jueves, 6 de diciembre de 2012

CHICAGO CRÓNICAS III

Día 03 (lunes) – THE LOOP


Chicago, si uno la mira desde la óptica de su densidad, tiene la forma de un cometa, con la cabeza cuadrada del Loop y la cola compuesta por el andar de la Michigan Av., en el tramo conocido como la “Magnificent Mile”. 

Ya el otro día habíamos visto la fachada del Loop, que forma un frente continuo sobre el sistema de parques que preceden al lago. 

Hoy vamos a ingresar en él, teniendo consciencia de que la vastedad de edificios de importancia que contiene impedirán una visita exhaustiva. Intentaremos dentro de lo posible hacer el recorrido por las calles en sentido norte-sur para ir teniendo un barrido lo más ordenado posible. También nos mantendremos, con el fin de acotar el recorrido, dentro de la parte más antigua que termina en Congress Parkway. 

Llegados desde el norte iniciamos por Wabash Av., que coincide con el tren elevado. El Loop refuerza sus límites con la presencia de las vías elevadas del tren que lo encierran conformando un anillo. Esta disposición, que le da al barrio su fisonomía, es un buen ejemplo de cómo superar algo que en principio puede ser un defecto, convirtiéndolo en un elemento mítico.



La imagen de la ciudad está hasta tal punto comprometida con su tren que, a pesar de que este es un generador de problemas de todo tipo, su presencia resulta indispensable para su identificación.


Lo curioso de esta relación es que se plantea a partir de una ejemplar indiferencia. La ciudad y sus habitantes asimilan como algo absolutamente normal las herrumbrosas y viejas estructuras que atraviesan las calles chirriando a la altura de un segundo piso.





Tampoco los edificios realizan ningún tipo de gesto al encontrarse con ellas y las ventanas de las oficinas parecen quedar al alcance de la mano del pasajero que irrumpe en la intimidad de los escritorios.




Wabash Av., por esta singular presencia, resulta una calle extraña, techada por los durmientes y provista de columnas metálicas que los autos sortean de memoria. La avenida además recibe el nombre de Jewerly Row por la gran cantidad de joyerías que se suceden a nuestro paso.


A lo largo del camino nos detenemos en algunos edificios que llaman la atención. En primer lugar la nueva Legacy Tower que se encuentra antes de llegar a Monroe St. La altísima torre tiene la particularidad de no tener presencia directa sobre la calle, ya que está situada en el medio de la manzana y surge desde un zócalo de edificios históricos. 



Se accede a ella desde Monroe St. a través de un edificio antiguo, en el número 60, y nada de este ingreso hace presentir la presencia de la torre. Un extraño caso de edificio que desaparece al llegar a la planta baja, que es obra de Solomon, Cordwell y Buenz y se eleva con mucha gracias por sus 75 pisos en un juego de volúmenes que apela formalmente solo a los reflejos de su vidrio azul.



Más delante, de la misma mano encontramos otro clásico del perfil de la ciudad, característico sobre todo por el particular color rojo que se esparce indistintamente sobre toda su superficie. Es la CNA Center que se ubica en la esquina de Wabash y Van Buren, un volumen simple rectangular de 45 pisos de altura diseñado en 1972 por Graham, Anderson, Probst & White. El mérito de su fama, más allá de su corrección formal, está, como ya fue apuntado, en la osadía de su color. 


A continuación de esta sobresale la sinuosa presencia de una de las sedes del la Roosevelt University, un edificio de 35 pisos, denominado Wabash Building. El edificio, inaugurado solo unos meses atrás (mayo 2012), está dedicado fundamentalmente a la residencia y el esparcimiento de sus alumnos.


Su aspecto es el de una finísima placa de vidrio en distintos tonos de azul, que va quebrándose en su desarrollo vertical, solamente en sus lados cortos. María me apunta que le hace acordar a un edificio que vimos en NYC, y su referencia es exacta, ya que se asemeja bastante al Blue Condominium de Bernard Tschumi. En este caso los autores son el estudio VOA, que tiene su origen en Chicago, pero con oficinas en muchas ciudades de los Estados Unidos, además de China y San Pablo.



Este edificio se encuentra además conectado con su histórico vecino, el Auditorium Building, también propiedad de la Roosevelt University. El severo bloque de formas clásicas, con un poderoso basamento y una torre en una de sus esquinas, ocupa toda la cuadra de Congress Parkway, entre Wabash Av. y Michigan Av. Fue diseñado por Adler & Sullivan y terminado en 1889. Además del gran auditorio, original sede de la orquesta filarmónica y de la ópera, contaba con oficinas y un hotel de 400 habitaciones. Al no poder superar la crisis, fue vendido a la Roosevelt University en 1946.


Al llegar a Congress Parkway donde domina la torre del Auditorium Building, giramos a la derecha hasta encontrar en la esquina siguiente la Harold Washington Library. Sin duda uno de los puntos salientes de la mañana, por la profesión de mi acompañante, y también una de las primeras desilusiones tanto por su contenido como por su arquitectura.


El edificio asoma robusto y se impone tanto por su impresionante volumen como por la riqueza de sus detalles. Sin embargo, surge enseguida una cierta extrañeza a partir de la elección de su estilo de un academicismo trasnochado.


Más allá de los gustos y de las simpatías por los estilos, y también de la más profunda consideración que pueda generar su anacronismo, el edificio, a pesar de su calidad evidente, no consiguió de ningún modo resultarme atractivo.


No se encuentra aquí el distendido humor del posmodernismo, sino una especie de citación algo anodina de un pasado incierto, que solamente luce por su espléndida piedra roja y las impresionantes terminaciones del volumen en un bronce verde intenso, que rememora, en escala monumental, las gárgolas de una improbable catedral clásica.


El volumen, que responde a los cánones de la arquitectura que busca rememorar, es idéntico en tres de sus lados, reservando su cara oeste a una inexplicable fachada vidriada que une todos sus pisos. Decididamente no pude comprender los criterios en los que se sustenta esta obra, por otro lado muy celebrada en la ciudad.



El encargo fue hecho a Hammond, Beeby and Babka, quienes luego de un reñido concurso se impusieron, en la fase final, a otro de los grandes nombres de la ciudad, nada menos que Helmutt Jahn. El interior de la biblioteca no hizo sino aumentar la desilusión, una planta baja fría y los pisos que se suceden idénticos en su forma e igualmente insulsos. 


Tampoco nos llamó la atención el contenido de la biblioteca, por lo poco que vimos, y ni siquiera el modo como está organizado, más allá de la siempre perfecta amabilidad de los empleados. 



Llegamos hasta el último piso para ver el famoso jardín de invierno, de dimensiones colosales, pero aquí no tuvimos suerte porque estaba cerrado por un evento, con lo cual solo pudimos observarlo desde fuera.


Salidos de la enorme biblioteca, cuyo tamaño es lo único que no deja dudas, remontamos en dirección norte la State St. Superada Madison St., aparece a la derecha una de las obras más emblemáticas de la Escuela de Chicago, el Carson Building, realizado por Louis Sullivan en 1899. En ella se destacan, en primer lugar, los amplios paños vidriados, con una forma apaisada que permitió realizar la estructura independiente de acero que sustenta el edificio. 


La transparencia de la fachada, verdadero logro técnico para la época, tiene su razón de ser en la función del edificio, que desde el origen fue pensado para albergar una tienda comercial. 


La gran habilidad del arquitecto resplandece en la esquina de Madison St. donde la fachada acentúa su verticalidad son el sencillo recurso de cambiar la proporción de los vanos.


El edificio, que audazmente renuncia al lenguaje clásico para confiar en la expresión de su función, hace un alarde figurativo en el basamento de riquísimos motivos vegetales. Sullivan iniciaba así el camino de búsqueda del estilo propio de la Escuela de Chicago.


Muchos son los edificios que responden a esta escuela a lo largo de State St., sin ir más lejos frente al Carson, en la otra esquina de Madison St., está el Chicago Building, de Holabird & Roche. A pesar de ser algo posterior que su vecino al otro lado de la calle, se puede ver en él todavía el apego a alguna citación clásica. De todos modos, pertenece a la Escuela por su sistema constructivo y la consecuente amplitud de sus vanos. Se puede notar, además, el cambio de las ventanas en la fina fachada que da a State St. con respecto a la más ancha sobre Madison St., donde aparecen los típicos bow-windows rectos. La estructura metálica está también en este caso revestida con un ladrillo bien trabajado y dejado en un color natural bastante oscuro.

En posición similar a este, pero en la siguiente esquina de State St. y Washington, aparece otro clásico de la escuela, el Rielance Building, También conocido como Hotel Burnham por el nombre de su autor. Realizado en 1890, tuvo destino de estudios profesionales, para lo cual se tuvo en cuenta la necesidad de luz natural, además de ser uno de los primeros en la ciudad en contar con electricidad y teléfono. Notable es en él la preponderancia del vidrio por sobre las zonas opacas de la fachada, en una proporción que en aquello años era asombrosa. Más allá del prodigio técnico, la fachada, en su continuo andar plegado y vibrante, conserva una unidad que lo convierte por su síntesis en un verdadero moderno rascacielos

En diagonal a este, y ocupando toda la manzana hasta Wabash St. y por el norte hasta Randolph St., aparece contundente el bloque del Marshall Field & Co., hoy conocido como Macy’s. Este edificio, uno de los más grandes en su momento dedicados a la actividad comercial, se construyó en etapas entre 1890 y 1914 y su parte original corresponde también al proyecto de Daniel Burnham. Está realizado en un estilo clásico, aunque muy atenuado y bastante anónimo, donde sobresalen en las esquinas de State St. los espléndidos relojes que se cuelgan de elaboradas ménsulas de bronce. Continuando un poco más por State St. veremos a mano derecha el mítico Chicago Theater, con su característico cartel luminoso y su fachada que remite al arco de triunfo parisino.


Retomamos nuestro rastrillaje por la paralela, Dearborn St., en dirección sur. Entre esta y la paralela Clark St. se presentan consecutivamente algunos de los espacios urbanos más significativos del Loop, todos además adornados por obras de artistas consagrados. Antes de encontrar el primero, doblamos a la derecha por Randolph St. hasta Clark St. donde surge el volumen vidriado del James R. Thompson Center, sede de oficinas regionales, pero que contiene también áreas comerciales y una extensa galería de arte local. Realizado en 1984, es obra del renombrado Helmut Jahn, que con su diseño buscó dar imagen de apertura y transparencia a las oficinas públicas. Sin embargo confieso que me hizo una mala impresión, como suelen hacerme en general los edificios de esa época. El posmodernismo, como estilo, nunca se llevó bien con las grandes escalas. Tal fue la impresión que me causó que ni siquiera me decidí a entrar, lo cual fue un error, ya que el espacio central, de 17 pisos de altura, sin duda merecía una visita. El insistente cuadriculado del basamento en distintos tonos de rojo que hace las veces de pórtico me resultó poco acogedor, y ni siquiera me atrajo la escultura de Jean Dubuffet, Monument with Standing Beast, que está en la plaza que precede el edificio, siendo este un artista del que aprecio particularmente sus pinturas. 

Seguimos entonces hacia el sur ahora por Clark St., teniendo a nuestra derecha el muy neoclásico Chicago City Hall, la sede oficial del gobierno de la ciudad. Un pórtico de 10 columnas corintias, de seis niveles de altura, forman el fuste del edificio, que surge de un altísimo basamento y tiene los ángulos macizos. La obra de Holabird & Roche de 1911 tiene hoy su mayor atracción en el techo. En 2001 el mismo fue parquizado por el estudio Mc Donough + partners, que creó un sugestivo jardín en las alturas. Lamentablemente al no conocer su existencia no fui a visitarlo, pero seguramente lo haré si algún día vuelvo.

Sobre la izquierda, todavía enfrente al edificio del Chicago City Hall, está la Daley Plaza que ocupa todo el largo la manzana, sobre Washington St. hasta Dearborne St. La plaza se encuentra cerrada por el lado norte por el gran Richard J. Daley Center, que ocupa también todo el largo de la plaza. Es un edificio de un sobrio estilo internacional, con una insistencia en la horizontalidad, realizado en 1965 entre C.F. Murphy Associates y los infaltables SOM. El espacio de la plaza es sobre todo reconocido por la presencia de la escultura de Picasso, Sin título, realizada en acero corten y emplazada poco después de terminado el edificio. El artista jamás aclaró lo que la figura, de claras reminiscencias cubistas, representaba, siendo lo primero que viene en mente al verla un improbable caballo. La plaza se completa con una fuente cuadrada al nivel del piso que equilibra la osadía formal de Picasso.

Frente a la plaza, cruzando Washington St. tenemos otra escultura de otro español, esta vez Joan Miró. Está emplazada allí desde 1981, en el espacio entre dos edificios, la sede de la Iglesia Metodista y el Cook County Administration Building, edificio de férrea cuadrícula brutalista, realizado por SOM también en la década del ’60. El simpático obelisco orgánico y surrealista de Miró responde al nombre de The Sun, the Moon and One Star, pero es por todos conocido como Miro’s Chicago.

Si seguimos un poco más adelante, ahora por Dearborn St. hacia el sur, nos vamos a encontrar con otro espacio de disposición similar al anterior, pero de características bien distintas.


En lugar del Daley Center, ocupando también todo el largo de la cuadra entre Dearborn St. y Clark St., esta vez aparece la Chase Tower. Su andamiento cóncavo durante el desarrollo vertical recuerda el Sollow y el Grace Building realizados en NYC por Gordon Bunshaft.


Este de Chicago, realizado en 1969, precede en pocos años a sus “mellizos” neoyorquinos, y es proyecto de C. F. Murphy Associates en colaboración con Perkins & Will. Además, el proyecto agrega cierta espectacularidad a la ya notable forma cóncava, con la presencia de las nervaduras verticales que producen una aceleración notable en la fachada. 


Antes de proseguir conviene un pequeño desvío hacia el oeste por Madison St. un par de cuadras para ver, antes de cruzar Wells St. y sobre la mano izquierda la única torre de nuestro compatriota Cesar Pelli en la ciudad. Ubicada sobre la mano izquierda el 181 West Madison se eleva con una considerable altura y también con gran elegancia. Su volumen, que no ofrece estridencias, se va retirando suavemente durante su desarrollo. Su andar recuerda el proyecto de Saarinen para el concurso del Chicago Tribune y se puede considerar un homenaje a quien fuera el primer maestro de Pelli en los Estados Unidos. Un poco me desilusiona el hall de acceso a la torre, de múltiple altura, pero que resulta algo frío con su bóveda de cañón rebajada. No así me parece la simple marquesina de acceso, de gran factura. Más allá de ciertas impresiones, no cabe duda de que el edificio constituye una sobria lección de arquitectura, una más del gran tucumano.

Volvemos hasta Clark por Monroe St. de nuevo hasta la Chase Tower de 60 pisos que apoya ahora en una plaza que se hunde varios niveles con respecto a la calle, creando un espacio singular conocido como Exelon Plaza. Este, además de permitir un adecuado “aterrizaje” del edificio, resuelto con más garbo que el similar intento del Hancock Center, cuenta con una gran fuente rectangular de gran vigor acuático y contiene otro aporte significativo de un artista plástico, en este caso Marc Chagall


Se trata del mosaico de 21 metros de largo por 3 de altura, llamado Four Seasons, que se ubica sobre el lado de Dearborn bajo una estructura de vidrio que lo protege de la intemperie. El mosaico es en realidad una caja rectangular de cuatro caras, donde se pueden ver los clásicos motivos del artista y sobre todo apreciar la poderosa vitalidad que emana de su obra. Esta explosión de potencia onírica en el medio de la ciudad tiene un carácter muy especial. El espacio de la plaza, donde aprovechamos para hacer un alto, resulta a pesar de su escala monumental especialmente acogedor


Detrás del Chagall, en la esquina de Derarborn y Monroe St, hay una de esas joyas que podrían pasar desapercibidas, frente a la espectacularidad de sus vecinos. Se trata del Inland Steel Building, una obra maestra de SOM realizada en 1955, siendo el primer “rascacielos” construido luego de la depresión del ’30. Su humilde altura, que no llega a los 20 pisos, esconde una perfecta proporción y una escala impecable. Fue gran innovador en su época tanto por la técnica como por el diseño, donde aparece la decisión de separar en un volumen independiente, sobre Monroe St., los núcleos verticales para liberar totalmente la planta de oficinas. El resto es todo sobriedad y sencillez. Recientemente restaurado, luce fantástico y se aprecia además también la fachada lateral izquierda, ya que el nuevo edificio sobre este lado hacia Madison St. tuvo la gentileza de retirarse creando una pequeña plaza, que permite apreciar esta obra esencial. El gentil edificio al que nos referimos, que dobla en altura al Inland Steel, es la One South Dearborn, de DeStefano Keating and Partners y fue terminado en el 2005.


Avanzando nuevamente por Dearborn hacia el sur, dejamos a nuestra izquierda el Citadel Center, extraño artefacto del español Ricardo Bofill, que esta vez no parece del todo seducido por el revival, al menos en el andar de la torre simplemente vidriada


Algunos manierismos en los ángulos y en el remate con cornisón preparan la verborragia del hall de entrada, donde sí aparecen las citaciones clásicas y una poco sutil Victoria de Samotracia de dorado repostero.


Frente al experimento del español, en la esquina de Adams St., otra pieza original de la Escuela de Chicago, el Marquette Building, de los prolíficos Holabird & Roche del 1895


Espléndida la entrada sobre Dearborn, con detalles dorados, y todo el trabajo del basamento que da la vuelta por Adams St. y también se continúa por los ángulos para dar solidez al volumen. De hecho sobre Adams St. se nota el agregado posterior de un módulo más hacia la izquierda, que deja el almohadillado en el medio de la fachada y que también se acusa en el cornisón. Es recomendable también una visita al hall de entrada, espacio curiosamente articulado a partir de una columna central y con riquísimas decoraciones y mosaicos alusivos a la acción misionera del padre jesuita Jaques Marquette.


Cruzando la calle un nuevo espacio urbano aparece, dominado por el recio lenguaje arquitectónico del gran Mies van der Rohe. La Federal Plaza está en tres de sus lados rodeada por los clásicos edificios de Mies, que insisten en su simpleza hecha de acero negro y vidrio. Dentro de este rigor formal son las distintas alturas de los bloques, sabiamente dispuestos, las que dan al espacio su particular carácter. 


Frente a nosotros, hacia el sur, se ubica el más alto de todos y el último en ser construido, el Kluczynski Federal Building, de 45 pisos


A la izquierda de este, cruzando Dearborn St., aparece el Dirksen Federal Building de 30 pisos de altura, y sobre la derecha cierra el espacio el magnífico volumen de una sola planta de la US Post Office Loop Station.


Los tres edificios conforman los límites de la plaza y a pesar de que en su desarrollo intervinieron varios arquitectos, estos siguieron escrupulosamente los lineamientos planteados por el maestro alemán. El proyecto fue realizado a inicios de la década del ’60 y culminó recién en 1974, cinco años después de la muerte de Mies.


Al soberbio conjunto de edificios miesianos, se agrega hacia el ángulo sudeste de la plaza una pieza que rompe la exquisita monotonía de la arquitectura. Se trata del Flamingo, una escultura de Alexander Calder que pertenece a la familia de los “stabile” como él bautizó a este tipo de obras, para contraponerlas a aquellas que hicieron su fama, los “mobile”


Emplazada en 1974 y con 16 metros de altura, la estructura metálica pintada de un rojo intensísimo está en una perfecta armonía dialéctica con el entorno. La relación entre escultura y arquitectura resulta inmejorable en este caso.


Seguimos por Dearborn St. y frente al Kluczynski Federal Building surge uno de los emblemas de la arquitectura de Chicago, el Monadock Building, en su momento uno de los edificios de oficinas más grande jamás construido. Su forma, además, cuenta de manera excepcionalmente gráfica la historia de la transición que precedió a la Escuela de Chicago.


El edificio fue construido en dos partes: la primera, la parte norte, fue encargada en 1881 a Burnham & Root.


La restante, que se extiende hacia el sur hasta Van Buren St., fue comenzada dos años después de concluida la primera, y lleva la firma de Holabird & Roche. Lo curioso del caso es que la mitad más antigua está desprovista de toda ornamentación y presenta una imagen más moderna que la segunda, que concede todavía algún tributo al lenguaje clásico. 


Frente a la parte sur, aparece otro hito de la ciudad, el Fisher Building, cuyo proyecto encaró Daniel Burnham, luego de la muerte de su socio John Root



El edificio, de 1896, en contraposición con el Monadock, tiene un estilo de reminiscencias góticas a las que se agregan en la planta baja alegres detalles con motivos marinos alusivos al apellido del emprendedor, un industrial del papel. Sobe el lado norte, y con gran solvencia, se acopla el agregado realizado en 1906. El edificio, con respecto a su vecino al otro lado de la calle, ya presenta los beneficios propios de la estructura metálica que permite vanos más generosos.


Tomamos a la derecha por Van Buren St., caminando debajo del tren elevado en dirección oeste. Lo primero que surge del otro lado de las vías es un extraño edificio triangular, el Metropolitan Correctional Center. Extraño, tanto por su forma, resaltada por el color ocre amarillento, como por su función, que uno no espera encontrar en un lugar tan céntrico. Es obra de 1975 del arquitecto local Harry Weese, que adopta un estilo brutalista muy adecuado a su función.



Seguimos adelante aproximadamente unos 150 metros, para alcanzar sobre la derecha el ingreso a uno de los edificios emblemáticos de la ciudad, el centro neurálgico de sus finanzas, el Chicago Board of Trade Building. Ingresamos, por decirlo de alguna manera, por la parte de atrás, es decir por la ampliación llevada a cabo en 1980 por Helmut Jahn. Se trata el exterior de un volumen escalonado de vidrio, que en clave posmoderna imita, con algo de calculada torpeza, el fino andar de su predecesor que tiene su fachada sobre La Salle St.. Del mismo modo el interior, que recorro entre apurados agentes bursátiles, imita el finísimo lenguaje art decó que viste los espacios comunes del edificio original realizado entre 1925 y 1930 por Holabird & Root. Lamentablemente no me es posible ingresar al “Tradding floor”, el lugar donde se realizan las transacciones.

La planta baja se atraviesa libremente y es posible salir por alguna de las entradas que dan frente a La Salle St. El edificio tiene la particularidad de ubicarse en el mismo eje de la avenida, culminando como punto focal de la misma, lugar que destaca la importancia de los negocios en la ciudad. La fachada se presenta rica en detalles y en esculturas que comienzan con el reloj ubicado en el eje del acceso y culminan con la imagen de Ceres, diosa romana de la agricultura, en el pináculo del edificio. La estatua de formas geométricas y estilizadas, que se corresponde muy bien con el estilo de la arquitectura, es obra de John Storr. En algún momento su figura dominaba la ciudad desde su altura y reclamaba la protección de la diosa para el primer mercado de granos del mundo. 


La perspectiva de La Salle St, que tiene este final simbólico que recién mencionábamos, se ve reforzada por la presencia de dos edificios gemelos que preparan el remate del Board of Trade. Con dos pórticos clásicos que varían solamente en su estilo, dos instituciones bancarias parecen proteger con su solvencia el errático existir del mundo bursátil.


Teniendo a nuestra espalda el Board of Trade, a la izquierda surge el Federal Reserve Bank Building con pórtico corintio y a la derecha el Bank of America de columnas jónicas


Ambos son de Graham, Anderson, Probst & White, de 1922, y ambos muestran la solvencia de este estudio en el terreno de las formas clásicas, a pesar de la licencia que significa utilizar distintos órdenes para idénticas proporciones.




Más adelante, siguiendo siempre por La Salle St, hacia el norte, aparece sobre la derecha otro de los hitos de la ciudad, el Rookery Building. Construido en 1887, por Burnham & Root, fue realizado en un estilo indescifrable de influencias múltiples, donde prevalece un cierto aire oriental que se combina satisfactoriamente con el pesado arco romano del acceso. Adquirió rápida fama en la ciudad, sobre todo por su gran patio central cubierto con una intrincada y fina estructura de vidrio y metal. El rediseño de este espacio emblemático fue en 1905 encargado a Frank Lloyd Wright, que tenía en el edificio una dependencia urbana de sus oficinas. Él le dio al patio el carácter lujoso que hoy ostenta, revistiendo en mármol blanco y oro las columnas metálicas que sostenían el techo y dándole a este espacio un aire oriental. También son característicos suyos los artefactos de luz que cuelgan del techo. Todo el edificio fue recientemente restaurado y luce impecable.

Saliendo del Rookery, volvimos sobre nuestros pasos nuevamente hacia la fachada del Board of Trade, para después doblar a la derecha en dirección oeste por Jackson Boulevard. Doscientos metros adelante vemos aparecer el edificio más conocido –quizás– de la ciudad, aunque más no sea porque ostentó la marca mundial de altura hasta no hace muchos años. La Sears Tower (Willis, desde 2009), tiene una escala más propia de accidente geográfico que de arquitectura, y el efecto que provoca su poderosa presencia se asemeja más al producido por una montaña que por un edificio. Para observar mejor esta obra, realizada por S.O.M. en 1974, nos fuimos a la plaza que queda enfrente del acceso de la Sears por Jackson Boulevard. Esta cuenta con unas cómodas reposeras de madera de uso libre que ayudan a la contemplación del silencioso gigante de cristal negro


Al contrario del esquema de la Hancock, también proyectada por S.O.M., la Sears apuesta por el crecimiento articulado de nueve volúmenes prismáticos de ejemplar sencillez pero de distintas alturas. Esta simpleza formal se ve reforzada por la utilización de un homogéneo tono que unifica las superficies vidriadas y la estructura. Así, la lógica formal se expresa con singular contundencia y se comprende en forma inmediata, quedando solamente para la contemplación el siempre dinámico juego de los volúmenes que se detienen abruptamente para resurgir un poco más atrás

El edificio cuenta con una de las atracciones más visitadas de la ciudad, sus miradores de cristal que sobresalen al vacío desde la fachada a unos 400 metros de altura. Para llegar hasta ellos se utiliza directamente la entrada de Jackson Boulevard que recibe al visitante en un amplio hall. En el mismo una maqueta del edificio hecha en “Lego” expresa de modo prefecto la síntesis con que fue concebido. De todos modos mi cobardía providencial me privó de la experiencia en las alturas. También ingresé por el amplísimo lobby principal, renovado en los ’90 por Destefano & Partners y precedido por una imponente marquesina. La escala del mismo, monumental como el edificio al que sirve, mantiene una sobriedad que parece la única receta para que un espacio de estas dimensiones no se desborde. El hall de acceso desde Wacker Drive, que lamentablemente no visité, contiene el sorprendente mobile de Alexander Calder, llamado The Universe.

Detrás de la plaza donde empezamos contemplando el gigante Sears, se levanta una torre también de considerable altura, sólo 70 pisos, pero que contrasta notablemente con su vecina. El Three Eleven South Wacker es una construcción terminada en 1990 de los versátiles KPF, sin duda uno de los gigantes de la escena americana, pero estudio de un andar errático en lo formal. En este caso se opta por un complejo juego volumétrico donde predomina un octágono que crece con algunas excresencias volumétricas para rematar en un cilindro principal rodeado de otros cuatro menores. Un remate que me hace pensar en el Bramante de San Pedro. El edificio se articula en una elaborada planta baja, que es en realidad una especie de shopping por el que camino y que está llamativamente vacío. Este espacio, que resulta frío en su soledad a pesar de las palmeras, es una conexión con algunas de las estaciones de tren de la ciudad.

Ya cayendo la tarde no queda sino emprender el regreso a través de la multitud de oficinistas que se aprestan a cruzar el río para alcanzar los trenes de larga distancia que zarpan desde West Loop Gate. Por desgracia no dio el tiempo para cruzar nosotros también el río y hacer un recorrido por Near West Side, la estrecha franja que desde el lado oeste se enfrenta al Loop, y uno de los nuevos barrios más pujantes de la ciudad. En él se encuentran importantes edificios recientemente construidos y otros en construcción de muchos de los más importantes estudios de la ciudad. Por el momento nos tenemos que conformar con retornar haciendo el recorrido del lado este del Chicago River, por la muy interesante Wacker Drive, una calle de un ancho superior al habitual y que se desarrolla en varios niveles de profundidad y complejidad. Los edificios del lado izquierdo de Wacker Drive tienen su fondo directamente sobre el agua, que permanece oculta así al transeúnte.


Comenzamos por el 200 South Wacker Drive, justo enfrente de las Sears, donde Harry Weese, insiste con los triángulos, seis años después del Metropolitan Correctional Center, pero en este caso en versión de oficinas. En la cuadra siguiente, antes de cruzar Monroe St. y enfrente al anterior, una torre llama la atención, más que nada por la resolución del hall de acceso. El edificio, One Eleven South Wacker, es un prolijo volumen de vidrio azul con una tendencia marcada a la verticalidad, obra del estudio local Goettsch Partners, de 2005. De todos modos la conexión de la torre con su nivel inferior resulta un poco abrupta, mas allá del hall que se articula bajo un sorprendente techo curvo que esconde el andar de una rampa de autos.


Cruzando Monroe St. hace su aparición, perpendicular a Wacker Drive, la suave curva del Hyatt Center, obra del estudio de I. M. Pei, de 2005. En este caso, y a diferencia del anterior, la resolución de los halles de acceso es impecable. Desde sendos volúmenes más bajos que se acoplan en un arista de gran tensión a los extremos de la curva, parte un recorrido que copia el suave andar de la torre. En la pared del frente de ambas entradas nos reciben dos paneles luminosos del artista británico Keith Tyson. El espacio de conexión está realizado con materiales simples y del lado del vidrio exterior matizado con árboles interiores de gran altura. El efecto general es de una gran calma y prestancia, como suele ocurrir con las obras de Pei y sus socios.


A continuación del Hyatt Center, un poco feliz rascacielos de Helmut Jahn de inicios de los ’80, el One South Wacker, con un clásico recurso posmoderno, basado en la insistencia de la cuadrícula. Mejor, cruzando Madison St., otra torre de Goettsch Partners, que se escalona retirándose del frente de Wacher Drive. Conocida como UBS Tower y también por su dirección One Northth Wacker, tiene un hall que se desarrolla sobre Madison St. con una carpintería soportada por una fina estructura de cables, que tiene el mérito de ser una de las primeras en ser construida con este sistema, hoy común, en 2002.



Frente al UBS, se despliega a lo largo de toda la cuadra entre Madison St. y Wasington St. la mole de la Civic Opera House. Esta se presenta sobre Wacker Drive con un largo pórtico de columnas de capiteles de fantasía que terminan en un basamento de impecables formas clásicas. Sobre este basamento se levanta una torre de oficinas de unos 45 pisos en estilo art decó, el Civic Opera Building a la que poco parece importarle la presencia de su huésped musical. El edificio cambia completamente sobre el lado del río donde ofrece dos alas pertenecientes a las oficinas y un cuerpo central más bajo y ciego que contiene el teatro, tomando la forma de un trono de escala ciclópea. La singular estructura, cuya poderosa sala no pude visitar, es obra de Graham, Anderson, Probst & White y fue terminada en 1929. Durante el 1996 fue fuertemente intervenida por SOM, para que el teatro pudiera contar con las nuevas tecnologías y para llevar al edificio a su original esplendor.


El recorrido por Wacker Drive se desdibuja un poco, sobre todo en la margen izquierda. Una nueva torre Goettsch Partners, en el número 155 Wacker Drive, repite sin demasiadas variantes el esquema de las anteriores, pero en el imponente hall de planta baja insiste de modo obsesivo en el triángulo y sus posibilidades expresivas. Llegamos así al punto de giro, debiendo previamente pasar por debajo del tren elevado. Este punto particular, donde cambian de dirección la calle y el río, es asumido por la brillante arquitectura de otro edificio emblema de la ciudad el 333 Wacker Drive de KPF. La suave curva del plano de vidrio de color verde regala un reflejo siempre cambiante del fascinante entorno, constituyéndose en un espejo de escala urbana. Este se desmaterializa en un basamento con fajas de mármol verde que se recorta a filo de la pared de vidrio, conservando su tono y realizando un pasaje de materiales resuelto con gran calidad. El basamento, que en su parte central deja su lugar a un pórtico de baja altura con columnas redondas, se entrega a detalles muy propios de la época en la que el edificio fue construido, el inicio de los años ’80. 


El emblemático edificio curvo se encuentra flanqueado a derecha e izquierda por otros dos edificios del mismo estudio. A la derecha, antes de cruzar el tren elevado, está el 191 North Wacker Drive, del 2002, un simple y bello prisma de cristal azul, que remata con gran moderación en una estructura blanca a filo del volumen. A la izquierda del 333 Wacker Drive, y superado el mismo, completa el tríptico de KPF el 225 West Wacker Drive, de 1989, con una  resolución de tendencia más posmoderna y bastante menos interesante.

Ya dirigiéndonos decididamente hacia el este queda ver solamente otro, a mi juicio muy fallido experimento, del catalán Ricardo Bofill. El R. R. Donnelley Center, de 1992, mezcla amplias superficies vidriadas con escuálidos motivos clásicos, para terminar en un inverosímil frontispicio que resulta poco feliz.


Un poco más adelante, otro gigante de 50 pisos retomará las citaciones clásicas, aunque no con la grosera literalidad de Bofill. Se trata de Leo Burnett Building, de otros de los profetas de la posmodernidad Roche & DinkelooCulmina la serie de torres el One East Wacker Drive, donde el lenguaje simbólico de sus predecesoras desaparece para dar lugar a simple fajas verticales. También conocido como Kemper Building, el edificio se terminó en 1962 según el proyecto del estudio local Shaw, Metz, & Associates y fue intervenido, sobre todo en la planta baja, en 1989, por Lucien Lagrange.


Estamos de nuevo en la esquina de Wabash Av. donde empezamos el recorrido. Ya es casi de noche y el espectáculo se muda a la otra orilla donde el paisaje se vuelve más atractivo con el encenderse de las primeras luces.



5 comentarios:

Mary Poppins dijo...

opi
tenes que escribir esta cronica!
abro las fotos , la segunda es espectacular, por ej. pero no entiendo :(((

gracias Maria!!!!!!!

La herida de Paris dijo...

Si, lo tengo que hacer, ya llegará.

La foto 2, muestra que mi mujer tiene muy buen ojo para las fotos (no así para elegir marido). Se trata de la muy extraña Chase Tower, ubicada en el Loop que se destaca por su perfil ascendente curvo, y se recorta con los otros edificios vecinos.

Saludos

Mary Poppins dijo...

mi mujer tiene muy buen ojo para las fotos (no así para elegir marido)....
dale Opi .... a la pesca de halagos, eh?

impresionante arquitectura .
Ahora la gente le huye en el invierno que es cuando estuve dos veces por visitar

Ya sera
Saludos

mary poppins dijo...

quiero decir que la ciudad, aunque me recuerda en mucho a NY, tiene la particularidad de este rio que la cruza a diferencia de la Big Apple donde el Hudson y el East solo bordean. Pero esta particularidad orografica la hace muy atractiva . La otra, como ya explicas vos en el articulo, es la presencia de la red de trenes aereos, que imprime de "trademark" a la ciudad.

Dan muchas ganas

Hermosa la foto del final del dia

RECOMENZAR dijo...

Muy interesante tu blog
Un abrazo