jueves, 22 de noviembre de 2007

El lenguaje del cielo

("Para los árboles", Luis Alberto Spinetta)

Las horas caen llevándose esta vez
Todo lo que el viento me habló
Eterno el día sin esperar
Ya volvió con tu cielo que se abre en dos.

Niño precioso, que no entiendes nada ya,
Cuando apareces tu energía es tan diáfana...
Escóndeme antes de que mire el mundo...

La soledad no habrá de cambiar mi querer.
Ni el ambicioso mundo lo hará.
Yo sé que acaso podrás sentir ese ardor,
otra vez el mismo amor.

Niño precioso, que no entiendes nada ya,
Cuando apareces tu energía es tan diáfana...
Escóndeme antes de que mire el mundo...

Yo sé que acaso entiendes el lenguaje del cielo.

y te recompensará con su sal el mar
y sólo eso será, sólo eso será...
y de tu boca saldrá la oveja del agua...
y sólo eso será, solo eso será...
y es que al fin, así, libre serás...

Yo se que acaso entiendes el lenguaje del cielo

Las horas caen llevándose esta vez
todo lo que el viento me habló.
La soledad no habrá de cambiar mi querer esta vez.

Niño precioso, que no entiendes nada ya,
Cuando apareces tu energía es tan diáfana...
Escóndeme antes de que mire el mundo...

Yo sé que acaso entiendes el lenguaje del cielo.



Si el sueño es un ensayo de la muerte, despertar es saborear una resurrección. Parece mentira que uno se entregue tan confiado al sueño, pero más curioso me parece que no exultemos cada mañana al reapropiarnos de la vida, confiada al sutil Morfeo. Sin embargo, el recuerdo que nos viene con respecto a este primer momento del día está en general cargado de un pesar agrio. El cachetazo iracundo al impertérrito despertador que martiriza los oídos durmientes y nos arranca de los dulzores oníricos. ¿Es que acaso el llamado de la muerte es tan seductor? Heidegger describe uno de los modos de ser del hombre como “ser-para-la muerte”, pero no se me antoja darle la razón esta vez. Su existencialismo se me hace árido y me sofoca con su techo demasiado bajo. Me dejo seducir por mi corazón que me susurra un ser para una Vida, mas allá de este frágil existir, herido por el tiempo. Prefiero el sabio consejo del Dios del Deuteronomio: “Elije la vida y vivirás”. Elijo el despertar, aunque me cueste abandonar el engañoso ropaje del dormir.

La poesía en general me sorprende por su vocación sintética. Resumir en unos pocos versos una realidad compleja siempre me provoca asombro. También placer, porque la poesía suele cincelar la realidad con contornos precisos, aunque utilice los borrosos contornos de su particular lenguaje. Comparado, el cartesiano pensar, claro y distinto, me resulta un espejismo que no termina nunca de asir lo real. Otras veces el poeta elige el camino inverso, menos transitado, pero igualmente eficaz. El abrir lo que encierra el punto de un instante, como una bomba que se aloja en la minuta cabeza de un alfiler. El microchip de un segundo que contiene una información inesperada, por lo vasta. La poesía se hace expansiva y se hincha como un “suflé” de sentido.

Este es el instante que nos trae el lenguaje del cielo, que se abre en dos para dar inicio al día. Atrás quedó lo que pasó, los rumores del ocaso, la fatuidad que el viento habló. El día es aquí un inicio radical, es una vida nueva que empieza desde la parcial muerte del dormir. Este es el “Niño precioso”, que aparece repleto de una energía luminosa pronta a inundarnos. Un encuentro previo al encuentro con los avatares de la jornada, en el que es preciso escondernos antes de mirar el mundo, precisamente para poder mirar al mundo con ojos nuevos. Un ejercicio que habilite al espíritu para percibir y recibir lo que le es donado en cada despertar: La vida. Un momento de reflexión antes de encarar el “ambicioso mundo” que puede enredarnos en sus grises vericuetos. La pausa reflexiva en soledad se hace imprescindible para preservar la voluntad y mantener “ese ardor, otras vez el mismo amor”. ¿Es que acaso se pude enfrentar la vida desprovistos de ese arrebato?

La vida espera, entonces, ser vivida y se nos ofrece en cada amanecer. Guarda para nosotros una recompensa, la sal de un sentido; una sorpresa, la oveja; y al fin, la libertad de ser. ¿Acaso entiendes el lenguaje del cielo?

No hay comentarios.: