sábado, 21 de junio de 2008

Santa geografía: 1/Tagaste

Siempre me fue fácil imaginarla. La ausencia de datos es buena aliada de la imaginación. Hasta su lugar en el mapa permanece incierto, sólo coordenadas esquivas. Algún lugar de lo que hoy es otro lugar, que nada recuerda ya de lo que fue. Todo ha sido borrado y no es el tiempo el único artífice de este olvido. Lo es también la Historia y el paso rutilante de la Media Luna y su sed iconoclasta. Hoy su nombre, Souk-Ahras, es el testimonio de esa espesa pátina que recubre su pasado. Y pensar que aquellas ciudades fueron el primer vergel de la cristiandad. Una terrible lección permanece inalterable, escrita en la ausencia de esos parajes sin memoria. Una historia que habla de morir en el desierto, para renacer de nuevo en las incultas forestas de Europa.

Fue la periferia de un imperio que decaía sin remedio, sometido a los rigores se su propia grandeza. Una orilla rica, pero de importancia escasa, una estrecha ciudad de una pequeña provincia. La imagino abrasada por el sol del mediodía, polvorienta y arrebatada por vientos calientes de arena. La intuyo de una monocromía terrosa de pequeñas ventanas y patios generosos a la usanza de la inalcanzable Roma. No estaba sobre el mar, pero suficientemente próxima como para sentir algún resabio de brisa marina. Su patio de atrás era un desierto y más allá, la nada. Era una meseta alta, de buenos viñedos que se bebían endulzados en las pocas tabernas que alegraban la monotonía de la tarde.


Seguramente contaría con algunos monumentos, legados del poder romano que hacía sentir su huella y mitigaba con el mármol la violencia de su yugo. Habría alguna pequeña basílica laica de dos ábsides, unos templos vacíos de dioses y altares manchados con la sangre reseca de un antiguo sacrificio. También imagino los bullicios del pequeño mercado, con sus telas de colores vivos y sus fragancias insinuantes. Y veo la dignidad que siempre aporta alguna columnata esparcida en un pórtico, generoso de sombra. A su reparo se debatía con encono la nueva religión del imperio, que se llamaba Filosofía.

Los cristianos ciertamente eran una minoría compensada con la vivacidad que alienta lo nuevo. Recién saboreaban la libertad de poder profesar su fe, aunque el recuerdo próximo de sus mártires los hacía todavía cautos. Su organización precaria ganaba adeptos, pero todavía por muchos era considerada más bien una fe de esclavos. Un entusiasmo desbordante los hacía triunfar con facilidad frente a los resabios de las cansadas viejas religiones atestadas de dioses. De todos modos, era una cultura pagana la que impregnaba la vida, los gestos, el derecho y sobre todo la escuela, donde se enseñaba con férreos métodos la gramática griega.

Esa suma de ingredientes dispares que se cocían lentamente en el pequeño caldero de Tagaste fue el alimento que dibujó el destino de su hijo predilecto. El que debía salvarla del olvido para siempre. Las tenaces enseñanzas de su madre mezcladas con los rigores de sus maestros clásicos fueron el alimento de su futura síntesis de cíclope. Salvar esos dos mundos fue su obra. Y fue en aquella minúscula ciudad del África que se plantó la semilla de donde florecería el árbol a cuya sombra se cobijó por siglos Occidente.

4 comentarios:

María dijo...

N. de E.: Se agradece a Michele (16) la sugerencia del título del post.

Belu dijo...

Lindísimo e interesante post. No sabía que Tagaste era el lugar de nacimiento de San Agustín; tu imaginación ha hecho que también y ¡tan bien! pudiera yo imaginarla.
Me encantan tus dibujos,
beso y buen fin de semana.

La herida de Paris dijo...

Gracias Belu. Continuará...
Próxima entrega Cartago, la ciudad donde Agsutín pasó su juventud.
Estuvimos visistando tu blog.
Linda familia van armando.
Me hizo acordar cuando empezamos nosotros.
Saludos.

Estrella dijo...

Como siempre, un placer leerlos.
Espero la historia de Cartago y San Agustín. Los dibujos: un valor que agrega valor.