puede, entonces, inclinarse sobre cada una de esas vertientes. Si lo hace hacia el lado del Ente, tendrá un cariz técnico; si en vez la balanza se vuelca hacia el Ser, el resultado será más próximo a lo especulativo o, si prefieren, hacia lo contemplativo.


Probemos ahora a plasmar esta idea en una perspectiva histórica. Para esto nos remitiremos a Heidegger, el gran pensador del siglo pasado, que tenía una visión muy ajustada de este problema, sobre la que basó su filosofía. Para él, el pensamiento desde Platón inicia un lento pero sostenido proceso en el cual se dirige siempre con mayor persistencia hacia “el ente”, propiciando el famoso “olvido del ser”. El fruto de este descender de la metafísica del Ser al Ente es lo que, en definitiva, tiene por resultado la sociedad actual en la que vivimos, bajo el imperio de la técnica.


Una visión de la historia que, por otra parte, coincide con la desarrollada, desde otra perspectiva, por Adorno y Horkheimer en La dialéctica de la Ilustración, que culmina en los campos de exterminio.

Pero, como toda historia, la filosofía tiene también una prehistoria, encarnada por aquellos pensadores que, anteriores a Sócrates, se llamaron genéricamente “presocráticos”. Estos, muy diversos entre sí, mantienen en común la pertenencia a una especie de edad dorada, un Edén del pensamiento. Muchos pensadores se han dirigido a los presocráticos con la convicción de encontrar allí la fuente de un pensamiento que tiene la fuerza de lo original. Nietzsche, en su feroz crítica al platonismo, fue uno de ellos. Heidegger identificó esta etapa con un pensar originario, pre-metafísico, donde el pensador y lo que debe ser pensado, el Ser, convivían en una proximidad inaudita.

Antes de entrar a considerar los puntos salientes de estos llamados presocráticos, cabe una breve reflexión sobre su aparición. Una aparición que es precedida, curiosamente, por una realidad política, la polis. Esta nueva realidad, que sucede a la sociedad feudal basada en la economía agrícola, y el cambio por otra, comercial, más abierta y más igualitaria, es la que preparó el escenario para la aparición de la filosofía. No deja, todavía hoy, de conmover el observar por primera vez sobre la tierra el pensamiento en su carácter puramente especulativo. El hombre, a partir de allí, empieza a preguntarse por la constitución de lo que lo rodea, y esto comienza a producirse en un determinado lugar del planeta y en un relativamente breve espacio de tiempo. El hombre abandona las oscuridades de la magia y el mito, y empieza a hacer un uso sistemático de su inteligencia. Se pregunta por lo que lo rodea, por el cosmos diverso e infinito que lo enfrenta, pero que al mismo tiempo se presenta ordenado, provisto de una cierta “justeza”, ajustado a ciertas normas precisas. Ese desplegarse del cosmos, sin duda, obedece a algo unificado, a un “Uno” que guía el andar del Uni-verso y, por lo tanto, las primeras preguntas se dirigirán a ver ¿qué es “eso” (materia, fuerza, idea) que unifica el andar del Cosmos?

Una primera característica de estos pensadores, entre los que se encuentra Heráclito, es su modo de expresión, no discursiva, sino enigmática y poética. Los primeros pasos del pensar racional se dieron en clave de poesía. Este modo de expresarse, en muchos casos enigmático, que, además, ha llegado a nosotros en un modo fragmentado, le da a estas sentencias un determinado peso, que resiste mejor el paso del tiempo. Las sentencias de los pensadores presocráticos se presentan a nosotros sumidos por el prestigio de los siglos y por el respeto que nos impone su carácter enigmático.

Ponerse en comunicación con Heráclito es intentar una comunicación con alguien que habla por teléfono con mala señal. Nos llega su voz entrecortada, vestigios de poemas, piezas de un rompecabezas del cual tenemos que imaginar su forma definitiva. Es importante distinguir entre esta forma y la otra en que nos llegan los otros textos de la Antigüedad, que es una forma “digestiva”, después de una larga digestión que reúne fragmentos y pedazos sueltos. Así sucede con Homero, por ejemplo, y también con la Escritura. En ese caso nos llegan los fragmentos duros, textuales, sin ensamblar, tarea que nos queda a nosotros y a todos los lectores de Heráclito a lo largo de la historia, entre ellos, Borges. Los fragmentos de Heráclito son reunidos, ya que estaban dispersos en varios textos de autores posteriores. En una tarea enorme se reunieron y clasificaron alrededor de 130, trabajo realizado por el filólogo Herrmann Diels. Siempre hay un alemán, Dios los tenga en su Gloria, pronto a realizar estas tareas ciclópeas. 


A esto se suma el modo de expresión poética, que es también un muy fuerte punto de contacto entre Heráclito y Borges. Es Heráclito un filósofo que se expresa como un poeta y es Borges un poeta que tiene la caladura de un filósofo. Sobre este juego de espejos que atraviesa el tiempo jugará Borges mucho de su relación con su antecesor griego, a quien, como veremos, se siente particularmente próximo, al punto de confundirse con él. Heráclito no es para Borges un lejano personaje que se presenta desde lo profundo de la historia, sino que es alguien que, a través de su pensamiento, se actualiza.

Otro punto de contacto entre ambos personajes es su condición geográfica.


Heráclito nació en el 535 a. C. en Éfeso, ciudad de la Jonia fundada en el siglo XI a. C., actualmente desaparecida, pero cercana para nosotros.


Los destinatarios de las cartas de Pablo nos resultan tan cercanos que las ciudades de esas comunidades parecen barrios próximos. Pero hubo un Éfeso pre-paulino, una ciudad muy antigua fundada por colonos atenienses, aunque también hay una versión que atribuye su fundación a las amazonas, lo cual es seguramente más interesante.


Una conexión subsiste entre la Éfeso de Heráclito y la de Pablo, y corresponde a la diosa Artemisa. A ella estaba dedicado el mayor templo que protegía la ciudad, donde, entre otras cosas, Heráclito depositó sus escritos. Pablo, según se cuenta en los Hechos de los Apóstoles (XIX, 23), sufrió la rebelión del pueblo de Éfeso, provocada justamente por los adscriptos al culto, que veían con la nueva fe puesto en peligro su prestigio y su negocio. Estos ganaron la calle al grito de “Grande es Diana de los Efesios”.


Las ciudades jonias fueron producto de las primeras migraciones de los pueblos griegos. En esas ciudades, y no en la patria griega original, fue donde nació esta actividad particular conocida como filosofía. Esta condición periférica tiene una especial resonancia en Borges, de cuya existencia periférica poco hemos de agregar ya que la comparte con nosotros. Una condición periférica, que ambos comparten con algunos otros grandes pensadores de la historia, como San Agustín, por citar uno al caso. Hecho que, como ya señalamos, es de gran actualidad, a partir del papa Francisco: “andato a prenderlo alla fine del mondo”. La periferia tiene, al parecer, también en el mismo origen del pensamiento, esta notable capacidad de renovación.

El pensamiento de Heráclito, entonces, llega a nosotros en un estado fragmentario, similar al estado en que se nos presenta hoy el antes portentoso templo de Artemisa.


Pero a esta situación le tenemos que sumar una dificultad adicional, que es su oscuridad. Heráclito pasó a la historia con el mote del “el Oscuro”, con el que lo conocieron incluso aquellos que tuvieron contacto directo con su obra. Esta oscuridad, reconocida y sufrida por todos los que se acercan a su obra, es fruto de variadas interpretaciones que intentan aclararla.

Una explicación posible se basa en su origen social, ya que se da por cierto su estirpe noble, que se reflejaría en un pensamiento aristocrático. Heráclito, al parecer, nunca estuvo interesado en divulgar su pensamiento entre las masas, sino más bien todo lo contrario, habría preferido mantenerlo protegido detrás de un barniz de oscuridad. También hay quienes piensan que en realidad habría pertenecido a una especie de familia sacerdotal y que su modo de expresarse estaría impregnado de un cierto aire oracular.

Arsitóteles, en cambio, sostiene que la oscuridad de Heráclito se debe a un problema de escritura, más exactamente de puntuación, y a la dificultad de saber cuándo empieza y termina cada frase. Sócrates, por el contrario, pronunció sobre su pensamiento la famosa sentencia que dice que “las cosas que he entendido son excelentes y creo que también las que no he entendido, si bien se necesita un buceador de Delos, para no ahogarse en él”.

Más allá de su pensamiento, su vida parece haber sido la de un personaje difícil, de fuerte carácter. Así, con aire retraído lo representa Rafael en el célebre fresco de las stanze vaticanas.


La relación con sus conciudadanos de Éfeso fue áspera, ya que los criticaba con dureza, y los llenaba de diatribas y ofensas por su modo de vivir y de gobernar la ciudad. También tuvo fama de misántropo, se retiró joven al templo de Diana en su ciudad y luego se convirtió en anacoreta. Su actitud se parece a la de los cínicos a los que precedió en un par de siglos. Su desdén no solamente se dirigía a sus contemporáneos, sino también a las grandes glorias de la cultura griega arcaica, como Pitágoras y Homero, de quien dijo que “debía ser expulsado de los certámenes y apalearlo”. Y fue este su carácter que lo llevó finalmente  a la tumba, ya que, en discordancia con sus médicos, rechazó las terapias propuestos por estos hasta la muerte.

02/ Pensamiento

Para tratar de llegar a esa pretérita edad dorada del pensamiento, y de un pensamiento particularmente oscuro y difícil como el de Heráclito, me pareció oportuno convocar a un guía. Así como Dante tuvo a Virgilio para atravesar los oscuros valles del Infierno y la montaña del Purgatorio, nosotros también tendremos uno: Hegel.


Como es sabido, Hegel es el último gran pensador que propone un gran sistema completo para explicar el Universo. Su obra abarca todas las ramas de la Filosofía: Lógica, Ética, Estética, Metafísica, y también la misma Historia de la Filosofía, recopiladas a partir de sus lecciones dictadas en Berlín. En ella nos basaremos para intentar acercarnos a Heráclito, un pensador que resulta bastante afín a su sistema. Esta cercanía hace que las lecciones sobre Heráclito sean particularmente claras y relativamente sencillas de abordar, cosa que no sucede con otros pensadores menos aptos a ser asimilados al sistema hegeliano.

Hegel describe al personaje con evidente simpatía, dentro de su estilo serio y moderado. Va a referirse fundamentalmente a tres aspectos de su pensamiento: uno que se refiere a la Epistemología, otro a la Metafísica y un último que se refiere a la Ética.


Vamos con el primero, que se refiere a la pregunta sobre las posibilidades del conocimiento. Hegel coloca a Heráclito en una situación particular con respecto a sus contemporáneos e inmediatos predecesores. Heráclito es para Hegel el primer filósofo que capta la “idea”, y en ese sentido es el primer metafísico. Esta posición lo diferencia de la figura que en general se opone a su pensamiento: Parménides. Así, en el umbral de la Filosofía, precisamente señalado por Heidegger en el inicio de Ser y Tiempo, aparece esta dicotomía entre el pensar de Parménides y el de Heráclito.

Para entender esta diferencia tendremos que referirnos brevemente a la filosofía de Kant, referente ineludible cuando se aborda el problema epistemológico.


Dentro de este esquema, Hegel destaca que la figura de Parménides corresponde al entendimiento y la de Heráclito a la razón. El entendimiento era para Hegel (y para Kant) el primer estadio del pensamiento, donde la información que traen los sentidos a la mente recibe una primera clasificación. En  este primer escalón del proceso del conocimiento la mente solo ejecuta una acción simple, juzga lo real individual. Juicios del tipo “ahora es de noche” o “ahora es de día”, por poner un ejemplo. Este modo de juzgar la realidad, entiende Hegel, corresponde al principio de identidad proclamado célebremente por Parménides en su famosa frase: “El Ser es y el no Ser no es”. Este principio, de orden lógico, impone al pensamiento una regla fundamental para permitir su avance, y este es el entendimiento. Hegel magistralmente realiza esta comparación entre nuestro propio camino del pensar y el camino del pensar de la Historia de la Filosofía, como si toda esa Historia fuera la de una sola cabeza pensante.

Si Parménides corresponde al entendimiento, Heráclito –siempre para Hegel– corresponde a la razón. Esta es para Hegel (y para Kant) la capacidad de realizar juicios universales, que son como proyecciones del entendimiento. Con la razón, que se ubica en un estrato superior de la mente, intentamos alcanzar los objetos que incluso están fuera de nuestra experiencia, como los objetos clásicos de la metafísica: el Hombre, el Mundo y Dios. Para Kant, la validez, o el poder de alcanzar la verdad a través de la razón era nulo, pero este problema excede la cuestión que aquí queremos tratar.  Lo importante por el momento es saber que Hegel coloca a Heráclito en este nivel, como el primer verdadero metafísico, capaz de formular un juicio sobre el Ser, un juicio universal. Este el primer aspecto que nos ubica frente a la envergadura de este pensador temprano.

El segundo aspecto que resalta Hegel es, precisamente, esa formulación de Heráclito sobre el Ser, sobre cómo es el Ser.


Esta se expresa en la frase por la cual todos conocen a Heráclito: “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Esta traducción simplificada del fragmento original consigue dar una primera idea del pensamiento de Heráclito. Antes de entrar a desmenuzar el fragmento, señalamos que este nos coloca en una nueva situación frente al Mundo. Heráclito nos va a presentar al Mundo con un carácter fluyente, móvil, cambiante. Y esta me parece ya una condición, por lo menos, interesante.

Para vivir nosotros necesitamos movernos en el nivel del entendimiento, que mencionamos antes, y es natural que así sea, pero quizás hacemos un uso excesivo de esta necesidad. Todos tendemos demasiado a fijar las cosas, por nuestra comodidad, por la comodidad del entendimiento. Nuestra tendencia a fijar, no solo se aplica a los objetos, sino lo que es algo más grave, a las personas y también a nosotros mismos. Tendemos a pensar en nosotros y en los otros como entidades fijas, que “son” de una determinada manera. Las cosas, las personas “son así”. Pensar como Heráclito es acordarse de que las cosas nos son fijas “de verdad” o “en sí”, sino que nosotros las fijamos por un tema práctico, tenemos que hacerlo para operar con ellas, pero la realidad profunda es otra. La realidad profunda, lo que está detrás de las cosas, la realidad metafísica fluye como el río de Heráclito.

Hoy está de moda la referencia al fluido, sobre todo por los libros de Zygmunt Bauman que hacen referencia a la condición fluida de nuestro tiempo, la “modernidad líquida”, pero la afirmación de Heráclito tiene otro aspecto mucho más hondo, ya que no es una reflexión sobre una nota temporal de la cultura, una aseveración en definitiva superficial, sino que se refiere a la constitución del Ser, al modo en que la realidad “es” en sentido fundamental. Tampoco la afirmación de Heráclito tiene que ver, como muchas veces se la interpreta livianamente, con el relativismo. No se pueden hacer juicios sobre nada porque todo cambia.
No es esto lo que entiende Heráclito, como enseguida veremos.


Podemos extraer más de este fragmento, más que la idea del fluir dialéctico. La versión común del fragmento fija demasiado nuestra atención en el río que pasa. Sin embargo, hay otro fragmento que se refiere al río, que nos da una nueva pista: “en los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”. Es decir que lo que cambia no es solo el rio, sino también los bañistas. El fragmento parece hacer referencia a un “paso” doble. No nos bañamos en el mismo río por que el río pasa, pero también porque nosotros también “pasamos”. Este doble pasar nos hace perder la referencia y, por lo tanto, anula la diferencia temporal, o al menos la capacidad de percibirla. Solo percibimos el paso en el tiempo y en el espacio si tomamos un punto fijo. Cuando nosotros estamos quietos vemos lo que se mueve, ahora si todo se mueve sobreviene la quietud. Si se mueve el río y también nosotros que entramos al río, la referencia se pierde y el tiempo no se percibe. El fluir del tiempo se hace imperceptible.

El Mundo, podemos decir en esta visión de Heráclito, se reduce al contacto de dos realidades temporales, la del río y la del bañista, y se reduce al acontecimiento de ese encuentro instantáneo. El Mundo es, así, como quería Deleuze, una serie infinita de esos contactos, una realidad superficial, un mapa donde se entrecruzan las cosas. No existe lo profundo y lo superficial con las connotaciones que nosotros les damos a esos términos. No hay un mundo que en la superficie refleja otro profundo de mayor densidad. Frente a eso se levanta un mundo sin espesor, hay sólo superficie. Y este es, sin duda, el mundo de Borges, un mundo que no tiene espesor, o que tiene el fino espesor de la literatura. Borges viaja y nos hace viajar por ese universo fantástico donde hay múltiples conexiones en red.

Por último, el tercer aspecto que ilumina Hegel de Heráclito es el que podríamos llamar ético. Una vez descubierta la envergadura metafísica de nuestro pensador, y luego de describir cuál era su concepción, nos queda ver qué hacemos con ella en la vida práctica. A pesar de que Heráclito no quiere discípulos, y se propone solamente despertar a quien lo escucha, su pensamiento tiene un costado ético.


Heráclito, en otro fragmento célebre, postulará la teoría conocida como de la “unidad de los contrarios”. Es decir, el cambio de este Universo fluyente no es un cambio sin sentido, sino un cambio que, a pesar de su apariencia cambiante, tiende a la unidad. Este principio remite a la dialéctica, y es por eso que Hegel entra en tan perfecta sintonía con Heráclito, ya que, como es sabido, todo el sistema hegeliano gira alrededor de la dialéctica.

La unidad de los contrarios que propone Heráclito como motor del Universo presenta una realidad en permanente conflicto, donde nada es estable. Todas las cosas no se dan como unidades separadas, sino que tienden a su contrario. No existen, por poner un ejemplo, ni el calor ni el frío como realidades absolutas, sino que los cuerpos van perdiendo o ganado temperatura constantemente. O para poner un ejemplo existencial, todo vivir es, en definitiva, un morir, un encaminarse hacia la muerte. Toda esta tensión entre contarios que sostiene el Mundo en su existir, sin embargo, plantea Heráclito, tiende hacia una recóndita unidad. No es una lucha sin sentido, sino que, misteriosamente, esa lucha se dirige hacia una unidad que la recoge, que él llamó, genéricamente, “logos”, término de un alcance difuso, que excede nuestro propósito.

Este logos, o logos común, como también lo llama, tiene su alcance ético y político. Para él hay dos clases de hombres: los dormidos, que fugan hacia su mundo, y los despiertos, que buscan, a partir de la introspección personal, el camino del “logos” común. Según su visión el Ser personal es al mismo tiempo el Ser del universo. Por lo tanto, el camino de búsqueda personal desemboca en una meta común, en algún sentido social.  Es curiosa esta visión y, sobre todo, muy contrapuesta a la nuestra, ya que imbuidos de un espíritu romántico solemos identificar la búsqueda de la verdad con un camino personal exclusivamente. El hombre “verdadero” es aquel que no sigue a los demás, el que se aleja de las tendencias y que realiza su búsqueda en solitario.

Esta es también la visión de Heidegger que denuncia la existencia inauténtica, aquella que vive sometida a las “habladurías” y a los dictados del “Uno”. En oposición a él, Heráclito propone la verdad como un camino común, donde la opinión de todos es seguramente más cercana a lo verdadero que la forjada individualmente. Su punto de vista puede ser útil en tiempos de excesivo individualismo, y puede servir para prestar oídos el sentir común, no para someterse totalmente, pero sí para incorporarlo al campo de  nuestra reflexión.

Finalmente, para cerrar el tema, conviene advertir que ese “logos común” que propone Heráclito debe ser alcanzado a través de un camino, de una elaboración personal, una unidad buscada a través de la disidencia. Advertencia muy útil en los tiempos que corren, donde ese “sentir común” es cualquier cosa menos una construcción inocente. El “Uno” es una construcción totalmente intencionada y una construcción de dominio que atiende a intereses, la mayor de las veces ocultos por inconfesables. El famoso titular de los diarios encabezado por una anónima primera persona del plural (“dicen”, “sostienen”, “advierten”), es una muestra de ello, que ni siquiera se preocupa mucho de ocultar su intención manipuladora.  La “industria cultural” que señala Adorno con acierto, no cabe duda que es una realidad y que es precisamente una industria.

03 / Obra

Concluimos así con la presentación de Heráclito y nos queda entonces exponer la vinculación con Borges, de la que ya hemos adelantado algunos aspectos: su condición periférica, su manera de abordar el tiempo, su condición de poetas.


Heráclito aparece seguido en la obra de Borges, en algunos de sus ensayos y también en los poemas. Nos referiremos a dos poemas que tiene el mismo título “Heráclito”, pero recomiendo la lectura de otros:

     a) “El hacedor”, en La cifra.


     b) “Son los ríos”, en Los conjurados.


     c) “Cosmogonía”, en La rosa profunda.


En todo ellos, Borges utiliza la imagen de Heráclito y del río como símbolo del tiempo. A la cita del río de Heráclito Borges la llama “mi cita predilecta”.

Borges utiliza esta imagen como imagen típica, como lo hace, por ejemplo, con el espejo, el tigre o el cuchillo. Él no teme la repetición, sino que, al contrario, parece que este tipo de repeticiones tipológicas (y topológicas) es lo que estructura su obra como una totalidad, que es la manera como Borges entiende su obra, como algo entero y no una suma de partes. El poeta, entonces, trabaja a partir de la cita reiterada por intensidad y no por extensión como el filósofo. Intenta concentrar el pensamiento en unas pocas imágenes.  Por ejemplo, en su libro Heráclito, Heidegger, curiosamente, no hace ninguna referencia al fragmento del río. Una ausencia que seguramente sea voluntaria y tenga como propósito abrir el pensamiento hacia nuevos territorios. Esta es una diferencia esencial entre el modo en que piensa el filósofo y el poeta.

Vamos a  concentrarnos ahora en los dos poemas homónimos de Borges a los que hacíamos referencia. Resulta, en primera instancia, curioso el hecho de que ambos poemas tengan el mismo título. Pienso que si alguien le pone el mismo nombre a dos cosas distintas, de alguna manera nos quiere decir que se trata en el fondo de la misma cosa y así podemos leer estos dos poemas. Un mismo poema que tiene dos modos distintos, pero complementarios. El primero podríamos decir que tiene una sustancia más filosófica mientras que el segundo tiene un tono existencial.

En el primer poema vamos a atender primero a la estructura, que presenta tres partes bien definidas.


En la primera, que abarca los cuatro segmentos iniciales, vemos con qué justeza Borges presenta uno de los temas centrales de la filosofía de Heráclito, utilizando una figura que podría haber usado perfectamente el propio griego. Hay un evidente juego de espejos: el filósofo que se expresa por medio de la poesía y el poeta que escribe una reflexión filosófica. Podríamos decir que en este juego las identidades de ambos se confunden y este es el juego que juegan ambos, Borges y Heráclito.

Por otro lado, Borges va a hablar en la imagen de esa relación especular que anula el tiempo, pero lo interesante es que la misma forma de la poesía es la que va a reforzar esta idea. Lo genial en Borges es que forma y contenido se suman para darse más fuerza, potenciándose mutuamente. Es decir, Borges habla de esta relación especular, pero también desde la forma especular que tiene el texto: segundo, primero, segundo, primero. Esta repetición, que se asemeja a un reloj (tic-tac, tic-tac), contiene siempre la misma palabra, que, a su vez es una referencia temporal, el crepúsculo, que es el momento del día para desarrollar la teoría del tiempo de Heráclito, que Borges hace suya.


¿Por qué el crepúsculo? Sin duda porque ese momento del día aparece como el mismo momento, es especular. El día se separa abruptamente de la noche, al punto de que cuando queremos expresar dos realidades totalmente contrapuestas decimos “son el día y la noche”.
Mientras tanto, el crepúsculo que sigue a la mañana y el que precede a la noche se confunden, se parecen al punto que una imagen de alguno de estos aparece totalmente indiferenciada. El crepúsculo, fuera de toda referencia, es el mismo para el amanecer (primero) que para el atardecer (segundo).


Una vez establecido este esquema, Borges coloca sutilmente las referencias a la noche (sueño, purificación, olvido)  y al día (alba, mañana). Luego, casi con descuido, introduce fantasmalmente (sigiloso) al personaje del poema, que nosotros ya conocemos por el título (el griego). Es un notable hallazgo la palabra elegida para introducir a Heráclito: “zozobra”. En primer lugar, por su sentido, porque el pensar cuando es profundo siempre produce “zozobra”, no es un pensar tranquilo o descuidado, sino que al afrontar los abismos del Ser, se produce este sentimiento. En segundo lugar, porque la “zozobra” también se refiere al agua, desde el mismo sonido de la palabra, preparando la metáfora del río, típica de Heráclito.

Es en el segundo momento, entonces, luego de la introducción, cuando vemos irrumpir el río, con toda su fuerza como si se hubieran abierto las compuertas. Advirtamos cómo este fluir está señalado con la elección de las breves palabras que se suceden, como agolpándose unas tras otras. Es un verdadero río de palabras, un río que puede ser cualquier río y al que se le da un espesor sagrado (Ganges). Por último, un río poderoso que arrastra la historia, sea esta imaginada (mitologías) o bien real (espadas), da lo mismo ya que no hay distinción posible entre ambas.

Esta confusión entre lo ficticio y lo real prepara a su vez el tercer y último momento, que podríamos llamar existencial, ya que la metáfora del río se personaliza en un sujeto que puede ser Borges o Heráclito o también nosotros que leemos el poema. El río y el hombre se funden en una sola realidad, el río arrastra al hombre hasta convertirlo él también en río. Un final oscuro, como Heráclito, el Oscuro, ya que el río parece surgir de un lugar sombrío (sueño, sótano, sombra). Quizás también una mención a la propia ceguera del poeta. Son Borges y Heráclito los que se funden en el río del tiempo, un tiempo que borrar toda diferencia.

Veamos ahora el segundo poema en el que se nos presenta una versión más existencial de Heráclito.


Borges aquí se acercará al momento preciso de la intuición, de donde surge la frase que lo convertiría en un pensador eterno, la metáfora del río. El esquema sobre el cual se desarrolla el poema tiene una representación del tiempo lineal, a diferencia del anterior que habíamos descripto como una geometría circular.


Borges comienza el poema con algunos datos certeros, casi biográficos: Heráclito (aquí se lo nombra de entrada), Éfeso, los álamos, el río, pero en seguida esos mismo datos son puestos en duda. El personaje de Heráclito comienza a derivar hacia regiones más cercanas a lo fantástico, empieza a perder encarnación. En primer lugar, por su propia condición, ya que nos viene presentado como un autómata (sin voluntad), que desconoce el nombre del río de su ciudad.


Desconoce el nombre y la dirección del río porque ese río es el tiempo, del que no sabemos qué es (su nombre), solo que corre. Después, por la presencia extemporánea de Jano, deidad romana, como él mismo explicará más adelante. Jano, con su mirada bifronte al pasado y al futuro, es también una representación del tiempo. Por último, por una especie de visión profética de su propia obra. La edición del clasicista escocés John Burnet es una de las más famosas y consultadas, entre otros, por el mismo Borges.

Esta segunda versión del Heráclito de Borges va perdiendo espesor, sometida  a una severa dieta, hasta que alcance la suficiente inconsistencia para poder ser transformada en literatura. Es un personaje sin tiempo (ni ayer ni ahora) que ni siquiera se expresa en su lengua original, quizás porque se expresa en todas, se universaliza. Es allí, cuando ya no tiene espesor, que el poema está listo para producir la fusión con el propio Borges. Este sí conoce perfectamente sus coordenadas geográficas actuales (Red Cedar) y existenciales (Buenos Aires), es el que crea ese artificio que es Heráclito (el personaje y el poema). Toda la realidad se resuelve en una sucesión de rostros, porque la realidad no es “real”, sino que existe nada más que en quien la piensa, o la sueña, como en “Las ruinas circulares”.


El final es abrupto y misterioso, queda abierto a las más disímiles interpretaciones. ¿Qué o quién es el que falta? Difícil saberlo con precisión. De todas las posibilidades, me gusta la que piensa que en esa sucesión de imágenes, de rostros que el río arrastra, ese que falta es el nuestro. El de todos los lectores que afrontan el poema. El río de Borges y de Heráclito, el tiempo que se diluye y permite el encuentro entre ambos, también hace posible a nosotros participar de ese encuentro. Siempre que seamos capaces de arrojarnos al agua.


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