martes, 23 de octubre de 2007

La montaña

("Pelusón of milk", Luis Alberto Spinetta)

Hablaré con el jardín,
hablaré con el que se fue.
Todos quieren mi montaña,
todos quieren mi montaña.

De la mitad de las sombras
la mitad partida siempre...
Solo quedan las alturas,
solo quedan las alturas,

Trepen a los techos ya llega la aurora,
trepen a los techos ya llega la aurora.

Andaré por el corral,
donde no hay cautivos ya.
Pagarán por mi montaña,
pagarán por mi montaña...

Comeré lo que comer,
dormiré y me afeitaré.
La montaña es la montaña,
la montaña es la montaña...

Trepen a los techos ya llega la aurora,
trepen a los techos ya llega la aurora.



Dice el diccionario que una tautología es la repetición de un mismo pensamiento expresado de distintas maneras, pero equivalentes. Dicen los manuales de lógica que una definición no debería incluir el objeto a definir. Dicen. Digo yo que los diccionarios y los manuales son ropajes demasiado estrechos para el poeta, que escribe más allá de sus reglas, en busca de los sentidos insospechados que abrigan las palabras. Decir que la montaña es la montaña, a muchos puede parecer estúpido. A mí no. La repetición del término expresa precisamente su incapacidad de definirlo, su rebelión a ser encerrado entre las celdas que teje la razón. Decir que la montaña es la montaña, es decir que no puedo decir lo que es la montaña, o al menos “esta” montaña. Decir lo que no se puede decir, lo inefable. Cuando Dios tuvo que presentarse a Moisés, hecho que ocurrió precisamente en una montaña, dijo: “Yo soy el que soy”. Manera elegante de decir que no se puede decir el Ser. Afirmación henchida de un sentido inagotable que se antepone a toda metafísica.

Las montañas son algo más que inequívocamente bellos accidentes naturales. Son lugares donde suele habitar lo sagrado, y por ello, lugar propicio al encuentro con lo que excede lo humano. Montañas son las judías, el Sinaí, el Tabor, y el mismo Gólgota, máximo punto de encuentro entre lo humano y lo divino. Montañas son el Olimpo, donde vivían dioses, entre orgías y comilonas, y el suave Parnaso, morada de las musas. Montañas son las pirámides egipcias, que desafían la chatura del desierto, o las aztecas, sobre las cuales se sacrificaban ejércitos a dioses impronunciables, sedientos de sangre. Montaña es el lugar del sermón, que lleva su nombre y también donde vivía el recio Zaratustra, rodeado de su zoológico de animales parlantes. Montaña es también el Purgatorio, en cuyas cornisas se expían las penas antes de ascender al Cielo. Y sin embargo ninguna de estas es “la montaña”.

En el interior del poeta existe “la montaña”, ese lugar recóndito de donde nace la poesía. Una construcción espiritual que todos quieren y que nadie puede pagar. Desde allí el poeta habla al jardín de los humanos y también a quienes lo abandonaron por la sombras. Como un pastor recorre de noche sus corrales ausentes, de donde su poesía liberó a quienes supieron escucharla. Más allá de las acciones más banales de la vida, como comer, dormir o afeitarse, el poeta es poeta, por que posee “la montaña”. ¿Y nosotros, comunes mortales que vivimos en el llano? También el poeta nos llama a construir nuestra montaña, empezando por los techos de nuestra alma. Allí quizás las tejas se conviertan en rocas, el musgo en árbol, el rocío en arroyo. Elevarse es ejercicio insoslayable. Trepemos, pues, a nuestras magras alturas, quizás nos toque algún rayo dorado de la aurora.

5 comentarios:

Alejandra Santillán dijo...

excelente

La herida de Paris dijo...

Gracias Ale, bienvenida y muy lindas tus ilustraciones.
Saludos

Renata dijo...

Hermoso

Renata dijo...

Hermoso

Renata dijo...

Hermoso