miércoles, 7 de noviembre de 2007

Cuando vuelva del cielo

("Mondo di cromo", Luis Alberto Spinetta)

Cuando vuelva del cielo
te voy a estar llamando
como llama la luna
a todas las mareas.
Cuando vuelva del cielo
te voy a dar mi nombre
traducido en el viento
para que puedas viajar...

Y cuando el sol se diluya
será una mancha de tinta
y cuando todo se quede
te voy a estar esperando amor.
Y cuando vuelva del cielo
yo te daré mis manos
y en las manos la marca,
la que dejé por allí...

Yo sólo respiro mirillas
entre los rayos de tu alma
(ese mismo alma que pude ser)
yo sólo quiero que vayas y vengas
siempre así
por este mundo nuestro
conteniéndonos la vida...

Cuando vuelva del cielo
te voy a empezar a extrañar...



Para volver de un lugar, primero hay que ir hasta allí. A menos que queramos enredarnos en los hilos que tejiera el filósofo argentino, Cesar Luis Menotti, que acuñó la frase:”cuando voy vengo y cuando vengo voy”, ante la sorprendida mirada de un Pelado Díaz casi adolescente, que permanece boquiabierto hasta nuestros días. Ahora bien, hay lugares a los que es difícil ir, pero de los que parece aún más difícil volver. Uno de ellos es ciertamente el cielo, salvo que uno sea un privilegiado como Víctor Sueiro, que nos relata con tono aterciopelado todas las semanas por “la tele” sus idas y vueltas desde el más allá con la naturalidad propia del que cuenta un viaje a Mar del Plata. Seguramente era más accesible cuando los dioses habitaban las montañas de Grecia que, frente e nuestros Andes, no eran más que una sierra. En fin, más o menos próximos, el cielo ha sido siempre morada de los dioses y destino de los buenos. Esto último para furia de algún materialista, ya que en esta celeste localización reside la conciencia de un espíritu que anima a los hombres y que constituye su ser esencial.

Aquí se trata de lo que le ocurre a alguien que vuelve del cielo. O mejor dicho, lo que este sujeto supone le ocurrirá cuando llegue la difícil hora del retorno. Y esta es una reflexión que al menos tiene un ángulo interesante, ya que mucho se ha dicho sobre cómo llegar al cielo, y también se ha intentado imaginar cómo es, en realidad este no-lugar, pero nadie se atrevió al día después. ¿Qué testimonio dejó Lázaro de su fugaz paso por la muerte? ¿Qué hizo Dante, además de escribir su Comedia (que no es poco), luego de su poético peregrinar hasta Beatriz? ¿Por qué se esconde Elvis?

Si es verdad la bíblica sentencia que reza que la vía del conocimiento son los frutos, aquí parece ser este el camino elegido. Conocer el cielo no por lo que aspiramos si no por lo que es capaz de producir en nosotros. Más aún, cuando pensamos, no en el Cielo sempiterno, sino en aquellos cielos más pequeños, fugaces atisbos de Dios que la fe entrega en cuentagotas, desde la estrecha “mirilla” de nuestra alma. Esos copetines del Cielo Eterno que alguna vez cruzan nuestro terrenal andar. Conocer por las consecuencias el lugar que anhelamos. Revisar nuestras Pascuas no por la intensidad y el rigor de nuestras cuaresmas, si no más bien por la efectiva conversión que sus misterios producen en nosotros.

Una experiencia que moviliza y que impone sanos propósitos. La oración entendida como contacto con Dios (te voy a estar llamando), el servicio para divulgar nuestra fe (te voy a dar mi nombre), la voluntad para obrar las bondades que hemos saboreado (te voy a dar mis manos). Un compromiso que pretendemos eterno y superador del tiempo y que reduce las distancias y las dimensiones, capaz de sustraer el sol en una mancha de tinta. Y ese temor de abandonar la casa celeste para volver al llano (te voy a empezar a extrañar). Una poesía en donde difícilmente se distingue quién habla y a quién se habla, pero que con certeza sabemos de qué se habla: el cielo. La experiencia mística suele confundir los sujetos, pero no su objeto.

Si el cielo a nada nos mueve, será que no merecemos llegar al Cielo.

2 comentarios:

Juan Zamagni dijo...

Yo lo pensé como que el cielo es el amor, el estado de enamoramiento, y que cuando este de regreso de esa situacion iba a empezar a extrañarla. No es muy rebuscada mi interpretacion pero quise compratirla! Saludos!

La herida de Paris dijo...

Juan gracias por compartirla, y mejor es siempre no ser rebuscado sino simple. Además uno puede enamorarse de Dios, con lo cual los pensamientos que nos dispara la canción, coinciden.
Abrazo