viernes, 16 de noviembre de 2007

Siempre en la pared

("Téster de violencia", Luis Alberto Spinetta)

No sigas siempre en la pared
tan fría está
no le digas nada a la pared
no escuchará
sin embargo en las sombras
se escucha una música como si ya no estuviera aquí
no sigas solo en la pared
no tiene caso
no el pidas nada a la pared
no escuchará
se oye acaso un gemido
detrás de la nada
sólo cuando estoy lejos de ti...
inmóvil siempre
la pared se cansará
no te vuelvas como la pared justo ahora
un insólito abismo testea los cuerpos
que tan sólo habitan lo que fue
siempre en la red
siempre en la pared
no beses sólo la pared
no tiene caso
tan blanca como la pared te cansarás
no le pidas un surco no pidas palabras
sólo un viejo
musgo nacerá
oh!


Hace algunos años pensé en escribir un libro. El título iba a ser “La pared”, estaba decidido. También estaba decidido que, después de esas tres o cuatro páginas que preceden todo libro con sus datos, iba a poner este poema a modo de portal. Después sobre el resto tenía solo una idea vaga, pero ambiciosa. Iba a ser una historia de la pared como arquitectura, como materialidad. El lugar donde se encuentran las tensiones entre el interior y el exterior, con toda la implicancia de ambos términos, de las espaciales a las personales. Un especie de testeo de la cultura que a través de los siglos dejaba impresa en los muros sus ansias y sus temores. La pared como una fina membrana que vibra y se moldea con los distintos intentos del hombre para comprender el Universo. Las enigmáticas pirámides, los griegos que escondían sus muros detrás de un elegante velo de columnas, los romanos con sus espesores desmedidos que sostenían un imperio, el gótico abandono de la piedra en cristales de luz azul, el plano dibujado geométricamente de la iglesia florentina, el torturado movimiento de la sensualidad barroca, la ordenada rigidez del austero clasicismo, la lúcida metáfora moderna y la ácida ironía posmoderna.

El problema con los libros es que hay que sentarse a escribirlos.

Una pared es un recorte del espacio infinito. Un envase de aire. Como cuando nos acercamos a la orilla para sacar agua del mar y el océano toma la forma de un balde. También es un cuchillo que divide y separa el adentro del afuera. O un papel donde se escribe la bronca, o un tímido mensaje enamorado. El lugar donde se mata algún sueño revolucionario y se agiganta a paredón. Lo que encierra nuestra vida o la vida de los otros. The wall. Una pared protege pero también expulsa extramuros lo indeseado. Es una superficie que desafía la imaginación y también la poesía. Las hay ricas y brillantes de mármoles costosos, pero a mí las que más me gustan son las vestidas con la pobre dignidad de un revoque. Se las puede decorar con los objetos más diversos, coronar de molduras pretenciosas, pero también se las puede concluir con culos partidos de botella que desafían la osadía del ratero. Muchas cosas se pueden hacer con una pared, incluso mearla sin provocarle ofensa alguna.

Sin embargo el poeta señala lo que no debemos hacer.

Es que la pared de la que se habla no es una pared material; o una pared cultural o una poética tapia de suburbio. En este caso se trata de una pared existencial. La pared entendida como un modo de ser. Una existencia posible que se nos enfrenta como modelo del cual, según se aconseja, debemos huir. Un anti-modelo. Un peligro que acecha, algo en lo cual podemos quedar atrapados si permanecemos inertes. La pared es una red. Si el hombre es una realidad viviente, o como lo define Heidegger: ser-ahí, la pared es un no-ser. La otra cara del vivir.

La muerte en vida.

Una muerte que no sucede como fatalidad, como accidente, sino que aparece como renuncia. De ahí la desesperación del poeta que nos alerta con la potencia de su “no”, como en el decálogo de Moisés. No seas como la pared, quiere decir precisamente sé: vive. “No sigas siempre en la pared” es una voz que alienta a salir del encierro del alma, la claustrofobia que la nada provoca. La música y los gemidos que se escuchan vagamente a través de la pared, más allá de ella, es la vida que reclama ser vivida. De la renuncia del vivir, poco se puede extraer, “sólo un viejo musgo nacerá”. La invitación queda, pues, formulada: no te abandones a la falsa calma, a la aséptica blancura, a la crueldad silenciosa, a la frialdad indiferente de la pared.

Asume la tarea, a veces fatigosa, de ser hombre.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece muy bueno tu blog, estoy deleitandome con musica de nuestro querido luis alberto, leo tus post y me parecen muy buenos, me ayudan mucho a comprender, a pensar y ampliar mi forma de ver/entender las cosas, gracias. Dejo mis cordiales saludos.

Lucas. (16 años)

La herida de Paris dijo...

Lucas, que alegría tener un visitante tan joven y que también disfrute de Spinetta. La música y la poesía tira muchas paredes abajo, entre otras las de la edad.
Saludos y bienvenido.