martes, 16 de octubre de 2007

Elogio del fracaso

Siempre encontré belleza en el fracaso. Una beldad esquiva, pero cierta. Es allí donde el hombre es más humano, y donde se presenta vulnerable al encuentro con el otro. Donde ruedan por el suelo las máscaras, que esconden nuestros más fieros temores. Allí donde la fe, tantas veces, encuentra su camino. En cambio, siempre me ha parecido vulgar el éxito, con su ropaje fatuo y llamativo. El grito altero, el puño apretado, los gestos que proclaman soberbia, la victoria. Los triunfadores de hoy y los de siempre. Sus éxitos mezquinos, que suelen esconder cosas oscuras, procedimientos mínimos. La arrogancia que empapa al que ha ganado es inferior al sudor que moja al derrotado. El podio es el lugar que el hombre cree seguro y, arropado por el triunfo, se olvida de Dios y mira a sus hermanos desde lo alto de su ancha camioneta. Por eso, jamás pude plegarme a esas caravanas que recorren sin destino las ciudades, acompañadas por la música monótona de bombos y bocinas. Hay algo que me aparece inmensamente triste en los festejos. Algunos me llaman amargo y otros resentido, pero esos son aquellos a quienes su paladar les niega el dulce sabor que guarda la derrota. Los que no pueden percibir la hermosura que acompaña la impotencia de lo humano. Quienes no ven que cuando el hombre se retira vapuleado, abre la posibilidad de lo divino. Nosotros, argentinos, hemos hecho escuela en esto de reveses, y a aquellos pesares cotidianos se suma hoy la fatídica realidad de la pelota. Quizás pecamos de ingenuos, o tal vez de presuntuosos, cuando creemos a todas las promesas que nos llueven y que después se nos clavan, como puñales arteros. Cuando creímos a aquel que nos decía que con la democracia se comía. O a ese otro que nos soñaba inmersos en la revolución productiva. Para no hablar del inepto que venía a terminar con la fiesta de unos pocos. Y que decir de este, que profetiza que estamos condenados al suceso. Ninguna de estas cosas son verdades, y ahora también nos hemos al alba despertado, para saber que tampoco seremos los campeones mundiales. Yo quiero practicar la fina habilidad de fracasar, y celebrar este nuevo y otros miles que vendrán, les aseguro, porque en ellos se esconde una verdad, amarga pero cierta. La indigencia de lo humano, y el duro camino de saberse limitados. Celebro entonces, abrazado con las interminables huestes de los perdedores, otra vez ser vencido y argentino.

(Buenos Aires, junio de 2002)

2 comentarios:

Lucía Mazzinghi dijo...

El fracaso, lo anoto. Me mantengo cerca. Aprendo de eso. Ese es mi triunfo.

Posible respuesta a la pregunta del miramarense: ¿cómo un loser como vos se ganó a tremenda mujer?

La herida de Paris dijo...

A veces mostrarse como uno es (un loser), da resultado. Sobretodo para alguien que detesta la apariencia como ella.