sábado, 1 de diciembre de 2007

Durazno sangrando

("Durazno sangrando", Luis Alberto Spinetta)


Temprano el durazno del árbol cayó…
Su piel era rosa dorada del sol…
Y al verse en la suerte de todo frutal…
A la orilla de un río su fe lo hizo llegar…
Dicen que en este valle
los duraznos son de los duendes…

Pasó cierto tiempo en el mismo lugar,
hasta que un buen día se puso a escuchar
una melodía muy triste del sur
que así le lloraba desde su interior:

–"Quien canta es tu carozo,
pues tu cuerpo al fin tiene un alma…

Y si tu ser estalla,
será un corazón el que sangre…

Y la canción que escuchas
tu cuerpo abrirá con el alba".

La brisa de enero a la orilla llegó,
la noche del tiempo sus horas cumplió…
Y al llegar el alba el carozo cantó,
partiendo al durazno que al río cayó…
Y el durazno partido,
ya sangrando está bajo el agua…



El agua siempre fue imagen de la vida en cuanto posibilidad; el árbol, en cambio, lo es en cuanto alegoría de una vida concreta. Para decirlo aristotélicamente, el agua es potencia y el árbol, acto. Uno es condición de posibilidad, el otro es un concreto existir en el tiempo. Ambos han tenido siempre una estrecha relación con la divinidad. La historia del hombre esta surcada de manantiales sagrados, habitada de deidades fluviales, y empapada de mitos oceánicos. Pero también la historia de la Salvación comienza con el fatídico árbol del Edén y culmina en el árbol de la Cruz. El agua y el árbol, ontológicamente, el ser y el existir.

El árbol es también un particular modo de existir. Una metáfora que hace hincapié en un universo de relaciones y también en un destino. Un sistema de dependencias recíprocas y cerradas que tienen el fruto como feliz culminación. El árbol que no da fruto es maldito, como la evangélica higuera, y el fruto que desprecia su planta merece el fuego, como el sarmiento de la parábola. Vivir como un árbol implica entonces reconocer una dependencia y una pertenencia, además de aceptar un sentido. Se vive desde algo y también para algo. Ser árbol es, en definitiva, un modo de ser hombre. Quizás el único modo digno de serlo.

En este caso, sin embargo, el poeta practica una escisión en la monolítica semántica del árbol. El fruto aparece como una realidad desprendida simplemente por el inevitable cumplirse de su suerte “frutal”. Una separación sin conflicto de una madre-árbol, no desprovista de aromas freudianos. El rosado y asoleado durazno adolescente cumple la inevitable ley de la vida que indica, en un determinado momento, comenzar a hacerse cargo de sí mismo, lejos de las cómodas seguridades arbóreas.

Luego del primer aturdimiento producido por el abrupto irrumpir en el valle, nuestro joven durazno permanece cierto tiempo estático. Observa un mundo habitado por duendes, que le es extraño. No parece, de todos modos, ser un durazno totalmente desprevenido, ya que sabemos que una fe lo asiste y lo empuja hasta la orilla del río. En esta privilegiada ubicación, en contacto con el agua vital, es donde recibe el mensaje que proviene desde su interior y que le comunica algo esencial. Es una canción triste, que parece llegarle de lejos, aunque proviene de su interior, señalando que a veces lo más íntimo es lo más lejano. El abandono del cálido árbol de la niñez es seguramente una experiencia no desprovista de dolor, y la canción llora. Vivir parece ser para el durazno el lento, y a veces arduo, transitar del árbol al agua. Rodar desde la causa eficiente, hacia la causa final.

Su cuerpo tiene un alma, su vida es algo más que lo que su apariencia indica. Tener un alma es una revelación a la que es imposible permanecer indiferente y es lo único que recibirá desde su carozo-conciencia. Con esta nueva y densa realidad sobre los hombros, la existencia del durazno se encamina a su hora. El doloroso encuentro con el agua, partido y sangrante, pero imagino feliz. Metáfora de una muerte frutal, que habiendo cumplido su destino, es también fructífera. Quizás el carozo arrastrado en la corriente sea árbol en otro valle. Pero prefiero, por el momento, detenerme en el encuentro definitivo con la divinidad cuyo ser hizo posible su existir.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola,otra interpretaciòn del Durazno debes conocer la leyenda de Momotaro...
Excelente la pàgina, y veo que existen otros que se deleitan con el Flaco, tengo cincuenta años, hace treinta y cinco que lo escucho y nunca,nunca he dejado de sentir algo cada vez que lo escucho..
Saludos , Guillermo G.O.

La herida de Paris dijo...

Guillermo, que bueno lo de Momotaro, no tenía la menor idea de su existencia, lo cual demeustra mi ignorancia. La verdad es que siempre pensé que la letra de esta canción tenía un cierto aire oriental. Compartimos la misma generación, ya que yo me acerco peligrosamente a los 50 y también hace 35 que disfruto de Spinetta.

Saludos y Feliz Navidad