martes, 13 de noviembre de 2007

Flecha Zen

("Fuego gris", Luis Alberto Spinetta)

Vengo y voy solo ante mi
guiándome por sombras
ya mi dolor como todo se fue
el cielo debe existir

En alguna parte sin miedo
yo siento luz ambarina
siempre fue el halo
eterno del amor

Siglos desiertos bajo mis pies
los hombres del mal
los hombres del bien
que pueden ya ofrecer

No me espera un mundo de tumbas
sino un modo de viajar
y llegar así hasta tu umbral

Rituales y fobias
tanto hay que aprender
tu ya no me oyes
el sol se ha disuelto
y los hombres se borraran

Entre las miserias
y el ruido
tu amor conmigo vendrá
gotas tristes de tu amor por mi

Búscame
pero búscame
búscame
por favor

hasta ser así una flecha zen.



El verdadero Oriente es aquel que nombramos anteponiendo el adjetivo lejano, o también, extremo. Es que a pesar de la tan mentada globalización y la proclamada muerte de las distancias a favor de la instantaneidad de las comunicaciones, el Oriente conserva testarudamente su extrañeza. Y no es que no se hayan intentado acercamientos sinceros. Allí donde fracasaron Herodoto, con sus relatos de periodista alucinado, o Marco Polo, con sus brillantes sedas y sus paquetes de fideos y cohetes, o Schopenhauer, con su voluntad de decir no, es probable que también lo haga Ronald Mc Donald y su bandera desafiante de ketchup y mostaza.

No es que se le niegue al Oriente su valor y su importancia, tantas veces precursora de nuestro Occidente, pero confieso que a mí también me asalta la desazón cuando pienso en aquellas lejanas comarcas cuya inmensidad se extiende a todos los órdenes del ser. Sin duda, la calma del monje budista es imponente, pero a mí se me presenta vacía. No niego la maravilla de la Gran Muralla, pero confieso que siempre me pareció, a pesar su grandeza perceptible desde la Luna, una empresa algo idiota. La cordialidad oriental me pone agresivo, su sabiduría milenaria me aburre, el yoga me da sueño, su comida me resulta insípida y su música estridente, insoportable. No dudo que tales reacciones se deban únicamente a mi ignorancia, pero esta verdad que asumo sin orgullo, no le resta nada a un sentimiento que creo compartido por muchos. Pinkerton y Cio-Cio-San estaban destinados al fracaso desde el primer acto.

Una respuesta a esta historia de desencuentros, una llave para explicar esta diferencia irreconciliable, quizás se encuentre en estas líneas que acompañan esta, una de las más bellas canciones de Spinetta, que tienen la virtud de ser en sí mismas orientales, sin pretender explicar el Oriente. Explicar no es trabajo que competa a la poesía.

La condición más eminente de un oriental es la de situarse fuera del mundo. La manera de resolver el encuentro, siempre problemático, con la realidad es el camino del desprendimiento. El camino que lleva al Nirvana es el de la negación, hasta llegar a la anulación de la persona y su fundirse en un todo luminoso. Ser una flecha zen es salir disparado fuera de las pasiones y de las limitaciones del yo, para alcanzar una visión superadora del tiempo en donde todo da igual, como cuando uno observa una ciudad desde lo alto. Una flecha que se dispara, no hacia fuera, sino hacia el centro del alma, ya que la huída propuesta por el zen es una vía de introspección espiritual. Un “modo de viajar” que desecha el lenguaje y busca la intuición que se ponga mas allá de cualquier instancia interpretativa.

Esta experiencia mística es la que aquí se relata. Todo aparece tranquilo y las oposiciones superadas, pero no por la imposición de alguna de las partes, sino por la suspensión del combate. El dolor como todo se va, la historia se transforma en desierto, el bien y el mal ya nada tienen para decir, los rituales y las fobias son absurdos que debemos aprender a abandonar, el sol de disuelve, solo el amor permanece, pero solo a condición de ser arrastrado hasta estas alturas. Comprender el Oriente es intentar este viaje de la negación y quien no esté dispuesto a transitarlo, no será jamás así una flecha zen.

Occidente encarna la visión opuesta, una visión transformadora del mundo, un embarrarse hasta las orejas en estas, nuestras calles, un transitar entre los dolores del que sufre, un caminar entre los olores de la descomposición, un espíritu que no renuncia a su cuerpo ni aun después de muerto, un Dios que se hace hombre. Yo lo prefiero, aunque así renuncie a ser disparado desde el arco de mi existencia hacia regiones más tranquilas. Al menos hasta que esta dure.

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